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Por Facundo Ponce de León
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Este año comenzó con una discusión entre gobierno y oposición a raíz de las razones por las que se fueron 17.000 uruguayos del país en 2007. Desde el oficialismo se habló de una visión consumista de la vida que hace que la gente se quiera ir al Norte y las críticas a esta posición no se hicieron esperar. No es mi idea que nos adentremos en esta polémica y ver qué dijo cada parte sino plantear la cuestión de fondo, la esencial: la viabilidad o no de Uruguay como país. La pregunta es mucho más relevante y pertinente de lo que parece a primera vista.
Nos enfrentamos a una situación difícil, porque más del 80 % de los uruguayos que abandonaron el país el año pasado eran menores de 45 años y tenían un alto nivel educativo. No emigraron, como muchos en 2002 y 2003, por falta de dinero y trabajo sino por razones distintas; aún teniendo posibilidades laborales, buscan algo que Uruguay no les ofrece. Ésta es la cuestión que debemos desentrañar. ¿Qué es lo que hace que nos queramos ir y cuáles de esas cosas son posibles de transformación en el corto plazo? Por ejemplo: el mercado es chico y por un tiempo lo seguirá siendo. No es una buena estrategia quedarnos y lamentar que somos tres millones, sino saber qué podemos cambiar en la mentalidad de los que somos.
Otro factor importante es reconocer que hay gente uruguaya que no quiere vivir en Uruguay y que nada se puede hacer contra eso, del mismo modo que hay muchos que no se irán nunca del país pase lo que pase. En otras palabras, el debate objetivo no está en los tres millones sino en aquellos que vivirían en Uruguay si se dieran ciertas condiciones, o que se van con la idea de volver y luego se dan cuenta que es mejor no regresar. Estoy en Madrid mientras escribo esta columna, convencido de que viviré en el futuro en Uruguay. Pero he conversado con cantidad de uruguayos que están por acá, de visita, viviendo, estudiando, y con todos coincidimos en que algunas cosas que pasan en Uruguay no deberían pasar y son relativamente sencillas de cambiar. Y no puede ser un impulso personal -tuyo o mío- sino que estamos ante una cuestión generacional, que la tenemos que responder como generación. (Y esto no tiene que ver necesariamente con la edad).
Todas mis columnas de este 2008 tendrán la consigna El Uruguay como problema. El objetivo no es resolver la cuestión sino ordenarla. La única manera de avanzar y trazar un plan de acción es entender mínimamente dónde estamos parados y para eso tenemos que hacer un mapa. Mes a mes iremos dibujando una cartografía posible de la situación. Empezaremos, en el número que viene, con una nociva manera de entender la jerarquía en Uruguay y las posibilidades que tenemos de revertirla.
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