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La anécdota y la construcción de la mística. los componentes legendarios. dónde, cuándo, cómo, con quiénes vivimos triunfo tras triunfo. hasta el final. incluso sin importar el resultado de cada partido en goles. porque ya nos sentíamos campeones. sensación tras sensación, tratando de retener detalles para no olvidar. para que permanezcan en nuestras retinas, para contarles a nuestros nietos.
No tengo claro que haya sido el fin del maracanazo. No porque ?aunque pocos? todavía haya testigos vivientes ?incluido Alcides Ghiggia, autor del gol que convirtió a Uruguay en campeón del 50? sino porque el lugar y el estadio Maracaná de Brasil 2014 motivarán inevitablemente las connotaciones del caso. Mucho más si Uruguay clasifica. Comparaciones, referencias, deseos. El maracanazo, sin dudas, seguirá estando presente en el imaginario colectivo. Eso sí: ya no se podrá hablar del maracanazo sin ignorar la última hazaña futbolera: ?Mundial Sudáfrica 2010, Uruguay ya no mira al pasado? es el título de una nota periodística sobre el desempeño de la selección celeste publicada en BBC Mundo.
Esta generación ya no vivirá de recuerdos ajenos. De la gesta de otro tiempo. No tendrá entre sus ídolos a Obdulio Varela. El negro jefe. Los de afuera son de palo. El maracaná. El silencio de los 200 mil hinchas brasileños. Y demás. ?Uruguay no sabe otro guión en su fútbol. Tiene que ser épico. De leyenda. Dicen que se olvida el pasado, pero la esencia de este equipo es la misma que nació en la primera mitad del siglo XX?, reza otra nota del mismo portal de noticias, con ánimo de contextualizar la derrota por el tercer puesto ante Alemania.
Esta generación ya está rodeada por un halo de mística. Por la mano de Suárez. Por el travesaño ghanés. Porque el Loco la picó. Porque Forlán se quedó con el Balón de Oro. Por el maestro. Y demás. ?La gente que cree en el destino quizá lo explique de otra manera. Pero yo no tengo una explicación para lo que ha sucedido hoy?, dijo el director técnico Óscar Washington Tabárez en la conferencia de prensa posterior al partido de Uruguay-Ghana en el Soccer City, de Johannesburgo. Es que para la hinchada celeste aquello tuvo gusto a historia. A tendremos, como nuestros abuelos, qué contarles a nuestros nietos.
El desempeño de la selección uruguaya caló hondo en el colectivo uruguayo. No sólo en calles montevideanas. Fue de la misma manera en el resto de los departamentos, algunos de los cuales acunaron a integrantes de la selección. Y también en el departamento 20, que aloja medio millón de emigrantes, desde los que nunca regresaron de exilios políticos y económicos de los años 70 y 80 hasta los más recientes de la crisis de 2002. Fue la primera vez que entre los ocho mejores del mundo en la copa de la FIFA quedaron cuatro países latinoamericanos ?Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay? frente a tres europeos ?España, Holanda y Alemania? y un africano ?Ghana?. Este escenario hizo acariciar en algunos ámbitos una hipótesis explicativa basada en la bonanza económica de América Latina frente a la crisis europea, aunque es fácil cuestionarla a la luz de los resultados finales. En la necesidad de encontrarle explicación a todo, para la reacción espontánea del colectivo uruguayo de celebrar cada triunfo sin importar lo que viniera después prosperó la hipótesis de que nadie esperaba nada. Estabas del coco si aspirabas al cuarto lugar. Lo delatan las pencas. Las promociones de Barraca Europa y Todomúsica que prometieron reembolsar la mitad del importe de los LCD adquiridos entre el 12 de abril y el 10 de junio si Uruguay pasaba a las semifinales. Parecía que no se podía.
El sabor épico caló hondo en los propios jugadores. ?Es algo que viene con el jugador uruguayo. Cuando la situación es más difícil, cuando todo está en contra, el espíritu de equipo sale a relucir. A eso le llamamos ?la garra charrúa? y toma un rol importante en momentos complicados?, dijo Alcides Ghiggia en una entrevista para la FIFA el 25 de junio tras recibir la Orden de Mérito, el máximo galardón de honor otorgado por esa organización deportiva. Esa entrevista comenzó más tarde de lo previsto: los jugadores de la selección uruguaya pedían al delantero del maracanazo fotografías individuales. Ghiggia se las concedió y también les respondió preguntas de aquel partido. Entonces la celeste sólo había pasado la primera fase. No se había enfrentado con Corea del Sur ni con Ghana. Tampoco con Holanda ni con Alemania. Y aunque la gente ya celebraba desde el 3-0 con Sudáfrica, todavía ni se imaginaba.
Las imágenes que cada uno de los integrantes de la selección se tomó con el testigo del Maracaná ?no sólo viviente sino tan decisivo como para mantener sesenta años de historia? ya tienen un valor simbólico difícil de trasladar en palabras, intrínseco. Esa carga simbólica trascendió sin duda alguna el valor individual que cada uno de los jugadores le otorgó y es abrazada por el colectivo uruguayo. Aunque nadie haya visto con sus propios ojos esas fotografías, se irán resignificando. Quizá como cualquier imagen a lo largo del tiempo, pero con un impacto colectivo de mayores dimensiones. Rafael Bayce, doctor en Sociología y director técnico de fútbol, habla de la identidad uruguaya conformada a través de los triunfos deportivos. "Uruguay es un país chico y subdesarrollado, que no tuvo participación en guerras mundiales, no tuvo guerras civiles, no ha sufrido catástrofes naturales, y la forma que ha tenido de trascender y ser conocido en el mundo ha sido por el fútbol, por los dos triunfos olímpicos de 1924 y 1928 y luego por haber sido campeón mundial en 1930 y 1950".
Será positivo si queremos y podemos capitalizar este nuevo mito. En la medida en que no quede, como el maracanazo, en el lugar de un recuerdo idílico y prácticamente irrepetible, insuperable. Generación tras generación. Será positivo en la medida en que no nos quedemos sólo en la admiración de los ídolos, ni esperando de ellos nuevos éxitos individuales o colectivos para seguir creyendo. Porque no es necesario. Porque siempre, a posteriori, vienen más derrotas, como sucedió en Malasia 1997, cuando la sub 20 uruguaya obtuvo el segundo puesto. En el fútbol, pero no sólo en el fútbol. En cualquier ámbito no siempre se gana.
Por eso toda la euforia celeste será positiva en la medida en que el éxito uruguayo en el Mundial de Sudáfrica capitalice la idea de que a pesar de los componentes del azar que tienen el juego y la vida misma, el triunfo nunca es casual. Nunca está aislado. Siempre es un proceso. Una construcción. En la medida en que el éxito celeste trascienda una hazaña futbolística puntual y se entienda que se puede. Que siempre se puede romper el techo sin llegar a la cima.
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