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Mi mejor amigo está obsesionado con los fantasmas. Él dice que es un entretenimiento pero yo creo que busca algo más que adrenalina. Una comprobación de la vida después, una tranquilidad futura. Es posible que tenga miedo de morirse y en vez de sencillamente aterrarse quiere que un fantasma le devuelva la sensación de eternidad perdida.
Desde hace unas semanas me manda fotos de fantasmas que encuentra en Internet. Está particularmente irritado porque los fantasmas, como los ovnis, nunca salen bien en las fotos, lo que sería una demostración de su inexistencia. Yo estoy segura de que las fotos que me manda son puro photoshop, pero anoche le pedí que dejara de enviarlas. Una de las que recibí no me gusta. Es una niña verde que está en un árbol y grita o se cae o se arroja sobre alguien. Se la mostré a medio mundo, a todos les da risa por su falsedad. Pero a mí no me da risa. A mí me parece verdadera. No sé si real: verdadera. La guardé en la carpeta donde conservo imágenes morbosas y trato de no mirarla. Ahora cuando cruzo el parque imagino sus ojos blancos entre las ramas. Dentro de poco voy a borrar la foto de mi disco rígido porque pienso demasiado en ella y se va a convertir en una presencia.
No sería la primera vez.
Hace muchos años, con este mismo amigo -que siempre tuvo una obsesión con la muerte y todo alrededor-, visitábamos al menos una vez por mes el cementerio de La Plata, la ciudad donde vivíamos. Es un cementerio raro, lleno de tumbas masónicas en forma de pirámides, esfinges egipcias y una hermosa decadencia. Nos quedábamos hasta tarde, sacando fotos y esperando ver algo, cualquier cosa. Una vez, en invierno, encontré una cruz de piedra desprendida, bastante grande, de unos 40 centímetros de alto. Una cruz celta muy hermosa. Me la metí bajo el gamulán: estaba tan abrigada que no se notaba, engordaba un poco más el saco pero resultaba imposible distinguir si llevaba algo debajo. En todo caso, el guardián no lo notó. Mi amigo estaba contentísimo por mi robo. Yo también, hasta que se hizo de noche y me sentí ladrona, irrespetuosa, profanadora; sentí que podía haber ofendido a alguien, al muerto robado que no podía defenderse. ¿No podía defenderse? Pasé noches sin dormir hasta que fui capaz de decirle a mi amigo que, por favor, se llevara la cruz a su casa. Desde que la tenía escuchaba desplazamientos nocturnos por el living, murmullos en la oscuridad que se callaban cuando encendía la luz y hasta creí que la cruz había aparecido desplazada unos centímetros del lugar donde la había dejado el día anterior, como si alguien hubiera intentado moverla con escasa fuerza. Pero ese alguien eventualmente podría juntar más energía. Y antes de llevarse la cruz de vuelta a casa, seguro decidiría usarla para partirle la cabeza a la ladrona. Mi amigo se la llevó y todavía la tiene junto a velas y santitos en un altar kitsch que da más ternura que miedo. O, por lo menos, les provoca eso a quienes no tuvieron en su casa la cruz de piedra que preside su altar casero.
Yo nunca vi un fantasma. Antes era como mi amigo y espiaba por las rendijas de las casas abandonadas para detectar movimiento, pero ya no lo hago. En la ciudad, además, pocas casas abandonadas tienen grietas que permitan ver su interior: los dueños, por miedo a que sean usurpadas, tapian puertas y ventanas con ladrillo, incluso con hormigón. Resultan todavía más inquietantes que antes, parecen casas ciegas.
De todas las historias de fantasmas que conocí solo creí una, y la contó una chica que jamás volví a ver, en una fiesta, tarde, cuando se terminó la música y nos quedamos los más íntimos del dueño de casa, los más borrachos y los más solitarios. Ella a su fantasma no lo vio, lo sintió. Estaba medio dormida, a oscuras, esperando a su novio en la cama. Era invierno. En un momento sintió las manos frías de quien creía su novio tomándole los brazos, las piernas heladas metiéndose debajo de las suyas para ser calentadas. El novio la abrazaba demasiado fuerte y estaba demasiado frío, y la chica se quejó, gritó, juguetona, ?¡salí, tarado, me muero, no seas boludo!?. Las manos y los pies fríos dejaron de tocarla y entonces alguien encendió la luz y la chica vio a su novio verdadero en la puerta de la habitación, vestido, con las zapatillas puestas, preguntándole por qué gritaba, quién era el boludo. La chica, mientras lo contaba, sonreía un poco. Le preguntaron, me acuerdo, si se había mudado de la casa, pero yo no seguí escuchando. Desde entonces, casi todas las noches, antes de dormirme, espero con aprehensión ese abrazo, los dedos helados acariciándome la frente.
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