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Tengo un nuevo personaje favorito. Encuentro en él una forma extrema de romanticismo, un amor loco hecho y derecho y deshecho. El personaje en cuestión, que descubrí por casualidad ?embarcada en una investigación sobre cuestiones retorcidas? es Carl Von Cosel, nacido en Dresden, Alemania, a fines del siglo XIX.
Von Cosel emigró a Estados Unidos en 1927 y se instaló en Florida para trabajar como bacteriólogo y radiólogo en el hospital de Maine. Era un profesional reconocido, no descollante pero notable. Tres años después de su llegada, el solitario Carl, que se la pasaba haciendo experimentos electromagnéticos, conoció a su Gran Amor en Florida: Elena Milagros Hoyos, una hermosa cubana de veinte años que se estaba muriendo de tuberculosis.
El choque de Eros y Tanatos enloqueció a Carl, que perdió el poco tiempo que podría haber compartido con Elena tratando de curarla con tratamientos de descargas eléctricas y pociones que incluían una pequeña dosis de oro: le hacía beber a la moribunda partículas casi invisibles del precioso metal. No pudo salvarla: Elena murió en 1931, a los 22 años. Carl la visitaba a diario en el cementerio de su familia y, según él, se comunicaba con la muerta. Eventualmente, en estas comunicaciones, ella le pidió que la sacara del encierro, y Carl obedeció. La llevó a su casa en carretilla. Tuvo al cuerpo siete años en su cama: la conservó entre sábanas de seda empapadas de yeso porque la piel estaba en estado de putrefacción, le puso ojos de vidrio, una peluca hecha con su propio pelo, le rellenó el vientre con harapos y un caño ancho en la vagina para poder amarla en todo sentido. La bañaba en cera. Imagino a Carl en éxtasis, en hedor, en plena locura: usaba cantidades bestiales de perfume y desinfectantes para retrasar la descomposición. Finalmente, Von Cosel se separó de Elena. La hermana de la muerta se enteró de que Carl había robado el cuerpo, y lo mandó preso, pero por poco tiempo: en aquella época la necrofilia y el robo de cadáveres no estaban claramente tipificados como delitos.
El caso se volvió fenómeno de circo: la casa funeraria encargada de Elena puso en exposición el cuerpo de la finada, tan extrañamente conservado y seis mil personas lo vieron en un día. Las crónicas de la época dicen que algunos de los que vieron a Elena se manifestaron conmovidos por el imperecedero amor de Von Cosel, que a esta altura se hacía llamar Conde: su verdadero nombre era Karl Tanzler y no está claro por qué cambió su identidad. Lo cierto es que mucha gente fue a ver a Von Cosel a la cárcel: le llevaron regalos, amigos pagaron su fianza, fue liberado y jamás se lo hostigó.
Elena fue enterrada otra vez en el cementerio de Cayo Hueso, en una locación secreta, para evitar profanaciones. Dicen que su fantasma aparece en la casa funeraria donde fue exhibida después de que Von Cosel desecrara su cadáver. No aclaran si el fantasma que aparece es el de la hermosa Elena de 22 años, o el de la muerta con cara de cera y ojos de vidrio.
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