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Lo que más altera de una película como La piel que habito, es la sensación de desamparo que puede invadir al espectador cuando a la mitad de la película ya no se sabe cómo Pedro Almodóvar lo llevó hasta ahí ni a dónde piensa dejarlo. Se trata de una película sobre la incomodidad -entre otras cosas y solo por motivos de esclarecer lo que se quiere decir- y consigue transmitir esa sensación al pobre incrédulo que está ahí, a su merced.
Cuando consigue eso, y todavía falta más, desde su clasicismo cinéfilo, La piel que habito se transforma en la película más punk de Almodóvar. Es una obra completa, una película en la que el director consigue llevar al punto caramelo su transgresión, que si alguna vez fue parricida hoy se construye a partir de la tradición. ¿Después de todo, no era eso lo que hacían directores que en la película están referidos, como Jacques Tourneur, James Whale o Alfred Hitchcock, sin dudas el modelo más explícito en La piel que habito? Es una película sobre géneros y a su vez transgenérica. Nadie es hombre, ni mujer, si no una tercera opción que vaya a saber cuál es. Lo mismo la obra, que obliga a meterse en un lodazal que se nutre de drama romántico, de ciencia ficción, de cierta parodia, tamizado por el propio mundo de Almodóvar, una construcción a la que pocos llegan.
Una mujer muere carbonizada en un choque y su viudo se dedica, entre otros rubros, a crear una piel artificial que bloquee las inclemencias y accidentes como los que padeció la finada. La historia se transporta sobre un montón de plataformas que incluyen un castillo con laboratorio y mazmorra y un Igor con la cara de Marisa Paredes, en un paseo de géneros clásicos de Hollywood y hasta una habitación a lo gran hermano, que además permite hacer una lectura sobre lo que vemos y lo que es arte, pero eso ameritaría toda otra nota.
Para mayor desconcierto, en su final casi abierto, parece dejar a los personajes en el comienzo de esa película de Almodóvar que todos esperan ver. Es perfecto: tras personajes como los de Almodóvar, puede haber esta clase de pasado (ser secuestrado por un científico loco que se propasa contigo), que deriva en tantas otras criaturas almodovarianas. El pasado de esa gente puede no ser una más que una alocada película de fórmula, porque todos nosotros no dejamos de ser una construcción propia o ajena.
Así, La piel que habito es una película subversiva sobre estos tiempos de pacotilla artificial y pereza crítica.
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