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Nunca, nunca parece un chico. Ni en una sola foto. Ni cuando está vestido como el chico que es. No tiene operaciones, no tiene senos, es delgado sin curvas ni caderas y sin embargo nunca parece un chico. Hace unas semanas, su imagen fue la tapa de una revista: maquillado, con ruleros, sencillamente se sacaba la camisa y dejaba ver su torso flaco y lampiño, joven e indudablemente masculino. El dueño de la librería Barnes & Noble enloqueció y pidió que su foto y la revista fueran retiradas: por demasiado sugerente, porque cruzaba un límite, por obscena. ¡Es un chico sentado, sacándose la camisa blanca! El señor de Barnes & Noble se perturbó, sin duda, y no se lo puede culpar: intuyó que ese cuerpo está realmente al límite, que es un andrógino.
Andrej Pejic, el chico del escandalete y de la foto, tiene 19 años, nació en Bosnia y cuando todavía era un bebé se refugió con su familia en Melbourne, Australia. Creció en uno de los barrios más pesados de la ciudad y nunca fue hostigado, lo cual habla o bien de una insólita madurez del macho australiano suburbano o de ese desconcierto que provoca su imagen. En una de esas clásicas historias de Cenicienta, un agente lo descubrió y ahora, como modelo, desfila vestido de novia para Jean-Paul Gaultier y es figura de la nueva campaña de Marc Jacobs. Ojalá se vuelva un ícono. Hay mujeres que se indignan, creyendo que es un varón que viene a quitarles un espacio; que es el cuerpo soñado por diseñadores y por un mundo de la moda obsesionado con castigar y disciplinar la imagen de la mujer. Lo juzgo poco probable: los modelos masculinos que están de moda, que ganan dinero hoy, son los que semejan el estilo de los 50 o comienzos de los 60. Los de Mad Men. ¿Y por qué? Por la crisis económica, dicen los sociólogos. Porque el ideal vuelve a ser la fuerza y la seguridad y eso está encarnado en el varón. Otra vez los machos salvadores.
Por eso ojalá Andrej Pejic se vuelva ícono: ojalá por una breve temporada el ideal de belleza sea una mujer, o mejor, un hombre que parece mujer; ojalá este chico que parece frágil se vuelva poderoso. Porque una chica puede vestirse de hombre y es sexy, pero si un chico se viste de mujer es degradante, o es un chiste grosero, un codazo, una aventura nocturna en el amanecer frío. Pero aunque muchos se burlan de Andrej algo los enoja, les corta la risa: eso mismo que incomodó tanto al dueño de Barnes & Noble y lo hizo quedar en ridículo.
El mito más lindo de todos los mitos es el del andrógino. En el principio de los tiempos había unos seres esféricos divididos en tres clases: los que eran hombre-mujer, los que eran mujer-mujer y los que eran hombre-hombre. Tenían cuatro piernas, cuatro brazos, dos cabezas, un rostro. Se volvieron muy fuertes, trataron de tomar el Olimpo, y Zeus los partió en dos con rayo. Y así nace el amor: los seres divididos se buscan tratando de completarse. Hombres que buscan su mitad hombre, mujeres que buscan su mitad mujer, y mujeres que buscan su mitad hombre y así. Pero lo que me maravilla es que el andrógino, en el mito, era un ser completo, perfecto, acabado. A lo mejor, dejando de lado la sociología y los estudios de género y todo lo que fue dicho y escrito sobre la androginia, a lo mejor, entonces, lo que perturba de alguien como Andrej Pejic es que nos recuerda la historia de cómo nos convertimos en seres de dos patas, lastimados, partidos, expulsados del Olimpo.
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