|
 |
|
|
|
El preconcepto general del público montevideano sobre una obra porteña con cinco personajes travestidos y llamada PUTO (*), no escapa del registro tragicómico. Lo cierto es que Alejandro Mateo autor? y director- logró un texto particular, sin ubicar al travesti desplazado en el rol de víctima, ni en cruces de antologías o fuerzas maniqueas, como tan acostumbrados estamos a verlo, ya sea en la televisión, el cine o el teatro.
Con una fuerte impronta intertextual, desde el gran Manuel Puig (cómo no recordar su Boquitas pintadas) hasta Perlongher, Foucault y Lacan, se desarrollan las historias de cada uno de los personajes, que a su vez conforman una sola en particular: la que viven estos seres marginados, perseguidos por la policía, robando cosas a sus clientes, soñando con triunfar en París mientras se obsesionan con la depilación definitiva y el verse con tetas frente a un espejo.
La historia se ubica en los cuarenta, como una aguafuerte porteña pero de caracteres atemporales. El lenguaje es contemporáneo a la vez que arrabalero. Todos llevan el mismo vestuario que se ve alterado en el empleo escénico: uno muta de puto a policía acariciando los breteles del camisón como si fueran tiradores, ligeramente inclinado hacia adelante, provocando la hilaridad general. Pero no es un espectáculo de sonrisa ligera sino más bien cuestionador, con una escenografía que permite dobles escenas, vestimenta que los iguala en ese sensorio de barrio pobre, que busca su lugar y acepta la sospecha social.
Los actores Mariano Caligaris, Rafael Lavin, Nicolás Mateo, Enzo Ordeig y Walter Rosenzwit inducen el vaivén de los sobresaltos a través del baile y canto de tango, la cadencia y fluidez de diálogos con referencias varias, sin caer en intelectualismos pretenciosos. Las gestualidades múltiples conducen al espectador en la tragedia, la ilusión (que se sospecha corta), la alegría infantil de alguien que sueña en la fama mientras padece la ausencia de su amante liberador.
Una perspectiva distinta sobre temas que no han decaído en pugna y mucho menos en olvidos. ?Miradas que hacen pensar en las lluvias de fuego bíblico. Tontos que son un poema de imbecilidad. Granujas que merecerían una estatua por buscavidas. Asaltantes que meditan sus trapacerías detrás del cristal turbio, siempre turbio, de una lechería?, diría Roberto Arlt.
(*) Escrita y dirigida por Alejandro Mateo es la última de las puestas argentinas presentadas en Teatro Lindolfo, sobre todo a partir del último año.
|
|
|
|
|
|