|
 |
|
|
|
Domingo al mediodía en algún supermercado grande de una cadena conocida. Mi pareja y yo estamos haciendo la interminable cola en la caja para pagar el asado o los ravioles para un almuerzo dominguero que probablemente comenzará cerca de las cuatro de la tarde. Mientras estamos en la fila, a tan solo un paso de alcanzar la meta, algo inesperado ocurre. La persona que está abonando arremete sin dudarlo en un gran acto de valentía.
_ ¿Colabora con dos pesos para...?
_ No.
Siempre pensé que dicho método de contribución era completamente desagradable, pero, como imagino que también le pasará a otras personas, jamás se me ocurrió considerar que cabía la posibilidad de responder negativamente. Es como que uno está ahí y le dicen eso y? bueno, sí, claro, cómo no voy a poner dos miserables pesos en lo que sea que me estén diciendo? no voy a comportarme como una rata con una causa tan noble. Además, están todos estos compradores atrás, escuchando lo que voy a contestar? y la cajera esperando rutinaria que dé mi respuesta afirmativa. Y tengo la plata en la mano. Y qué le hacen dos pesos más a ese número que aparece en la pantalla. No, no puedo ser una bestia desalmada incapaz de ser solidaria? son dos pesos de porquería. Nada le va a hacer a mi billetera perder una de esas monedas que tienen a la mulita simpática.
La cuestión es que nunca supe negarme a dar esos dos pesos, a pesar de creer que nadie debería ser presionado para colaborar. Y mucho menos en el instante preciso en que cuenta su dinero delante de un montón de desconocidos, a los que instantáneamente se le brinda de forma gratuita la posibilidad de juzgar la capacidad solidaria del otro sin siquiera conocerlo. Nadie debería donar plata porque socialmente ?quede mal? no hacerlo. Necesariamente tendríamos que conocer la causa, creer en ella y aportar porque realmente queremos ayudar a que recauden fondos.
No importa quién ni cuánto. Y está claro que tampoco dónde.
El problema, definitivamente, es cómo.
|
|
|
|
|
|