|
 |
|
|
|
Escribir de Mi tío de América, aquí y ahora, sólo puede responder a la testarudez o la nostalgia, dos estados que -aunque en este país son celebrados- son bastante feos. Además porque, es bueno avisar, la grandeza de Alain Resnais empieza a apreciarse en toda su estatura cuando uno se pone grande, lo que es una pena.
Quizás por eso, audiencias más jóvenes pueden hallar algo pasada de moda y artificial tanta seriedad -esos peinados y ese vestuario, gente tan adulta con la cabeza entreverada-, y la manera en que están presentadas las tres historias: una actriz con gran poder de supervivencia, un ejecutivo de televisión pública indeciso y un contable con una ambición para la que no está a la altura, cuyas vidas en determinado momento se cruzan, aunque eso no es lo importante de la película.
Resnais siempre fue un escéptico e incluso en sus últimas y bien intencionadas obras -Conozco la canción, Las hierbas salvajes- hay un tono sarcástico hacia las capacidades humanas. A comienzos de junio, cumplió 99 años y todos deberíamos tener vistas El año pasado en Marienbad e Hiroshima Mon Amour, por nombrar los dos lugares comunes de su filmografía. Su cine está influenciado por el existencialismo, las bellas artes y la experimentación. Sus obras son una experiencia por sí mismas: es un director que quiere decir cosas y las dice desde el mismo recurso cinematográfico.
Mi tío de América, que tiene el semblante de una película de Woody Allen, es en realidad una obra de tesis, apoyada en los trabajos de Henri Laborit, una estrella de la ciencia de hace 50 años. Biólogo, médico, etólogo, psicólogo y filósofo francés, buscó demostrar que el hombre es un ser libre, sí, pero condicionado por el aprendizaje que se instala como una matriz en nuestro cerebro y que forma lo que podríamos llamar conciencia. Aparece el propio Laborit, explicando sus teorías y respaldándose en experimentos científicos en los que se utilizan cobayos. Ante una base científica tan contundente, los personajes -y todos nosotros- terminamos siendo una serie inacabada de reacciones predeterminadas por nuestro propio inconsciente, sin derecho al libre albedrío. Meras bestias psicosomatizando nuestras angustias.
Mi tío de América -que es de 1980- se transforma, además, con el paso del tiempo, en un documento sobre un cine y una cultura; es de un modelo discontinuado de cine, y nadie está haciendo esto. Es interesante ver a Resnais desde esa perspectiva. Han sido tantas las transformaciones que ha sufrido el medio que una película así es como supo ser el cine mudo, lejano e incómodo. Y es ahí que ver una comedia como Mi tío de América se convierte en una buena idea. No se pierde nada, y se está viendo algo nuevo.
|
|
|
|
|
|