Freeway | Verónica
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21.05
Verónica
Por Mariana Enriquez
 14.10.2011 
     
Verónica
Una de mis mejores amigas, cuando era chica, era una niña perversa. Ella fue quien me informó que, después de parir, las mujeres sangraban durante unos treinta días, cosa que no le creí porque, cómo era posible que una hemorragia semejante no terminara en la muerte. Ella me dijo que E.T. no existía, que era un enano dentro de un traje de goma. Me habló de los shows de Kiss y no solamente contaba que aplastaban pollitos vivos ?eso lo sabía todo el mundo?: ella aseguraba que los integrantes del grupo cogían (decía la palabra ?coger? con una sonrisa) sobre el escenario con ancianos. De dónde habrá sacado semejante fantasía morbosa no tengo idea: algunos niños, creo, padecen una extraña forma de intensa locura alucinada que desaparece con los años como si nunca hubiera estado allí.

Mi amiga tenía muchas historias, a veces de una crudeza pornográfica, otras verdaderas epifanías. Decía que la vecina usaba a su perro pekinés para que le lamiera la vagina pero también inventaba que en el baldío de a la vuelta había un bambi como el de Disney, o que la nueva atracción de Interama ?un parque de diversiones en el sur de Buenos Aires, que nunca se inauguró del todo y ahora está abandonado-, era un castillo con mil y una puertas, y detrás de cada una de ellas había un juego distinto y fabuloso.

También era buena para asustar a todos los chicos que la rodeaban, como si fuera una gurú maldita. Nos decía que si encendíamos una vela de noche frente al espejo del baño, con la luz apagada, cuando daban las doce aparecería, reflejado, el mismísimo Satanás. También que, si hacíamos lo mismo pero en Año Nuevo, veríamos la lápida con nuestra tumba y, en consecuencia, la fecha de nuestra muerte.

A veces accedíamos a quedarnos a dormir en su casa. Ella aseguraba que por el barrio donde vivía, se paseaba el Hombre Gato. Era uno de los tantos monstruos urbanos que aparecieron en los años de la dictadura, encarnaciones del horror real que la mayoría se negaba a ver. Eran años de sátiros y mujeres fantasma y extraterrestres asesinos, pero el rey de los merodeadores nocturnos era el Hombre Gato, mezcla de violador y ladrón trepador, usaba un guante con uñas largas de acero, se vestía de negro y ?lo más espeluznante? maullaba para anunciar su presencia. Mi amiga imitaba ese aullido en la oscuridad, cuando todos ya estábamos medio dormidos en su habitación. Por supuesto, lo negaba y actuaba como si ella también estuviera muerta de miedo. Si uno la conocía bien, le podía ver una sonrisa en los ojos. Era una mentirosa de excelencia.
Ella me inspiró a mentir. Nunca la superé, pero tuve logros aceptables. El mejor de todos fue contra ella. Mi amiga, no tengo que aclararlo, era cruel. Cuando yo cambié mis dientes de leche por los de adulto, tuve un problema horrible: los caninos viejos no caían y los nuevos salían debajo. Esto no solo era doloroso sino horrible de ver. Nunca fui una linda niña: con cuatro pares de colmillos me sentía arruinada de por vida. Mi amiga me lo recordaba cada día, se reía, quería jugar al dentista, me hacía cosquillas para que riera y todos vieran mi dentadura de tiburón.
Un día, me cansé. En casa, recordé, había un pequeño sótano. No era un sótano auténtico, apenas un depósito subterráneo de menos de un metro de alto, y estaba clausurado porque después de una inundación había quedado inservible. Llevé a mi amiga hasta la puerta cerrada del sótano y le dije que, ahí abajo, estaba mi abuelo. Tu abuelo está muerto, me dijo ella. Bueno, más o menos, le dije yo. Pasa que mi abuelo es vampiro. Por eso tengo los dientes así. Me estoy volviendo vampira. Me estoy convirtiendo. Ella se rió, se burló otra vez con sus lindos dientes de ortodoncia y sus ojos azules.

Le pedí que se acostara sobre el piso y escuchara, que apoyara la oreja sobre la puerta del sótano: mi abuelo siempre respondía. Yo temblé: si salía mal ?y parecía que iba a salir mal? ella iba a desollarme viva en público, cada día. Pero ocurrió lo impensable. Mi amiga escuchó, se puso pálida, se levantó a los gritos y corrió, huyendo. Pensé que era un chiste, la actuación previa a una burla aún mayor en caso de que yo me creyera su pánico. No fue así. Ni siquiera les contó a los demás lo que había escuchado. A mi sí: dijo que el abuelo le había dicho ?hola Verónica?. Ella se llamaba así. Nunca más quiso visitar mi casa. Esa primavera no quiso compartir el picnic conmigo. Para el verano, mi dentadura se había normalizado pero Verónica y yo ya no éramos amigas

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