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Espero que mis palabras te encuentren bien, al menos mejor que el año pasado, cuando te pasaste el invierno enferma, con una gripe muy fuerte, ¿te acordás? Inolvidable la noche que delirabas de fiebre y recitabas las santas escrituras. Mucho tiempo después sigo pensando: ¿cuándo fue que aprendiste parte de la Biblia? Tiendo a pensar que nunca, que son esas cosas que quedan grabadas por partes vírgenes de nuestro cerebro que no son usadas y a las que solo accedemos a través de hipnosis o fiebres altas. Lo que me lleva a la siguiente pregunta: ¿a qué se debió aquella fiebre? Aún hoy creo que no fue una gripe lo que tuviste el año pasado. Sé que te lo pregunté reiteradas veces, pero qué tipo de gripe dura tanto tiempo. Ahora, con la distancia del tiempo, admito que me sentía bastante molesto cada vez que me llegaban noticias de tu supuesta enfermedad. Tal vez fue por eso que esa tarde de julio decidí no seguir recibiendo noticias tuyas y viajar personalmente para ver qué tan enferma estabas. Sigo preguntándome, aún, por qué decidiste ir al campo para curarte. Un misterio más de tantos que comenzaron la tarde de julio que viajé a verte. Llegué a la estancia -¿era de una tía tuya?- y vi tu cuerpo casi hundido en el grueso colchón de la habitación. La ventana abierta para que el cuarto se aireara. Fue tal el impacto de verte tan deteriorada, tan pequeña y casi nula, que recuerdo haber estado paralizado, mirándote, sin poder articular palabra alguna. Recuerdo lo que supliqué para que me dejaran dormir a tu lado. Esa cálida noche de julio... todavía hoy me sigo preguntando cómo pudo ser tan cálida esa noche del mes de julio en la que dormí por primera vez a tu lado. Y luego de esa noche, varias noches. La noche que deliraste, la noche que respirabas con dificultad, la noche que sangrabas, la noche que fue nuestra última noche. Muchas veces había fantaseado con nuestra primera noche juntos. Ninguna de esas noches corresponde a las nuestras, que fueron de silencio y dolor. Las noches que nunca imaginamos son las que tuvimos. Nunca tendré más que aquellos silencios y quejidos, aquel sudor de fiebre sobre tu frente, aquellos ojos que apenas miraban sin mirar. Espero de corazón que estés mejor que el año pasado. Espero que, donde estés, de verdad, de corazón, con mi alma en la mano ofreciéndotela, como se ofrece la vida a un hijo, el abrigo al amigo, la sangre al amante, como se dice te amo una vez que no estás, como te hablo una vez que callaste, como se tatúa Julia en mi mente para siempre, en cada silencio, en cada fin. Espero que estés mejor. Realmente lo espero.
(*) Carta escrita a mano, encontrada en el cajón de un mueble que compré en un remate.
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