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Estoy escribiendo a punto de terminar? un texto sobre Alejandra Pizarnick, un perfil biográfico. Adoro a Alejandra, es una de mis influencias y eso que no soy poeta: sus obsesiones, su noche, su miedo, sus lecturas, el fanatismo con que la leí en la adolescencia, el asombro con que la reencontré de grande, el hecho de que haya nacido en Avellaneda, una poeta surrealista de suburbio industrial que soñaba con París. Sus pequeños poemas de horror.
Alejandra se suicidó a los 36 y por eso, claro, es aún más legendaria, como siempre sucede con la muerte joven. Pero sus amigos me llevaron más allá de la leyenda: la recuerdan tomando Coca-Cola de la botella, seduciendo a poetas rusos, enamorada hasta la desesperación de mujeres misteriosas; recuerdan sus llamados a las tres de la madrugada, su odio a los bancos y los subterráneos, sus discos de Janis Joplin.
Una tarde, una poeta que la estudió mucho y profundo y que escribió su biografía, me dijo: ?Cuando escribía sobre ella, acá, en casa, a veces sentía una presencia. Me moría de miedo, tenía que salir, me angustiaba?. La escuché y le dije que sí, que a veces yo también sentía algo. No algo malo: algo atento. Una mirada en la espalda. Algo que movía las calaveritas mexicanas en el living, apenas, lo suficiente para que lo notara pero no tanto como para que me alarmase. Días después, su amigo poeta Fernando Noy encendió velas en su casa para convocar a Alejandra, y cuando la llama empezó a moverse me dijo ?es ella, es ella?. No me dio miedo, pero le creí. Después me enteré que la foto de su tumba, en el cementerio judío de La Tablada, desaparece cada tres meses más o menos.
La semana pasada le estaba poniendo punto final a mi vida escrita de Alejandra. Estaba contando su muerte, detalles tristes, sin sentido. Eran las tres de la mañana, su horario de visita. Yo lamentaba no haber ido hasta su tumba, de puro perezosa. Y de repente se congeló mi computadora. Algo que, por supuesto, sucede con frecuencia. El técnico se niega a creer que yo no hice nada: no la había usado con la batería baja, una conducta perfecta. ?Vos sabés que fue ella?, dijo mi mejor amigo. No me jodas que yo pensé lo mismo, porque esa noche además tenía un dolor de cabeza siniestro: terminé de escribir en la compu, peleando mentalmente con Alejandra, diciéndole que no fuera jodida. ?Está en tu casa?, dijo mi amigo. Y yo pienso que estoy siendo arrogante, justo Alejandra Pizarnik va a ser mi fantasma, quién me creo que soy, qué vergüenza, parezco esas adolescentes egocéntricas que juegan con la ouija y dicen que hablaron con Cobain, con Morrison.
Mi amigo insiste. Le propuse ir al cementerio. Me da escalofríos: creo que cuando le deje piedras ?Alejandra odiaba las flores?voy a cerrar algo más que la puerta a su fantasma, voy a cerrar la intensidad oscura de la juventud maldita, esa que sigo adorando y admirando, pero que ya no es parte de mi vida.
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