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Tres piezas teatrales. Tres países que comparten un trauma. Tres historias de desgarro, de lucha contra el tedio, de supervivencia. Chile, Argentina y Uruguay. Las puestas extranjeras tuvieron lugar en el FIDAE (Festival Internacional de Artes Escénicas), que volvió a sorprender luego de su primera edición en el año 2009.
Mi vida después, dirigida por Lola Arias (Argentina), consta de seis actores que rememoran la juventud de sus padres -transcurrida entre los años 70 y 80- a partir de fotos, videos, ropa usada, recuerdos, que podrían haber pertenecido (o no) a sus progenitores. Una de las particularidades de esta obra es que pertenece al biodrama: ellos hablando de ellos mismos, relatos que nacen de lo vivido, de su historia local, particular.
Villa + Discurso, escrita y dirigida por Guillermo Calderón (Chile), consiste en dos espectáculos que se complementan. En Villa, tres mujeres son las encargadas de decidir qué hacer con Villa Grimaldi, extensa propiedad que sirvió de centro de tortura y detención en la dictadura de Pinochet. Una votación fraudulenta les impide decidirse entre un museo blanco con computadoras mac y perros, o la reconstrucción fidedigna de la ?mansión siniestra?. Por otro lado, Discurso son las tres mismas jóvenes representando un supuesto discurso final de Michelle Bachelet. (Usualmente representada en un ex centro de tortura, llama la atención que en Montevideo se haya realizado en una sala convencional).
Pogled (Uruguay) cuenta con la dramaturgia y actuación de Iván Solarich, bajo la dirección de Santiago Sanguinetti. A partir de su biografía y la bella película de Angelopoulos, La mirada de Ulises, Solarich despliega un zigzagueante monólogo en que intervienen múltiples personajes y su memoria misma. Vaivenes temporales, vitales, cinematográficos e históricos, engranajes que conviven de manera dramática en esta maquinaria escénica. Las tres puestas producen discurso desde el mismo lugar, el del torturado, el marginado, el que debe hablar para hallar su historia, intensamente vívida, despojada de la obscenidad que se impone en la era de lo inmediato, el consumo, el sentido que se agota en el espectáculo social. No hay una deshumanización y una objetivación del hecho en sí, sino la representación del horror, la violencia en los vínculos, la violencia en los cuerpos, en el espectador que recepta resignificando. Aquí el público es consciente que convivimos con la violación de derechos, que el horror es diario, de modo que se rompe el distanciamiento, la ajenidad y provoca al espectador que padece, se altera, sufre, recuerda.
En lo efímero del espectáculo que se acaba, suceden cosas; el capital simbólico se extenderá más allá de la función concluida. Las tres mujeres de Villa parecen observar la historia a la distancia, hasta que hablan de sus madres, hasta que confiesan ser producto de un abuso a una prisionera, para en Discurso verse parodiando a los que se ilusionaron con la igualdad social y ahora son víctimas de las leyes del mercado. Así como Halbwachs insistió en que la memoria nos es dada por el grupo, por la sociedad misma, aquí se explicita la dialéctica entre la memoria individual y la colectiva.
En Pogled el pasado no es un sitio a redescubrir, sino que se construye desde ese pasado y, más aún, desde el presente. Es el joven recordando el momento donde se llevan presos a sus padres y, desde el instante que se profiere, se reelabora el trauma. Es el personaje dentro de la trama y es también Solarich, el hijo que padeció la prisión de sus padres. El espectador se apropia de esa historia en particular y resignifica la colectiva que le había sido dada. Parecería ser que la representación niega la memoria y sólo así existe, ya que en ella la memoria deja de ser pasado para convertirse en presente. Se presenta el poder como el que impera en la presencia del trauma, es la imposibilidad de dar sentido al acontecimiento vivido, la capacidad de incorporarlo a la palabra (lo opuesto sería el silencio).
En la producción de Mi vida después se privilegia el relato de los hijos, y de esa manera se recupera su identidad, ya que el evento traumático que padecieron no afecta solo a sus padres, sino también quienes los rodearon y quienes nacieron luego. Como se preguntaba el psicoanalista Marcelo Viñar, el horror de la guerra, del genocidio y de la tortura, ¿a quién le pertenece? ¿A las víctimas o a la especie humana? De este modo lo que llevan a cabo los actores en escena es una reconstrucción, a partir sí de recuerdos, pero recuerdos compartidos, de códigos culturales compartidos. El público también es parte de la reconstrucción, y no como testigo pasivo, sino como constituyente ?consciente o no- de un imaginario colectivo.
Este encuentro de espectáculos resulta interesante y cuestionador. Cuando finalizaban compartían la particularidad de mantener a los espectadores conmovidos. El tiempo parecía haberse detenido y la puesta dilatado. Lo cual no parece ser otra cosa que un método de salvación.
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