miércoles
22.02
Nunca fui a Blanes
Por Diego Trelles Paz
 19.04.2011 
     
Nunca fui a Blanes
La primera vez que leí Los detectives salvajes de Roberto Bolaño tenía 22 años, vivía en Lima con un sueldo miserable y lo único que hacía con mi vida, además de embriagarme hasta la insensatez, era leer y escribir, imitar y ensayar y también darme de golpes contra la puerta cada vez que comprobaba que lo que yo intuía como mi propio estilo literario no era otra cosa que un torpe y pálido eco hecho de las voces de mis escritores de formación: algo así como un collage polifónico de Vargas Llosa con Ribeyro, y de Onetti con Puig.

La edición gris de Anagrama costaba exactamente 78 soles. La sola idea de gastar esa cantidad en la gorda novela de este chileno anónimo, no solo me parecía idiota y descabellada sino que, en términos de salud mental y física, me iba a privar por una semana de mi menú económico en el restaurante del periódico. Por otro lado, había dos razones poderosas que hacían más difícil toda mi decisión. La primera era la absoluta devoción que Los detectives salvajes había generado en este amigo mío, la única persona que conozco en el mundo cuya misión en la vida es descubrirme libros y autores esenciales para mi futuro como escritor.

La segunda, sin duda, era su estupendo título, tan atrayente y certero, tan Welles y tan Godard, y que yo relacioné inmediatamente con La pandilla salvaje de Sam Peckinpah, esa película estadounidense sobre bandoleros en el oeste que usa el tema de los vaqueros para hablar sobre la solidaridad y los códigos de honor y de amistad entre amigos delincuentes.
En suma: decidí comprarlo y me devoré esos 78 soles en un solo día y, luego, ya no importó nada: lo volví a leer, una y otra vez, y lo comenté y lo recomendé y escribí una tesis de maestría sobre la novela e, incluso, me fui a México buscando la sombra difusa de una poetisa promiscua que se pareciera a María Font.

¿Qué era lo que me gustaba de la novela de Bolaño?
En términos formales, para mí era claro que esa prosa suya, de aparente simpleza, tenía un lirismo contenido y sugerente y una musicalidad tan poderosa y tan distinta a la que habían producido todos los autores del boom. La lectura de Bolaño me generó una adicción instantánea: sea por el carácter lúdico y desacralizador con el que el chileno se enfrenta a los diversos géneros con los que dialoga sólo para descomponerlos; sea por ese afán suyo por involucrarnos a nosotros como lectores activos, por ofrecernos obras fragmentarias que siempre parecen incompletas para que las rellenemos con nuestra imaginación, y así seamos cómplices, indaguemos como descifradores, conjeturemos en busca de la verdad a través de mecanismos narrativos en los que conviven mezcladas la realidad con la ficción, los hechos con las conjeturas, los personajes apócrifos con los históricos. No en vano, pues, el crítico José Miguel Oviedo ha dicho que ?Bolaño siempre termina convirtiendo a sus lectores en detectives?.

En el aspecto afectivo, había algo en Bolaño que nunca había encontrado en ningún otro escritor, algo así como una hermandad o una complicidad silenciosa mediante la cual él, que lo había sufrido todo, se dirigía a mí como un joven escritor perdido y ansioso y que se hizo nítido para mí luego de leer este párrafo de su relato ?Encuentro con Enrique Lihn?:

"Esto le pasa a todos los escritores jóvenes. Hay un momento en que no tienes nada en qué apoyarte, ni amigos, ni mucho menos maestros, ni hay nadie que te tienda la mano, las publicaciones, los premios, las becas son para los otros, los que han dicho ?sí, señor?, repetidas veces, o los que han alabado a los mandarines de la literatura, una horda inacabable cuya única virtud es su sentido policial de la vida, a esos nada se les escapa, nada perdonan".
Nunca conocí a Bolaño aunque, ciertamente, lo intenté. En 2003 me fui a Francia a escribir y a vivir como imaginaba que habían escrito y vivido los autores latinoamericanos que estuvieron en el París de los sesenta. Una tontería completa, desde luego, aunque por entonces era bastante real y significativa para mí que iba por la vida como un huérfano. Gracias al azar, conocí a Robert Amutio, traductor al francés de Bolaño, y a través de él se me ocurrió escribirle una carta manuscrita emulando una carta que él le había escrito a Enrique Lihn cuando era un poeta adolescente.

La respuesta me llegó de forma electrónica a través de Amutio. Bolaño ironizaba, le decía a Robert que, al parecer, yo no tenía e-mail. Transcribo acá el corto intercambio epistolar-electrónico que sostuvimos unos días después:

5/29/2003
Estimado Sr. Bolaño.

Recibí un mensaje de Robert Amutio. Puede escribirme cuando quiera, me gustaría mucho recibir su respuesta. Le envié una carta por el correo postal porque usted lo hizo de esa manera con Enrique Lihn y, bueno, supuse que así sería mejor. Fue un error no haber incluido mi dirección electrónica, lo lamento. Estaré en Barcelona en octubre (aunque creo que eso ya lo sabe).

Un cordial saludo.
D.

5/30/2003
Querido Diego:

Cuando yo le escribí a Lihn no existía internet ni e-mail o como se le llame a este sistema de postas electromagnético, ni tenía dinero, en el caso de que hubiera existido, para hacerme con una máquina semejante. En cualquier caso, deseo agradecerte tu ensayo sobre Los detectives salvajes, tan generoso, que leí como si no se refiriera a mí. Por cierto, creo que acertaste en la identificación del poeta peruano. ¿Qué haces en Too loose? ¿Y qué ha sido del mexicano y la norteamericana que conocí en París? Recibe un fuerte abrazo.

Roberto.

05/31/2003
Roberto.

No vivo en Toulouse aunque, sí, me siento Too loose con regularidad. Vine a Bordeaux para escribir (puede que eso suene ingenuo, pero es cierto). Terminé la maestría y decidí postergar el doctorado por un año para dedicarme de lleno a mi novela dos. No tienes por qué agradecerme el ensayo, por el contrario, te agradezco yo la novela. No solo me llevó hasta México (buscando algo que nunca encontraría; esperando en vano una vaga sombra de alguna errante María Font), sino que me acompañó hasta allá y ahora me sigue por donde vaya. Mi estadía en Europa es momentánea. Quiero terminar con mi doctorado, mas allá de mi odio confeso por habitar las desérticas arenas de Texas. Te cuento esto porque voy a ampliar mi tesis de maestría (sobre Los detectives salvajes) a la Tesis doctoral (que es ya casi un libro) incluyendo Monsieur Pain y Nocturno de Chile.
Hace poco leí Pálido fuego de Nabokov, una novela rara y estupenda que debes haber leído. La idea del lector como detective es en ella nítida. El acto de ir saltando las páginas siguiendo las indicaciones de un editor ficticio y el hecho de que este te vaya dando retazos de información o te deforme la existente de acuerdo a su conveniencia personal, me ha dado ideas valiosas para mi propia novela. Me gustaría hablarte de ella. No se la he contado a nadie (ni siquiera a la princesita vasca), porque soy de esos a los que el pudor abruma. No es tampoco que quiera escribirte diez páginas al respecto, sé lo ocupado que andas y algo me ha hablado Robert del nuevo libro de cuentos en el que trabajas. De Oswaldo y Sarah sé que regresan a Austin para continuar con sus estudios (siempre a caballo entre los dos países). Bueno, Roberto, te agradezco mucho tu respuesta, ha sido muy emocionante. Un abrazo.

Hasta pronto.
D.

6/2/2003
Querido Trelles:

Qué envidia me da tu juventud, el derroche de energía, todas las posibilidades del mundo listas para ser conquistadas o morir en el empeño. Háblame de tu novela, pero sobre todo escríbela. Sin miedo. Pero también, y esto tal vez importe, con una humildad digna de San Francisco o al menos de Giacopone da Todi. Cada día que pasa estoy más convencido de que el acto de escribir es un acto consciente de humildad. Bueno, quedo a la espera. Mientras tanto, recibe un fuerte abrazo.

Bolaño.

La última carta que le escribí a Bolaño nunca tuvo respuesta. En ella le pedía unos minutos de su tiempo para ir a Blanes y conocerlo. El 15 de julio de 2003 me enteré de la muerte de Bolaño por una carta escueta y sentida de Robert Amutio.
El acto de escribir es un acto consciente de humildad.
Nunca, en mis 31 años de vida, recibí un mejor consejo de nadie.
Nunca fui a Blanes.

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