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En mi cocina, una vez más, lenta, silenciosamente, como bacterias, el número de vasos de requesón superó al de los otros vasos de vidrio.
Aún no asimilé el proceso, pero según mis cálculos el fenómeno ocurre dos veces al año. Demasiada regularidad para ser algo azaroso e inocente. Hay un punto en mi Feng Shui doméstico que se resiste a que mis vasos, platos y cubiertos sean iguales, del mismo juego. No me molesta pero me llama la atención que, aunque cada tanto deje junto al contenedor de basura una cajita con los vasos de requesón que fui acumulando, durante su estadía en mi placard estos hacen desaparecer al resto. O eso parece.
Para explicarlo, nuevamente sigo la teoría del tordo. Un pájaro que no tiene nido propio y deja sus huevos en los ajenos. Una vez que nace el pichón se encarga de destruir los otros huevos y la madre sustituta sólo lo atiende a él, creyendo que es su verdadero hijo. El requesón no es un queso propiamente dicho, sino un producto lácteo similar. Eso lo vuelve un tordo alimenticio. Una vez instalado en la heladera y digerido, haciéndome creer que es un queso, el contenedor de vidrio no se descarta. Por el contrario, se infiltra en la vajilla gracias su atractivo funcional y ¡voilá! No sé cómo pero se encarga de destruir a los otros vasos, tal vez a la noche. Cuando me doy cuenta ya es demasiado tarde, sólo quedan disponibles los vasos de requesón. Ni siquiera quedan los que afano de los boliches ni los que manda mi mamá en sus ataques de economía doméstica a distancia, con estampados frutales haciendo juego con repasadores multicolores.
Ahí es cuando hago la cajita y los elimino, pensando que tal vez hago feliz a alguien. Grave error. Sólo traspaso la maldición irresponsablemente, contribuyendo, de ahora en más y de manera consciente, con la imperiosa llegada de ese momento en el que los vasos de requesón dominen el mundo.
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