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Pensar al país. Todo bien, pero pensar sirve de poco si el ejercicio reflexivo no viene seguido por el hacer. Y esa es una característica que tenemos muchos de nosotros, los uruguayos. Pensar el Uruguay, sin estar en Uruguay, es otra posibilidad. Quizá esa acción nos lleve a perspectivar, comparar, relativizar y finalmente valorizar. Este verano caminaba por la playa con un amigo. Intercambiábamos ideas sobre esas cosas que están mal en el país. Esas cosas que todos sabemos que están mal, ejemplos de todos los días. Esas cosas que no cambian. Mientras hablábamos sobre eso tan amplio que es un ?país?, le expresé que tenía ciertos reparos dado que eso que forma al ?país? está en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestros trabajos. En nosotros mismos. Los hábitos (los malos hábitos). Las costumbres (las malas costumbres). Los vicios (en cualquiera de sus manifestaciones). También las excusas, las justificaciones, la ausencia de voluntad, el hacer las cosas así... porque así se han hecho siempre. Se vuelve urgente pensar Uruguay como proyecto de país y con objetivos a mediano plazo. Pensarlo con políticas de estado con continuidad más allá de gobernantes (sé que se publicó un libro sobre esto y me interesa leerlo). Países como los nuestros solo podrán mantenerse y crecer si los ciudadanos que los conforman tienen un alto grado de educación. La verdad es que estoy un poco cansado de escuchar que en Uruguay somos educados. Frente a un índice de alfabetización quizá sí lo seamos. Pero si tomamos como ejemplo la educación de Finlandia, frente a ese ejemplo no es tan claro que podamos hacer nuestro lo que nuestra economía nos permita. Me gustaría descubrir que dentro de 30 años la mayoría de las personas del Uruguay con 25 años de edad o menos hablen una segunda lengua con normalidad (si me preguntan cuál: inglés). También me gustaría que por lo menos un 30% de esa gente hable por lo menos una tercera lengua (si me preguntan cuáles: portugués, chino o indio). Es importante considerar que tenemos la suerte de nacer y educarnos hablando el segundo idioma nativo más hablado del mundo y, a su vez, el segundo más estudiado del mundo. Eso es una ventaja comparativa importante. La mayoría de ese grupo de gente de 25 años o menos, debería manejar la tecnología de forma habitual, sin que una computadora y sus softwares estándares sean extraños para ellos, así como tampoco los procedimientos que a través de ellos pudiesen desarrollar. También creo que será también muy importante que estas personas aprendan dactilografía en sus primeros años de escuela. Escribir en sus computadoras debe ser algo mecánico e incorporado. Estimo que todo esto -que no lo creo ni tan difícil ni costoso- repercutiría en forma positiva en nuestro futuro como país dentro de 50 años y en adelante.
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