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Al ingresar a la sala se escuchan varios cuartetazos y algunas cosas más, canciones de Agostini, Luis Miguel, para luego cerrar, antes de que comience la función, con una de Jorge Nasser. La obra se titula El país de la gata flora, y va todos los fines de semana en Teatro El Tinglado.
El espectáculo plantea, desde el formato stand up comedy, temas diversos. Los actores son cuatro, con monólogos que casi no interactúan entre sí. Fabiana Charlo, Nicolás Pereyra y Carina Méndez están muy bien, manejan el discurso cómico con variaciones múltiples, las gestualidades y los movimientos se acompasan, exageran y sobreactúan en un correcto equilibrio escénico. Juan Sebastián Rodríguez, autor de la obra, es el único que desentona: desde sus modos actorales hasta su parlamento sensacionalista y deficiente.
Los cuatro temas ejes son el turismo, la educación, la emigración y la política; en ese orden. En la obra se condena la obesidad, se ironiza sobre las fábricas clausuradas y el turismo hippie de Valizas que se somete a precios europeos, se añora el Uruguay de antes como país culto, se declama que la educación y la cultura son una puta vieja y manoseada, las menores embarazadas parecen ser solo carenciadas, desconfía de las ciencias sociales y de que los padres reciban un sueldo para enviar a sus hijos a la escuela; también se sospecha de Dani Umpi mientras confiesa que el escuchar a Cabrera es un tiro en las pelotas.
En su programa, Julia Moller ha dicho que el autor, con ese libreto exquisito, debería guionar para televisión. Lo cierto es que no queda claro el carácter crítico de la obra, si bien hay una clara intención de parodia, pareciera que reclaman el regreso de la figura del prócer en las monedas y el recitado de Juana de Ibarbourou.
La sala explota, el público ríe, asienta, comenta. Todos se comportan como un grupo unido y aprobatorio, expectante de la acción inmediata. El ritual de asistir al teatro se convierte en un evento festivo, cada detalle retoma valor y todo se vuelve digno de apreciar; esto también suele ocurrir en otras salas de corte comercial -aunque el género sea variado-, como podría ser el Espacio Teatro, de Franklin Rodríguez.
Una pieza con momentos logrados, tres buenas actuaciones y discursos políticamente incorrectos camuflados en caricaturas varias. El problema tal vez radique en ese monólogo final, que busca alcances mayores, con pretensiones difíciles de llevar. Sin dudas se trata de una opción distinta en una amplia cartelera teatral, que no siempre cuenta con ofertas tan diversas.
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