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Diego corrió por Dieciocho, en hora pico, tratando de llegar rápido a Plaza del Entrevero. Se detuvo una sola vez, a mirar una vidriera. Al llegar, se sentó en un banco. Creyó llegar tarde.
Mariana apareció desde atrás de un arbusto. La mirada, más el beso en la mejilla, le terminaron de confirmar todo. Igual sintió cierta curiosidad por la manera en que se podían dar las cosas.
Ella se sentó a su lado. Él se quedó mirando hacia adelante, hacia el centro de la plaza, como si ese entrevero de hombres, visto tantas veces antes, hubiese cobrado finalmente sentido. Ella lo miró como a un cachorro a punto de ser sacrificado. Él fue el primero en hablar.
?Es raro... sabía que ibas a terminar conmigo, pero igual vine corriendo para no llegar tarde. Cuando me di cuenta de que estaba cerca, y de lo absurdo del asunto, paré a mirar teléfonos en una vidriera?, dijo Diego. Ella tenía lágrimas en los ojos.
?No llegaste tarde. Llegaste bien?, continuó. A veces se toma lo primero que hay a mano para que el otro se sienta mínimamente bien.
Ella se puso a llorar. Él tenía ganas de abrazarla y decirle que todo iba a estar bien. Pero nada iba a estar bien. Todo era una mierda. Y se quedó como una piedra, mirándola. Se quedó como uno de los hombres entreverados de la plaza.
?¿No vas a llorar??, dijo ella. ?Boys don´t cry?, dijo él.
(Diego se daría cuenta de lo estúpido de la cita a la canción de The Cure, un año después, cuando al terminar con su siguiente novia, ella citara una canción de Andrés Calamaro para hacerle entender sus sentimientos. Esa vez le dio vergüenza ajena. Ganas de abofetearla. Pero... cuando uno ya no siente nada por el otro, cualquier demostración de sentimientos suena ridícula). Efectivamente, a Mariana el comentario le pareció una idiotez, y la hizo sentir menos culpable de terminar con él. Diego encendió un cigarrillo. Se quedaron en silencio. ?Y... no existe alguna posibilidad de arreglar... de otra... ¿hay algo que pueda hacer??, titubeó Diego. Al decir esto, supo que tendría que mostrarle los ojos, los cuales cuajaban en perfecta contradicción con el título de la canción de Robert Smith. Ella movió su cabeza para varios lados, sin mirarlo. A esto siguieron casi diez minutos de silencio, interrumpido por ligeros sniffs de ambos.
Caminaron hasta la esquina. Ella lo abrazó. Él se dejó abrazar. Cuando se dio cuenta de que sería el último, la quiso rodear con sus brazos y besarla, quizás, pero ya era demasiado tarde. Salieron caminando, para incomodidad de los dos, en la misma dirección durante una cuadra, en la que se fueron separando paulatinamente.
Los caminos formaban dos lados de un triángulo. Los vértices eran ellos y el punto de despedida. El lado restante, el que los unía a los dos, dejaba de existir.
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