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En un mundo donde para muchas mujeres feminismo es mala palabra, donde los derechos adquiridos se viven como algo natural y los objetivos pasan por lugares más frívolos e individualistas, existe una nueva generación de libros que desde hace algunos años tienen su propio género: el chick lit.
Se leen con agilidad y manejan constantemente el sentido del humor. Sus protagonistas tienen entre veinte y cuarenta años, son independientes, sofisticadas, algo torpes, ejecutivas, que buscan enamorarse sin perder libertad o identidad. Casi siempre viven en ciudades importantes, como Nueva York y Londres. Son chicas un poco snob, a la moda, neuróticas y exitosas.
El género nació y se desarrolló en los años 90 en Inglaterra y en Estados Unidos. De allí se ha dispersado a todo el mundo. Títulos emblemáticos del chick lit son El diablo viste de Prada de Lauren Weisberger, El diario de Bridget Jones de Helen Fielding, Sexo en la ciudad de Cadance Bushnell. El éxito de estos libros no es injustificado, porque a nivel literario tienen calidad y se defienden solos, sin necesidad de etiquetas. Pero detrás ha venido una manada de escritoras de dudosa calaña, que se exponen en las librerías con portadas vistosas, coloridas, con ilustraciones de chicas altaneras y zapatos de taco alto.
Melissa Bank, autora de Manual de caza y pesca para chicas, es una escritora talentosa que injustamente se ha querido encasillar en este género. Pero hay que saber diferenciar. Que una escritora joven pueda retratar con habilidad un personaje femenino de clase media en la gran ciudad, no quiere decir que tenga que quedarse en determinada sección de las librerías.
La popularidad del chick lit también llegó al Río de la Plata. En Argentina, Ciega a citas de Lucía González, también llevado a la televisión, podría catalogarse un ejempo local, con personajes, realidades y problemas más acorde a estas tierras. La larga historia de la literatura le ha dado la espalda a las anécdotas de cierto tipo de mujeres. El chick lit tiene en ese sentido un lado positivo. Pero los libros son libros, no deberían estar dirigidos a un público en particular. Es como pensar que los libros de Nick Hornby o Charles Bukowski están escritos exclusivamente para varones. La riqueza y entendimiento entre géneros se producirá justamente abriendo el abanico.
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