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Por Carolina de Robertis (*)
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Nací en Inglaterra, en 1975, pero no fui concebida allí: podría decirse que fui ?Hecha en Uruguay?, por lo que si yo fuera un juguete de plástico barato podría tener esa frase estampada en alguna de mis partes. (Por supuesto que los seres humanos no somos ni baratos ni de plástico, lo cual es algo que deberíamos agradecer, a pesar de las complicaciones que nos puede generar cuando andamos en la búsqueda de nuestra identidad).
La concepción tuvo lugar en Montevideo, en la casa de mi abuela, durante una siesta que resultó ser más productiva de lo que a menudo se consideran las siestas. Se supone que una mujer no tendría por qué saber este tipo de cosa acerca de sí misma y mucho menos hablar de ello en público. Sin embargo, ese es uno de los peligros de ser escritora: saber se relaciona con contar; los secretos insisten en salir a la luz.
Mi primera novela, The Invisible Mountain, fue publicada el año pasado en Estados Unidos. La misma transcurre en Uruguay y sigue el rastro de tres generaciones de mujeres a través de los diferentes vaivenes del siglo veinte. La escribí en inglés, el idioma de mi educación superior, en el cual digerí vorazmente miles de libros desde mi infancia?en otras palabras, en el idioma que me ofreció la más amplia paleta sintáctica y verbal-.
La escribí en base a mis ganas de Uruguay, un deseo de hacer contacto, encender el motor y entender. La escribí como una extensa carta de amor; como un puente a casa.
Hay una sensación extraña, característica de los hijos de inmigrantes, de llevar un país debajo de la piel y sentir su ausencia fuera de la misma, aun cuando nunca se haya vivido ahí. Yo crecí en tres países. Mis padres se fueron de Uruguay cuando mi madre estaba embarazada de mí. Vivimos en Inglaterra, Suiza y California (a la cual, debo admitir, tiendo a considerar menos como un estado de Estados Unidos que como una nación en sí misma).
Y en todos esos lugares siempre estuvimos rodeados de gente que no sabía nada de Uruguay, que con frecuencia lo confundía con Paraguay, y que habitualmente no podía ubicarlo en el mapa. En mi casa, Uruguay era de donde venía el olor a cuero, las leyendas familiares, los alfajores, la nostalgia y algo más grande que todo eso, una presencia mítica que era difícil palpar pero imposible evitar, como el aire.
Cuando yo tenía diez años mi madre se enteró de que una amiga suya del liceo había sido finalmente liberada de la cárcel. Pasó varios días como si hubiera visto a un fantasma. Nuevas palabras se enganchaban a mi idea de Uruguay: dictadura, tortura, tupamara. Mis padres aún no hablaban demasiado sobre estas palabras pero ya era suficiente para que me quemaran la cabeza. ¿Quién era esa mujer que siendo adolescente había optado por los fusiles al tiempo que sacaba las mejores notas? ¿Qué fuerzas la habían empujado a un infierno de trece años? ¿Cómo encajaba su historia en el enorme río torrencial que es la historia grande de su nación?
Tenía doce años cuando se me ocurrió por primera vez escribir una novela con estas interrogantes e historias familiares como inspiración inicial. Tenía veinticinco cuando finalmente la empecé. En ese entonces ya vivía en la región del Norte de California y trabajaba como consejera en casos de violación, escuchando los traumas más profundos de las personas y diseñando un programa para inmigrantes latinos que habían sido víctimas de abuso sexual.
Escribía los fines de semana encerrada en un diminuto apartamento mientras el resto del mundo parecía estar disfrutando de fiestas, conciertos o paseos por la playa. Escribía a base de pura imaginación a partir de leyendas familiares y una investigación exhaustiva que incluyó tres viajes a Uruguay en los cuales parientes y amigos me llenaron de libros con páginas marcadas, anécdotas, opiniones y largas y apasionadas conversaciones con mate o grappamiel de por medio.
El intento me llevó en total ocho años y durante todo ese tiempo dudé de poder encontrar algún día un editor que quisiera publicar mi libro. No solo era yo una mujer que tenía la osadía de escribir sobre mujeres sino que además escribía acerca de un pequeño y remoto país que muy a menudo parecía invisible y olvidado. Y lo que es peor, la narrativa incluía temas (sexo transgénero, un instructor de torturas auspiciado por Estados Unidos), que la corriente mayoritaria de la sociedad probablemente no aceptaría. Pero incluso en los momentos de mayor duda no pude abandonar el proyecto. Siempre volvía, de la forma en que volvemos a una obsesión que nos tiene dominados. De todos modos, pensaba, no importa si nadie la publica; hago diez fotocopias y las distribuyo entre amigos (tengo amigos muy buenos), y por lo menos lo habré intentado.
Sin embargo, hoy el libro se encuentra disponible en inglés, holandés, alemán, italiano y francés y está siendo traducido a otros ocho idiomas (incluyendo el español). Esto me sigue conmoviendo. Lo que más me honra y me empequeñece es la forma en que los uruguayos de la diáspora han reivindicado este libro, casi como si fuera propio, como una familia estrechamente unida a la que no le importa comer del mismo plato.
Y así debe ser. Porque las cartas de amor no deben pertenecer a nadie -salvo que nos pertenezcan a todos-, al menos cuando el ser amado es ese incomparable paisito donde no crecí, donde no nací pero donde fui hecha.
(*) Carolina de Robertis vive en Oackland, California. Publicó en 2009 su primera novela The Invisible Mountain, seleccionada entre las mejores del año por The San Francisco Chronicle y número uno entre nuevos escritores latinos por Latinostories.com (**) El artículo original cedido para Freeway por C. de R. se titula "Made in Uruguay" y fue escrito en inglés. La presente traducción es de Patricia Draper.
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