|
Invitada: Claudia Sánchez (*)
|
|
|
|
 |
|
|
|
“Suárez” es todo un concepto en Inglaterra. Significa decir “Uruguay” y que la gente no me mire con cara de que mal hablás inglés. Significa el milagro de que pueda tener toda una conversación en mi english chapuceado, con el técnico que viene a arreglar la conexión a Internet sobre cómo es el país de “Soares”. Pero también significa que discuta horas en el pub, el teléfono, en el living de casa tratando de explicar cómo puedo usar esa palabra sin ser racista, fascista y todos los “istas” que se te puedan ocurrir.
Horas y horas de discusión. La existencia de una historia de violencia justifica la reacción y el poco desarrollo de la tolerancia como valor social; significa que Luis y yo nos equivocamos y no podemos usar esa palabra acá. Porque la historia que se vivió en muchos lugares del mundo no permite creer en la posibilidad remota de la existencia de una cultura donde decir “negro” no está vinculado con que alguien vaya a ser lastimado o que no pueda entrar a un lugar o que no pueda sentarse en el ómnibus.
Ayer, durante la cena, me preguntaron si en Uruguay podías sentir miedo cuando te encontrabas con un grupo de jóvenes en la calle. Hablar de eso, dicen, es hablar de la violencia en una sociedad. Violencia y Tolerancia son las palabras claves en esta historia. Una sociedad no puede ser violenta si hay tolerancia; tampoco puede ser tolerante si es violenta.
Mientras escribo esto, busco y busco información y veo cómo todo se va deformando. “Los uruguayos blancos mataron a los indios”, dice un ex Miembro del Parlamento inglés en la radio y encuentro una denuncia de discriminación en un ómnibus en Uruguay, y Edgardo Ortuño habla de cómo se siente que te griten “negro” adentro de una cancha. No se puede negar la existencia del racismo y de la discriminación racial, que también implica no entender ni aceptar las reglas de funcionamiento de las distintas culturas.
Es verdad, acá no puedo mirar asombrada a mi vecina en el ascensor solo porque nunca vi a nadie con un hiyab en la cabeza y, mientras llegamos a la planta baja, me acuerdo de mi gente diciéndome “negrita” y agradezco a la vida la posibilidad de tamaña muestra de afecto. Pero si venís por Londres y me encontrás en la calle, te recomiendo que me grites Claudia, te va a evitar muchas explicaciones.
(*) desde Inglaterra
|
|
|
|
|
|