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Nos sorprendió el contacto directo con la utopía de estar entre los cuatro mejores. A todos. Aunque no había menosprecio con el plantel ni con los jugadores ?las encuestas señalaban que el uruguayo futbolero coincidía con, por lo menos, 80% de las decisiones del técnico?, muy poca gente pensaba que ese martes de semifinales íbamos a estar de nuevo, ellos en el Green Point y nosotros frente a la tele, la de casa, la del bar, la de un amigo, o esa pantalla plana del aeropuerto de Guarulhos (San Pablo) en la que me tocó ver a los holandeses encontrar dos goles, sacar la pizarra ?al mejor estilo Brasil, por cierto? y embotarse atrás, asustados después del segundo gol de Uruguay, pero confiados a la licencia para pegar del sucio, tremendamente sucio Van Bommel.
Sí, llegamos lejos, muy lejos. Quedó claro que eso era posible más allá de la fe, de los huevos y de esa garra a la que la gente, la prensa y varios jugadores se colgaban en cada charla y discurso sin saber demasiado qué era, pensando que el ?poner huevo? iba a resolver todo, y si no lo resolvía, quedarse tranquilos porque, otra vez, ?se intentó lo mejor?, algo que hemos estado acostumbrados a escuchar quizá sin recordar que la famosa canción primero dice garra, pero luego también dice calidad. ?Se puede? es la palabra clave, y es que a veces las cosas son así de simples. Eso es lo que días antes, cuando jugamos el partido contra Ghana, repetían políticos, jugadores y empleados de Envidrio, la fábrica que una vez fue ocupada por sus obreros y que hoy funciona con buena salud en el PTI del Cerro. Más o menos ésa fue la frase que dijeron una y otra vez frente a la grabadora, después de que todos entreverados y cerca del Pepe Mujica miramos de reojo cada penal. ¿Qué más puedo agregarle yo a eso, cuando por fin las cosas no son tan complicadas?
La selección, ese equipo que los menores de 30 siempre vimos como un equipo deslucido, fue un modelo de confianza en sí misma, siempre sin sobrar al resto como pasó en los países de al lado, casi sin tarjetas amarillas, sin pensar en la decepción como alternativa. Finalmente, la selección nos dio una buena enseñanza. Ahora cabe esperar que el fútbol sea todo lo inspirador que puede llegar a ser.
Esto que sucedió en Sudáfrica acompaña a algo que ya vimos en otras áreas como el cine, la música, el software y tantas otras zonas profesionales en las que los uruguayos se destacan y mojan la oreja en todo el mundo desde hace varios años. Pero ahora, con el fútbol subido a ese carro, ¿qué dirán los escépticos de siempre, a los que cualquier ?se puede? les activaba el resentimiento y la ironía? ¿Podremos, sin perder la esencia, volver a permitirnos estar un poco más felices que lo que marca el estereotipo uruguayo?
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