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Lo conocí buscando trabajo. Fui a dejar mi currículum y me dijeron que volviera el miércoles a la hora quince. Ahí fue que lo conocí, era el encargado de recursos humanos de la empresa. Lindo, muy lindo para ser chileno.
Pasé todas las pruebas y quedé seleccionada. Me dejó para el final y terminamos hablando de cosas de la vida. El día que fui a llevarle una documentación que faltaba me invitó a salir. Lo evité un par de veces y empezó a llamarme todos los días. Estaba pendiente de mí. Se ponía celoso de todos mis amigos.
Finalmente decidí volver a Uruguay pero seguimos en contacto por chat. Nuestras charlas eran tontas, simples, incoherentes. Hasta que un día decidí que era el momento de hablar de cosas más importantes.
Una cosa llevó a la otra y me dijo que la próxima vez que visitara Santiago me secuestraría todo un fin de semana. Me gustó la idea, así que ni bien tuve confirmada la fecha de esa visita, cumplí en avisarle. Reconozco que estaba preocupada porque sabía muy poco de él. Pero todo ese misterio resultaba, justamente, estimulante.
El sábado a primera hora me pasó a buscar por la casa de mi amiga y nos fuimos a un lugar llamado San Alfonso del Mar, en Algarrobo, a noventa kilómetros de Santiago. Estaba lindo, él era lindo, creo que ya lo dije. No parecía tan nervioso y ansioso como cuando lo conocí. Hablamos sin parar durante el viaje.
Llegar al lugar donde me secuestró ese fin de semana fue como tener un orgasmo. Un complejo hipermoderno, edificios de lujo, la piscina más grande del mundo según el Guiness. El agua tiene el color y el calor de las playas del Caribe... pero está en el océano Pacífico.
Era el paraíso. El apartamento era lindo, como él. Picada con vino. Música tranquila de fondo. El clima era perfecto para que empezaran a pasar las cosas. Tuvimos sexo cariñoso y dulce, así como desenfrenado y brutal. Probamos el sillón y la cama. Comprendí que hay conexiones que se dan y trascienden montañas; aprendí también que aunque los chilenos parezcan aburridos, lentos, quedados, fríos y estructurados, siempre puede haber uno que se salga del molde.
El domingo a la noche regresamos a Santiago. Mis vacaciones habían comenzado de la mejor manera, con un "novio de verano" y la sensación de que las cuentas pendientes se saldan mejor en un paraíso como San Alfonso del Mar.
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