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Un día en París puede empezar en la zona de La Bastilla. Allí hay un bonito obelisco que recuerda alguna revolución, todo en bronce y oro. Está la Ópera nueva y un montón de bares para turistas. Unos metros adentro del barrio, pongamos unos 200, hay un bar ideal para comenzar la mañana con un café y un croissant. Se llama Café de l´Industrie, tiene una decoración encantadora y ventanales que dejan entran la luz con alegría. Las chicas que atienden son hermosas y son buena onda, a contramano del orden parisino. Se llega a ver el humo del café mezclado con el de cigarrillo, y unos acordes de jazz u otra música elegante acompaña un feliz desayuno.
Después del desayuno se sugiere caminar por la orilla del Sena y dejarse llevar. Hasta el Institut du Monde Árabe, por ejemplo. En este edificio que festeja la corrección política para con el mundo árabe, se puede subir a la terraza y descubrir una de las mejores vistas no popularizadas por las postales de París. La vista es encantadora y no hay otro motivo para estar allí que no sea la vista. Y este es el momento para la famosa frase de mi amigo Federico: “OK, es un lugar turístico, pero por algo es un lugar turístico”. Y sí, esto es lindo.
Después de bajar, caminar un rato y tomar muchas fotos, es momento de pensar en un lugar para almorzar. Si se sigue caminando por el Sena y luego se dobla a la derecha en Saint Michel hasta el famoso Boulevard Saint-Germain, el destino recomendado es la braserrie Lipp. Dicen que paraban Picasso y otras gentes por el estilo, y con estilo. Y una se tienta y pide salchichas con chucrut, como en la película de Woody Allen, y sí, están buenísimas. Y lo mejor: ¡no es caro! No tan caro, en realidad, porque el kebab es definitivamente más barato. Nos despedimos de este hermoso salón de azulejos con la sonrisa satisfecha.
Vuelta al río, ahora caminando hacia el oeste. Los edificios de distintos tamaños, siglos y gustos se suceden sin tregua. Al llegar al Musée d'Orsay hay dos opciones posibles: dejarse llevar por el exceso de información y pretender ver todo y que no quede nada en el cerebro, como cuando se navega de manera alocada por Internet a través de la nada, o dedicarse con cariño a ver poco y con amor. Esta vez dediqué mi preciado tiempo a disfrutar de la exposición temporal Belleza, moral y voluptuosidad en la Inglaterra de Oscar Wilde. Bellísima. La estética por la estética. No abundaremos. Para eso sí que está Internet. Está abierta hasta fin de febrero.
Al salir del hermoso museo hay que cruzar nuevamente el Sena y caminar por el Jardín del Tulleries, y por ahí vagando hasta el Centre Pompidou. Como el cansancio aparece se sugiere, antes de hacer la parada obligada en el museo, ir hasta Mariage Frères para tomar un té con masas, que esta gente sabe lo que hace: más de un siglo y medio importando té y del bueno. Ya sabe: si voy yo no puede ser muy caro, pero tampoco es un kebab. Y ya lo dije: esto es bueno, y en Sudamérica, si se consigue, es muchísimo más caro. Si se consigue.
Y en el Pompidou hay que entrar, claro. Y otra vez hay que optar entre el exceso y la calidad de vida.
Me detengo.
Un paréntesis.
(Más de un museo por día en cualquier parte del mundo es demasiado. No lo haga. Hace daño. No queda nada más que angustia en el alma. En lugar de pensar que uno vivenció algo hermoso, va a sentir que se perdió algo en otro lado. Deje algo para el futuro. Deje mucho para el futuro. Deténgase a revelar su interior. Siempre deje algo para contemplar en el futuro. Pero esta es una crónica y como tal tiene que brindar información para el posible disfrute de la vida. Pero no haga dos museos por día, por favor.)
Entonces.
Entonces me detengo en la muestra temporal de Munch, el escandinavo que buscaba retratar la angustia. Y lo logró, créame señora. La muestra es muy fuerte. Es mejor salir a tomar aire.
Y en la terraza del Centre Pompidou la vista y el aire devuelven la sonrisa. Por cinco se puede tomar un té con una vista inmejorable.
En la crónica es la hora del atardecer y me pasa a buscar mi amigo Martín a la salida del museo. Me toma por el hombro y me dice: “Vamos a conocer París”. Lo sigo. Ya se sabe: siempre hay que seguir al local para conocer de verdad. Hacemos unas cuadras y llegamos un bar muy largo y angosto que se llama Art Brut. A pesar de estar en el epicentro del turismo mundial no hay un solo turista. Martín pide un vino de Montenegro. Le recuerdo que estamos en Francia, le pregunto por qué pide un vino de ese país tan lejano. Me dice que los dueños son de allí, y que es muy bueno y que en realidad es de Francia, pero que a los dueños les gustaría que fuera de Montenegro, de donde, finalmente parece que es. No sé si me confundo por el vino o por la charla o por el cansancio, pero el gentío en este bar es amable y charlatán. Todos hablan con todos. En fin, un bar de gente joven y un poco esnob, que está quizás de levante. Qué está muy bien, el bar. Charlamos un rato largo, dan las nueve, Martín dice que es la hora de cenar. (Se recuerda que en Europa todo cierra mucho más temprano que en Montevideo).
_ Vamos al L'Express Bar, dice Martín.
_ Vamos.
L'Express está a unas cuatro o seis cuadras del Art Brut. Es un bar de esquina, repleto en un 89 % de hombres que miran en una televisión de plasma muy sucia cómo un equipo de fútbol francés es vapuleado por el Real Madrid con unos cuatro o cinco goles. Martín pide el menú.
No vamos a abundar, pero por el equivalente a dos o dos y medio Kebab se puede comer entrada y plato. Yo comí Oeuf, que no es otra cosa que un huevo con mayonesa y ensalada y un Steak Tartare que no es otra cosa que carne cruda con alcaparras y un huevo (crudo también) y un montón de especies y salsa tabasco. En fin, que me comí un menú típico de la clase media francesa en un bodegón sucio y encantador, repleto de energúmenos puteando porque su equipo de fútbol no puede ni meterle un gol al arco iris. Y para colmo, todo muy rico. El dueño, un vasco encantador que fuma en la cocina como si fuera un batracio, es quien personalmente prepara los platos.
Con la panza tan repleta y tanta caminata, no queda otra que ir a dormir. Eso le digo a Martín cuando me aclara que en un rato toca John Cale en la Maroquinerie. Le digo que no puede ser, que en París se dice que esas cosas no pasan. Me dice que no, que la Maroquinerie es una sucursal de Londres. Que no es París.
_Vamos- invita Martín.
_Pero vamos en metro, por favor.
_Ya no es hora de andar caminando.
_Y sí.
En la Maroquinerie toca John Cale. Pero está todo vendido. Pedimos en la puerta. Pedimos en boletería. Pedimos a los transeúntes. No hay forma, no logramos entrar. Aparece un periodista al que le sobran dos entradas y nos vende a 10 euros cada una. En boletería cuestan 25 euritos. Las entradas también son más baratas que en Sudamérica.
En fin, que no es una nota de música, pero digamos que se pudo ver cómodamente y a un precio accesible, con un sonido excelente, a uno de los próceres del pop y del rock y del arte conceptual, acompañado por una banda excelente y por sólo 25 euritos, en un lugar que era menos que la mitad de grande que La Trastienda, por nombrar un lugar al azar.
Completamente agotada y como siempre curiosa, utilizo el viejo truco de “Ayer toqué aquí y me olvidé un pie de guitarra y Francesca me dijo que lo podía pasar a buscar después del show” (**), y pude pasar a camarines a tratar de hablar con John, que muy amable, al verme entrar, entendiendo claramente el código, le dijo a su asistente que me dijera que lo disculpara pero que estaba muy cansado, que me retirara del camarín.
Tiene razón.
Todo el día caminando.
Todo la vida transcurriendo.
John Cale tiene razón.
París, cansa.
(*) Cuando mi editor favorito se entera de que estoy en París, me ofrece tres páginas para que cuente qué hay que hacer en París para no parecer turista. Le contesto que París está muerta, o muy dormida, que lo mejor que se puede hacer en Paris es justamente eso: ¡turismo!
(**) Averiguar primero el nombre de la persona de boletería o el encargado de la sala para utilizar este truco.
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