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Podríamos habernos cruzado en el trabajo ?lo que era altamente probable- o un sábado a la noche en la peatonal Sarandí, pero no en aquella parada, no esa mañana en un lugar donde yo estaba por primera vez en mi vida.
De pronto, de la nada, apareció él. Llevaba puesto el traje que me di el gusto de sacarle unas cuantas veces; en la mano izquierda un casete de video y en la derecha, en la derecha, la mano de su mujer. Alcancé a esconderme detrás de la publicidad de la parada, pensando que quizás no había notado mi presencia, pero sé que él me reconoció.
Varias veces pensé que me había dicho que estaba en pareja para que yo no le hiciera reclamos, para que no le exigiera nada y evitar compromisos. Prefería pensar que aquella era su mejor coartada para huir sin dar explicaciones, y a veces también aquello me servía a mí, para no engancharme más de lo necesario, para saber hasta dónde llegar.
Pero todo era cierto, ahí estaba frente a mí la evidencia; siempre me había dicho la verdad. Y admito que puede ser un poco duro chocarse sorpresivamente con esa realidad. No porque me hayan dado celos; no, no fue esa sensación que le da a una cuando ve a su ex pareja con su nueva conquista; esto era distinto. Yo nada más estaba viendo una realidad que conocía, que no me hacía ni más feliz ni más triste, pero que no tenía ganas de ver.
Ellos venían de hacerse una de las varias ecografías a las que irían en los próximos meses. Lo adiviné por la panza de ella, por el video que él llevaba en la mano. Parecían románticamente enamorados y felices.
Lo que sucedió después fue más raro aún: le hice señas al primer ómnibus que vino, subí, y ella también se subió. Después de unos segundos que parecieron eternos me animé a corroborar que él se había quedado, que no viajaba con nosotras. Y ahí estábamos, las dos. Sabía que él estaba muerto de miedo, asustado; me escribió varios mensajes desesperados al celular pidiendo que no hiciera ninguna locura. Comprendí que aquellos encuentros, de los que él y yo disfrutábamos, nunca más le permitieron dormir tranquilo, y comprendí también que, en cierta forma, yo tenía el terrible poder de destruir algo.
Pero mis pensamientos estaban, en ese raro momento, en otras cosas: me preguntaba una y otra vez por qué las mujeres siempre quieren saber con lujo de detalles cómo es la ex de su pareja; hacen hasta lo imposible por conocer a la mujer que las reemplaza. Compiten. A las mujeres solo les importa saber a qué o a quién le ganaron y contra quién o qué perdieron. Compiten hasta con ellas mismas? Y yo que no tengo curiosidad, que no me interesaba en absoluto conocerla, me di cuenta que verlos juntos fue una mala jugada, un golpe bajo... porque de qué me sirve a mí saber que soy más joven y más linda, si solo obtuve las migajas que ella dejaba.
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