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Hasta que llega un momento en el que, de repente, tenés que trabajar con alguien que no te banca. Al principio parece que es peor que trabajar con alguien que no bancás, pero pasan el tiempo y las situaciones y uno se encuentra diciendo mmm no está tan mal. Porque lo peor es siempre trabajar con un amigo, con alguien que uno aprecia demasiado y no se le puede decir ni que sí ni que no. Eso sí que es jodido, peor que trabajar con alguien que no bancás.
Cuando alguien no te banca, uno se queda en el molde, en la situación ideal. No se habla más de lo debido, no se interactúa más de lo necesario, se prioriza lo que hay que hacer, se optimizan recursos. Entonces, todo sale mucho más rápido que lo que demoraría la modorra embolante de trabajar con uno que no bancamos, o la euforia interminable y distraída de tener un amigo como compañero laboral.
La persona que no te banca querrá tener el mínimo contacto contigo. El laburo sale como en la Revolución Industrial. Taca taca y a otra cosa. ¿Qué hay que hacer? Esto. Bueno, tomá, chau. Ideal.
El afecto desvía la atención, las jornadas son eternas y empachantes. La antipatía te hace sentir horrible y mala persona. En cambio, si uno es como es y es el otro el que te rechaza, las culpas están en el otro. No es problema tuyo. Vos, divina. Se puede focalizar perfectamente. Los e-mails son concretos y ejecutivos. Se ahorran en elogios y al despedirnos, con un escueto mensaje, se dan los motivos del despido así como así, sin buscarle la vuelta.
Después, con el tiempo, uno se los encuentra en la noche, se charla y se descubre que, en realidad, tenían intereses, cosas en común, temas de conversación. En otro contexto hasta podría nacer una amistad, o una leve camaradería. Pero ya es tarde, mi amor. Andá arrancando y, si podés, morite.
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