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Invitado: Gerardo Begérez
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Una de las infinitas cosas buenas que tuvo haber interpretado el personaje de Seba en la película uruguaya El cuarto de Leo, fue el haber ayudado a muchos jóvenes a salir del closet, o mejor dicho del ropero, porque debe tenerse presente que no todo el mundo dispone de un closet.
El personaje de Seba, creo, sirvió para mostrar que un chico puede enamorarse de otro sin que eso lo lleve a un plano sórdido y oscuro. Sirvió para relucir esa posibilidad. Pedro Lemebel, el gran escritor chileno y amigo, la Eva Perón de los maricones, ha dicho muchas veces que ser maricón es difícil, pero ser pobre y maricón es mucho peor, que hay que ser muy macho para soportarlo.
Es que es tan complicado ser gay en una sociedad como la uruguaya, donde la timidez, los temores y el conservadurismo son tan rígidos. Al chico con onda, bonitillo y de buena familia lo rotulan de gay; el marica es otra cosa, puto le llaman. Los calificativos resultan más o menos humillantes en función a la clase social que pertenezca.
Muchísimos chicos uruguayos me escribieron, la mayoría con un dejo escrupuloso en sus palabras, agradeciendo la película y el vínculo entrañable que logramos ambos actores. Algunos fantasearon durante días con ese beso prohibido del que tanto se habló, que el INAU censuró, que en el festival de cine de Marrakech a toda la platea de marroquíes indignó al borde del escándalo.
¡Tanto lío por un beso que duró unos pocos segundos! Algunos me ofrecieron un beso y tras varios minutos de dudarlo debí hacerme el profesional y negarme. Además, estoy enamorado y eso es innegociable. Seguro que alguno pensará que no interesa, que los maricones son todos promiscuos. Otro grave error, y de eso también habla El cuarto de Leo. Más allá de todo, este maravilloso film ayudó a instalar el debate en nuestra sociedad, una sociedad reaccionaria a los cambios. Y quién te dice, quizá haya servido como antesala a la aprobación del matrimonio igualitario. En ese caso, entonces sí me sentiría plenamente orgulloso de ser uruguayo. Pero analizando la agenda de los políticos, el horno no está para bollos, y menos para tortas.
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