miércoles
22.02
Las alucinaciones de Pepe
Por Leonardo Borges
 05.12.2011 
     
Las alucinaciones de Pepe
Despierto sobresaltado en la noche, en mi cama, en mi chacra. Miro el techo repleto de humedades fantasmales, de tantas noches en vela. Son tantos años, tantos espectros, remembranzas de tiempos célebres y al mismo tiempo oscuros. Miro alrededor y veo claramente a mi Asunción, una patria adoptiva que me regaló mil recuerdos y un hijo. Ese lugar lejano pero cercano, mío pero constantemente ajeno. Son tantos años de soledad? una sobredosis casi mortal. Porque la soledad no es la ausencia de compañía, sino la ausencia de cosas que se aman. La patria no es más que cosas familiares, lugares comunes, seres entrañables. Y están lejos.

Siento frío, mucho frío en todo el cuerpo. Creo que estoy muerto, pero no estoy completamente seguro. Miro a los lados y nadie me observa. Intento gritar y me ahogo en la saliva de un grito apagado, silencioso, extinto.

De repente estoy muerto? lo siento. Y veo miles de personas que forman columnas taciturnas de seres extraños, lejanos, llenos de soledades propias, con miradas extrañas. De repente estoy en medio de algo que no puedo explicar. Y entonces grito con todas mis fuerzas y no me escuchan, nadie me escucha. Es fantasmagórico, un sueño excepcional. Distingo un gigante que camina y me mira, pero su cara no dice nada, como si estuviera muerto en vida. El sonido de tambores de ultratumba describe extrañas siluetas. Parece definitivamente una ceremonia. ¿Me querrán revivir? ¿Estaré muerto? ¿Dónde está mi caballo?

Entonces despierto. El miedo me congela la sangre. Estoy sobre mi caballo, duro, como congelado por un frío que no es frío. Es el hielo de la solemnidad. La gente me observa. ¿Dónde mierda estoy? Las palomas se paran sobre mi rocín y hago fuerza; no puedo moverme y estoy en un sitio más indiferente. Una multitud, una masa homogénea baila al unísono tras una música que no comprendo. Y una pareja vuela. ¿Serán las medicinas, estaré en la ceremonia de mi sanación? Estoy confundido.

Fueron demasiados años lejos de la patria. Patria, quebrada, partida en pedazos de intereses, trozos de orgullos carcomidos. El Uruguay es solo un río para mí: ?yo ya no tengo patria?. Sigo pensando en mi catre, sentado tranquilamente observando cómo juguetea mi perro, el charrúa. Soledad, a veces divino tesoro, a veces tan letal como el acero. Los recuerdos, esos que bombardean constantemente con imágenes del pasado, de la gloria de antaño, convertida en retazos de memorias.

¿Para qué habré luchado tantos años, para qué dejé sueños rotos, caminos sin transitar por la libertad de un pueblo que me ha olvidado? He muerto en las mentes de los hijos y los nietos de aquellos que pelearon conmigo. Bastardos. Las pesadillas y los recuerdos presionan mi sien. Estoy ya demasiado fatigado. Aquellos que pelearon junto a mí por la libertad, no son más que histriones políticos de los imperios. ¡Yo negocié con los imperios!, mano a mano: hice que firmaran mis tratados, los junté con los más mugrientos gauchos, con negros, con indios? con mi pueblo. Vi sus caras asombradas, vi su sorna de señorío rancio y los vi ceder. Ceder ante una plétora de gauchos valientes, de indios y de negros.

Mi ejército, mis hombres. ¿Dónde estarán? Cabalgando todavía en un tiempo perdido, un ejército fantasmal que luchó tantos años por una quimera, tan solo eso. Todavía siento que cabalgo como en Las Piedras, por las noches me pierdo en los caminos de la Banda, en más quimeras. Mi condición es mi castigo, y la memoria, mi condición.

A veces me pregunto, cuándo voy a morir, cuándo voy a volver. A veces me pregunto si mis restos, caparazón sin vida, trozos putrefactos de una larga vida, se pasarán quizás carne por carne, músculo a músculo la gloria de otros tiempos: sin cortapisas? si alguien me recordará. Y en sueños veo a mi pueblo negociar trozos de lamento, con oscuros ministros de un imperio ya perdido.
Me recuesto nuevamente y duermo, no sé si quiero despertar. Y otra vez la misma pesadilla. Más muerte, una música extraña estalla en mis oídos. Vuelan luces de raros colores y hombres vestidos de blanco danzan en los aires. ¿Serán ángeles? ¿Dónde estoy? ¿Por qué no puedo moverme? Hago fuerza pero es inútil, estoy en el infierno, pero helado ¿qué lugar es este?

Nadie me mira, nadie me observa, no estoy aquí pero puedo ver mi reflejo en el suelo. ¿Qué clase de magia es esta? Y allí. Todos callan. Y estoy en un extraño tablado, ¡soy yo! ¡Detrás de todo ese extraño baile estoy yo! Viejo y decrépito, en otro cuerpo, en otra vida, pero soy yo. Ellos, todos, los veo claramente, aplauden, se emocionan. Y de repente veo mi bandera, casi ni la recordaba, flamea en un rincón. ¿Dónde estoy? ¿Quiénes son esas personas que se emocionan con mis palabras, ensíllenme mi caballo? Ayer dije esas palabras antes de caer dormido. En un sueño profundo. ¿Estoy muerto? ¿Es un sueño? Me aplauden? me miran. ¿Me quieren?

***

_ Ese es el sueño que repito y repito en mi mente. Como un recuerdo ajeno. Un sueño dentro de otro. Era Montevideo, de eso estoy seguro. Ese Montevideo de mierda, que me escupió tantas veces, que me negó la entrada, madre puta de hijos nobles.

La frialdad te helaba los huesos, el mármol, el bronce, la solemnidad. Siempre me cagué en la solemnidad. Yo recibía a los más pitucos vestido en harapos, sentado en una cabeza de buey, comiendo un asado jugoso y escupiendo la grasa. Pero no puedo olvidar ese sueño. No puedo.

_ Estamos muertos, Pepe. Mirá a tu alrededor. Estamos podridamente muertos.

_ No, Ansina. Estamos vivos, más que nunca. Juntos y en nuestra patria. Rodeados de jóvenes, de niños, de espíritus libres, argentinos, paraguayos, brasileros, y orientales? todos, todos juntos en este futuro. No estamos muertos. La única muerte es el olvido.

_Todos juntos, tal vez, pero detrás de una imagen borrosa, ilusoria de lo que fuimos. Tu legado, el nuestro, no es más que pan para mendigos. La necesidad de ser. Solo eso somos. Solo luces y ruido?

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