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Por la larga calle de mi barrio que desemboca a pocos metros de una vía de tren, hay un residencial de ancianos. Una vidriera de abuelos abandonados. Una marquesina de angustia. Solo falta un cartel de neón que los anuncie. Tristeza. Paso todos los días por allí. Siempre hay uno que me saluda. No está enfermo. Está olvidado. Como a un mueble viejo, su familia lo corrió a ese rincón. Se llama Gervasio. No tiene nada que ver con Artigas. Seguro tuvo un pasado. Tal vez fue feliz. Tal vez no. Está lúcido. Puede valerse por sí mismo. Cada vez que paso lo saludo. Charlamos de cine y teatro. Sonríe. Me da la mano desde la reja de esa cárcel a la cuál lo han condenado los años y sus presuntos familiares. Me hice su amigo.
Hoy es Nochebuena.
Las vacaciones tiran del carro de la mala sangre anual mientras el olor a jazmín baña las veredas. Las mujeres parecen ser más sexys con sus vestidos escotados y el mundo se convierte en un lugar fraternal, atravesado por las nubes de humo que generan los asados o los lechones, que en cada esquina esperan la medianoche, para recibir a un bondadoso gordito de barba blanca. Todos tienen familia. Todos tienen un árbol de navidad con un pesebre al cual le tiran nieve de mentira. Todos esperan algún regalo. Casi todos. Con Gervasio no esperamos nada.
El mundo es un lugar ingrato; amargo y desolado. Por suerte lo habitamos poco tiempo. Algunos con un fin constructivo. Otros, lo contrario. Pocos seres geniales dejarán la huella en nosotros. Pocos nos darán la bendición de la alegría o el calor del cariño. Nosotros también seremos selectivos. En un abrir y cerrar de ojos, esta inundación que es el maremoto de vivir, se llevará todo lo que queremos y si tenemos suerte, todo lo que nos hace mal. Llegaremos tan rápido al laberinto final del arrepentimiento que nos arrepentiremos de no haber sido arrastrados por aquellas olas que quisimos surfear. Controlar. Dominar como si fuéramos dioses de miniatura. Hoy es Nochebuena.
Compré una sidra y un pan dulce. A las doce les daré un beso y un abrazo a mis padres. Llamaré a mis amigos. Luego caminaré varias cuadras hasta el residencial. Me encontraré con Gervasio. Tiraremos juntos un corcho al techo. Comeremos de esa harina con frutas y nueces. Reiremos. No le daré una caja, ni una bolsa ni un paquete. Sé que el único regalo que en realidad quiere, es simplemente un poco de amor. Feliz Navidad.
(*) Para leer mientras se escucha ?La Navidad?, de Los Wawanco.
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