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Por Facundo Ponce de León
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Un modo de definir una generación son las fechas. La nuestra, por ejemplo, estaría formada por todos los que nacimos entre 1973 y 1983. Esto nos daría algunas características objetivas: éramos niños cuando en Latinoamérica llegaba la democracia y no teníamos mucha idea ni de en qué ingresábamos ni de dónde salíamos; no sabíamos qué se caía cuando caía el muro de Berlín. Hitler, la Segunda Guerra Mundial, Stalin, la Guerra Fría, Vietnam, los misiles en Cuba, la llegada a la Luna, Franco y Perón, la Perestroika? todos son relatos lejanos aunque históricamente sucedieron ayer.
Otro dato clave: fuimos formados, en primaria, secundaria o universidad, por personas que vivieron el ?mayo francés? de 1968, cuando estudiantes, obreros, intelectuales y artistas se unieron bajo el eslogan ?la imaginación al poder?. El movimiento se deshizo como un castillo de naipes cuando el presidente De Gaulle llamó a elecciones anticipadas. La sociedad de consumo siguió creciendo y el desencanto empezó a ganar las mentes de todos los que querían cambiar el mundo. Sencillamente se rindieron a lo que es. La realidad les ganó la pulseada. Nostalgia de un pasado que, siempre, fue mejor.
Si el pasado siempre fue mejor, el presente se torna un lugar deprimente. Era mejor en tiempos del Che Guevara, era mejor cuando luchábamos contra los opresores, era mejor cuando había vacas gordas, era mejor cuando podíamos ser campeones del mundo, era mejor cuando no había pasta base, era mejor cuando los jóvenes eran respetuosos de los adultos, era mejor cuando los políticos era menos corruptos... La estructura de todas estas afirmaciones es simple: el presente se explica completamente por el pasado, donde se encuentra lo valioso que la actualidad ha corrompido.
El acierto de nuestra generación, de la cual el éxito de la selección en el mundial es una consecuencia y no una causa, fue quebrar este mecanismo. Para ello hubo que realizar una acción muy precisa: matar el pasado como nostalgia. Matar a todos aquellos que, desde un tiempo lejano, ya habían dicho todo lo que se podía decir. Un ejemplo académico: un profesor de filosofía, de los que vivieron el mayo francés, realiza una conferencia sobre el filósofo Walter Benjamin en la que expone que todo lo que pasa hoy estaba ya dicho por el filósofo alemán. Todo, nada se le escapó a Benjamin, quien se suicidó en 1940. Un joven recriminó al profesor su conferencia con un argumento muy sencillo: el tiempo de Benjamin no es el nuestro y hay elementos que se deben reinterpretar. Parece obvio, pero el comentario es de una sutileza contundente porque marca justamente el cambio generacional. El estudiante mató a Benjamin para poderlo estudiar. Benjamin murió y nos habla desde otro tiempo, que tiene pistas pero no es el nuestro. El viejo profesor, abatido por este mundo perverso, ve a Benjamin por todos lados, no se anima a matarlo porque hacerlo significa que hay cosas por resolver, huecos, grietas, un tiempo nuevo, un mundo por reinventar.
Cuando se habla de los clásicos se habla justamente de este proceso de muerte y recuperación. ¿Qué es un clásico? Aquel que nos habla desde otro tiempo, es decir, que tiene la genial capacidad de decirnos algo hoy aunque vivió en otro mundo. Saber matar genera una distancia reflexiva, ayuda a comprender mejor lo que se puede mejorar de lo que nos viene del pasado. Los jugadores uruguayos de este mundial supieron matar el mito de 1950 y otros mitos del fútbol de pierna fuerte y dientes apretados. Generaron distancia que los ayudó a saber lo que se podía (re)hacer y cambiar. Por ejemplo: un juego menos agresivo y más estético, incluso marcando todas las pelotas como si fueran la última. Ganamos sin tener que hacer foul todo el tiempo.
Este mecanismo de distancia que ellos llevaron a cabo en el fútbol se estaba llevando a cabo generacionalmente desde comienzos de este siglo (por desgracia aún no sucedió en la política partidaria). En la música, el teatro, el cine, la publicidad, la universidad, el periodismo, el carnaval, una generación que empezó a romper, a matar a los ancestros para homenajearlos. Para volverlos clásicos. A descubrir que el tiempo es siempre nuevo y que el pasado da muchas pistas pero que son justamente eso, pistas. El presente hay que construirlo siempre y hacerse cargo. Los que empiezan a salir de la adolescencia ya son una nueva generación que tendrá que saber matarnos para poder continuar lo que estamos comenzando.
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