|
Invitada: Silvia Pessoa (*)
|
|
|
|
 |
|
|
|
Más uruguaya que nunca fue mi estatus en Facebook después de que Uruguay llegó a la semifinal del Mundial 2010. Increíblemente, el fútbol, deporte al que sólo suelo seguir en los grandes campeonatos internacionales, me hizo sentir más uruguaya que nunca y una nostalgia por un Uruguay al que dejé en 1997 y que recientemente había dejado en junio de 2010 después de una visita de dos meses.
El fútbol produjo sentimientos de identidad uruguaya que nunca había experimentado antes. Diferente de mi vida diaria, este mundial me llevó a una lectura continua de diarios uruguayos e internacionales en internet, del twitter de Forlán y de todas las páginas de Facebook de amigos uruguayos (Rafael, tus comentarios fueron inspirantes). Sufrí con cada pase, tiro libre, offside, falta (la mano de Suárez va a quedar para la historia) y penal, y lloré de alegría al ver a nuestros muchachos llegar a la semifinal demostrando que, a pesar de todo, ¡sí, se puede!
Este mundial lo viví a full, en varios continentes. Las eliminatorias en Qatar, en el Medio Oriente, donde vivo hace cuatro años. Los dos primeros partidos en Montevideo, donde mi hija Leila, de casi dos años, aprendió a cantar Soy celeste y a bailar el Waka, waka de Shakira (obsesión diaria desde entonces). El tercer partido en Pittsburgh (Pennsylvania), después de escaparme de una conferencia con mi esposo Erik. Los octavos de final en Ann Arbor (Michigan), junto a los ahora adolescentes americanos-judíos a quienes cuidé cuando eran recién nacidos, que habían decorado toda la casa con banderas de Uruguay para esperarnos. El partido tan sufrido contra Ghana en el aeropuerto de San Juan (Puerto Rico), sufriendo con cada penal junto a los boricuas que alentaban por Uruguay. La semifinal en el aeropuerto de Newark (New Jersey, cerca de Elizabeth), donde miles de uruguayos se sentían más uruguayos que nunca. Y el partido por el tercer puesto en Mora (Suecia), el pueblo donde nació Erik, de 12.000 habitantes, donde los logros de Uruguay fueron parte de las noticias y de las conversaciones entre amigos sobre fútbol.
Como me imagino que fue para muchos uruguayos, el partido más sufrido y memorable para mí fue contra Ghana. El sufrimiento y la posterior alegría tuvieron lugar en el aeropuerto de San Juan, después de una linda visita a unos amigos. Sufrí con el casi gol de Ghana en el último segundo, la mano de dios de Suárez y el penal errado que de nervios y por cábala decidí no mirar. Cuando mi esposo sueco, fiel a la celeste con su camiseta, me dijo que el jugador de Ghana lo había errado, no lo podía creer. Fue entonces cuando pensé: Ahora sí que ganamos este partido. Uruguay puede en los penales... pensando en el triunfo de Uruguay por penales contra Brasil en la final de la Copa América en 1995. Por cábala, los penales de Uruguay no me animé a mirarlos y los de Ghana sí. Cada vez que Uruguay tiraba un penal, tomaba a mi hija fuerte de la mano y repetíamos Uruguay juntas hasta que se escuchaba a mi esposo y a los diez puertorriqueños alrededor festejar. Es así que llegamos hasta el penal picado del Loco Abreu y a nuestros gritos con los puertorriqueños hasta que tuvimos que correr para subirnos a nuestro vuelo, para el que estaban haciendo la última llamada. Casi perdimos el vuelo, pero no importaba: Uruguay había llegado a la semifinal.
Después del partido contra Ghana la celeste despertó en mí una añoranza por un Uruguay donde ¡sí, se puede! eslogan que está muy presente en mi vida debido a de dónde vengo y lo que he podido lograr. Como Fucile y Muslera, dos grandes de nuestra celeste, crecí en Piedras Blancas, un barrio castigado por la pobreza social, la ignorancia y la marginación. Fue ahí donde conocí a mi profesora de inglés, Betty, quien fue una de las primeras en verbalizar el eslogan antes de que yo aprendiera de dónde venía. Con el ¡sí, se puede! de Betty e impulsada por el apoyo de mi familia y de una garra charrúa innata logré ir a Estados Unidos, en una beca de intercambio, a la edad de 17 años y luego continuar mis estudios allí, lograr un doctorado, y ahora trabajar como profesora de inglés y lingüística en una universidad americana en Qatar.
Este ¡sí, se puede! es el mensaje que trato de que llegue a nuestros muchachos celestes que no fueron a Sudáfrica pero que vieron los partidos en sus aulas en los liceos públicos en Uruguay. Durante mi última visita al país comprobé el estado de nuestra educación pública. Me quedé muy mal. Leer en el diario que más del 40% de los liceales habían repetido primer año en 2009, estadística a la que se suman mis sobrinos, visitar un liceo público donde casi ninguno de los estudiantes aspiraba a salir de tercero de liceo, y mirar las noticias policiales en los informativos en Uruguay (menor esto, menor lo otro) hizo que mi tan añorada vida de dos meses en mi apartamento recién comprado en Pocitos tuviera un golpe con la oscura realidad de muchos jóvenes y de mi familia en el país. Es con mi historia de vida que visité las clases de inglés de unas amigas, docentes tremendamente comprometidas, para que estos perdidos jóvenes logren encontrar su rumbo de alguna manera. Quizá mi mensaje de ¡sí, se puede! resuene en aunque sea uno solo de esos chicos, muchos de ellos jugadores de fútbol que con suerte lograrán hacer una carrera de su afición. Lamentablemente, el papel de la educación para estos chicos está perdido.
Con la energía positiva con que la celeste inundó Uruguay, espero que el mensaje de que ¡sí, se puede! haya llegado a éstos y a todos los chicos del país. La selección demostró que con trabajo, dedicación y talento se pueden lograr grandes cosas. Este mensaje resonó conmigo y espero que sirva de inspiración para muchos de los jóvenes de Uruguay: ¡Sí, se puede aprender y pasar de año; sí, se puede terminar el liceo; sí, se puede llegar a Primera; sí, se puede jugar al fútbol y terminar el liceo; sí, se puede ir a la universidad; sí, se puede tener un buen trabajo; sí, se puede tener una familia funcional; sí, se puede ver a nuestro país entre los mejores!
(*) desde Mora (Suecia)
|
|
|
|
|
|