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Fuimos novios cuando yo tenía catorce y él quince. La relación duró unos meses y después nos mantuvimos en plan amigos. Los años fueron pasando. Él siempre de novio, continuamente de novio, con una y otra chica. Mis amigas siempre han pensando que él es el hombre indicado para mí y que por eso no logra tener una pareja que le dure.
Hace unos meses nos cruzamos y él dijo de empezar a salir juntos.
Me entusiasmó la idea de conocer al hombre que es hoy y poder modificar la visión adolescente de quince que tengo en mis recuerdos. Redescubrirlo y conocerlo, una materia pendiente.
Él había tirado la primera piedra, insistía en que saliéramos, pero no concretaba nada y yo no me animaba a encarar. Mientras juntaba coraje para invitarlo a salir fue que llegó setiembre.
Un lunes, después de trabajar, llegué a casa y tuve que elegir entre empezar el club o comer el alfajor de dulce de leche que me estaba esperando sobre la mesa. Me quedé con la primera opción. Fui de inmediato al club, me inscribí, y cuando estaba por entrar a la primera sesión después de meses sin actividad física, en uno de los corredores del club lo veo venir a él, a mi ex novio de la adolescencia.
La vida no podía jugarme esa mala pasada. ¿Por qué nuestro ?reencuentro? tenía que ser en el club? ¿Por qué él tenía que ir al mismo club? Nos podríamos haber encontrado en cientos de miles de lugares, pero no ahí. Pensé que podría no verme, pero me reconoció desde lejos. Lo primero que hizo fue halagarme y nos quedamos hablando como si jamás hubiera pasado el tiempo.
Hicimos la clase juntos y al final me pidió que lo esperara, que me fuera con él. No accedí. Me dijo que al otro día le mandara un mensaje así me pasaba a buscar por casa. Él estaba excesivamente comunicativo. Él era un chico de pocas palabras que se había convertido en un hombre de muchas, y eso estaba bueno. Al día siguiente le mandé el mensaje. Jamás respondió.
Durante esa semana no volví a saber de él. Tampoco volví a verlo en el club.
Quince días después vuelvo a cruzarme con él, me saludó, pero yo elegí seguir con lo que estaba haciendo. Al otro día volvió a buscarme y me preguntó si yo había mandado aquel mensaje de texto. Le dije que sí y que él seguía siendo el mismo niño de quince años. Me dijo que él sabía que yo pensaría eso, pero que justo había tenido problemas con el contrato de su compañía de teléfono por esos días. Me volvió a pedir que lo esperar para que nos fuéramos juntos. Volvió a ser extrovertido, a insistir, a mostrar un interés desmedido. Pero otra vez me fui sola.
Él hablaba más que antes, en eso había cambiado, pero se había vuelto un hombre como todos los otros: indescifrable, extraño, raro, otro alfajor de dulce de leche que elegí no volver a probar.
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