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Ipads, androids, smart phones y una gran cantidad de dispositivos llegan en aluvión y vuelven a activar el clisé casi permanente que dice el futuro llegó hace rato. Tenemos posibilidades inimaginables de comunicación en tiempo real, con buena calidad y movimiento. Pensar en un celular star tac, ícono de sofisticación, ya da risa. A ese ritmo vamos.
Lo que también se repite es que si bien cada una de estas mejoras genera mucha gente que las disfruta, pocos son quienes las aprovechan para mejorar realmente la calidad de vida o el desempeño profesional, entre otras posibilidades. Me da la sensación de que en esto de la tecnología, se usa solo el 10% del potencial, similar porcentaje que dicen usamos del cerebro. Siempre parece que llegamos al límite. Si antes el blog dejaba entrever una ¿extraña? fruición por comunicar más de lo aceptable en horas laborales y no laborales, la frontera se despedazó en este último lustro, con instrumentos que crean redes sociales mediante comentarios de 140 caracteres máximo y como mucho algún link. Cada vez son más extraños los casos de ascetas sociales 2.0 -los que no aprovechan ninguno de ellos- y cada vez más gente comparte más pensamientos, más canciones, más notas, más etiquetas, más comentarios. Todo un torrente de información al que le podemos dar un ?me gusta?, twittearlo o retwittearlo.
El revés de la moneda es que todo se vuelve una repetida reproducción seriada de personas/perfiles que simplemente portan elementos culturales que ni siquiera consumen. Algo así como una especie de kit de la ?coolez? no tan reprobable, porque se usa lo que se tiene ganas, siempre vacío de contenido. Por supuesto que hay mucho más que eso detrás de estas plataformas. La sobreabundancia de información que nos llega aparece como una chance inmejorable para aprovechar oportunidades de vinculación y de intercambio de información: está todo a disposición y mejor aún, está todo a la mano. Pero, ¿cuánto de eso efectivamente nos forma más y mejor, cuánto de eso nos hace ser mejores de verdad?
Hoy, ya mismo, cuestiones como la política, la cultura o el voluntariado están cada vez más inmersas en Facebook y Twitter, entre otras, como reales plataformas desde las que se generan interacciones -algunas imposibles de concebir sin ellas- entre las personas y las instituciones. Ese ecosistema ya funciona.
La cuestión ahora debería ser cómo hacemos los que no nacimos en este mundo, para entenderlo y aprovecharlo como una oportunidad real, más allá de la compulsión por darle al ?me gusta?, cliquear ?asistiré? en 10 eventos que son a la misma hora o hacer RT en estados casi vegetativos.
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