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El rosarino Adrián Villar Rojas, nacido en 1980, es la nueva figurita latinoamericana de exportación. Representa a la Argentina en la 54ª Bienal de Venecia, que se puede visitar hasta el mes de noviembre. La obra de Adrián responde a lo que en el arte contemporáneo se conoce como site- specific, es decir un conjunto especialmente pensado y generado para y por el lugar que lo exhibe.
En la monumental instalación El asesino de tu herencia, el artista recrea las ruinas de una sociedad, los restos de una ciudad perdida. Son once esculturas construidas con arcilla y cemento de seis metros de altura que, distribuidas en los 250 metros de la sala, conforman una especie de bosque o zona de desastre. Se sabe que la súper producción implicó cinco meses de trabajo in situ y un equipo de colaboradores liderado por el argentino radicado en Italia, Adriano Nasut-Wood.
Es una exhibición impactante, donde conviven la arquitectura brutalista y el minimal, la suavidad geométrica con el desborde del informalismo. Pero son imágenes difíciles, especies de monumentos que se miran desde lejos, y que fueron hechas desde el desapego y la extrañeza. Intento trabajar como un alien, como alguien que ha estado muy lejos de la cultura humana? dice Villar Rojas, quien aclara que las obras pesan dos toneladas y media, pero son frágiles como una vajilla china.
En esta misma columna -hace un par de años- lo habíamos recomendado para aquellos que cruzan el charco en plan-pirata por el fin de semana. En esa oportunidad también llenó el sótano de la distinguida galería Ruth Benzacar de escombros, ladrillo y arcilla en su instalación Lo que el fuego me trajo. Era una gran muestra, de esas pocas que, cuando uno las pisa, recibe un impacto físico. Villar Rojas había organizado un espacio ruinoso y, como si se tratasen de restos arqueológicos, acomodó en estanterías recuerdos de un mundo desaparecido, cientos de pequeñas estatuas en arcilla con las formas más variadas: desde gatitos y dinosaurios hasta zapatillas, ángeles, unicornios, vasijas y frutas, y llamaban la atención los bustos de su novia y ¡de sus padres! El empeño de orden, ante tamaña devastación, la enumeración heterogénea y empecinada, le daban a la obra un aire profundamente nostálgico y conmovedor.
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