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El Ratón era retacón, habilidoso, encarador y veloz. Mágico goleador. Le pegaba con las dos piernas. No tenía buen cabezazo, pero eso no importaba. Tenía una gracia que lo hacía diferente. Hablaba poco porque tenía una voz muy finita que era muy difícil de soportar. Se hizo famoso demasiado rápido. De todas formas tenía un carisma único. Petiso entrador. Todo el mundo hablaba de él. Hasta los niños de las naciones más pobres y lejanas sabían su nombre. Pero a él no le dio la cabeza. Se encandiló con las luces. Se mareó. Se pilló. Mucho lujo. Mucho auto. Mucha orgía. Mucha merca. Al Ratón le encantaba la camerusa. La usaba como polvo de hornear. Se encajaba hasta en las prácticas. Tenía tanto talento que podía driblear a la dureza. Entrenaba mandibuleando. Siempre estaba dibujado. Vivía en un universo de fantasía permanente. Mágico mundo de cascadas de colores. Su vida se iba al maso justo cuando la selección de su tierra tenía la chance más clara de clasificar por primera vez en la historia al mundial. Él era la estrella. No se podía llegar a la cita máxima si el crack no estaba en óptimas condiciones. Un día antes del partido definitorio sus compañeros (también estrellas mundiales) se reunieron con él en un lugar lujoso de ensueño. Hubo entendimiento y reconciliación. Cuando terminó la charla todos se fueron a concentrar, pero él se quedó para bajar a las catacumbas del castillo. Incorregible, ya tenía armada una fiesta con su grupo de inútiles compinches. Fue así que en el mismísimo pico de la noche, sobre un mármol negro ?peinó? las líneas de una cancha de fútbol.. y se la tomó de un saque. Quedó titilando. Tinqui, winqui, tinqui, winqui. Sus orejas parecían almidonadas. Siguió de largo sin dormir hasta el otro día, para aparecer en la concentración con los ojos rojos. Su técnico quedó congelado al verlo. Nadie podía animarlo. Igual decidió que fuese titular. Tanto talento no podía quedar afuera.
Entonces llegó la hora del match decisivo. El estadio rugía. Solo el triunfo servía. El trámite del partido venía parejo. El Ratón aún no había tocado la pelota. Ni la vio. Pero siempre tenía crédito.
En el último minuto se generó ?como una bendición- un penal a favor de su selección. Con los mocos colgando tomó la pelota. Puso la bocha en el blanco punto penal y con una dureza magistral, mientras le bajaba por la garganta el último hilo de merca, lo pateó.. afuera. Y fue así que Disneylandia quedó afuera del Mundial.
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