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Enero. Playa. Hay sol por fuera de mi cuerpo. Cae la daga incandescente contra el suelo, naranja y luminosa corta los cuerpos que van en busca de las olas. Mientras contemplo la parsimonia de la nada reitero mi pensamiento estival de todos los años: retirarme. Poner un cybercafé. Casarme con alguien aburrida. Tener hijos. Hablar de temas que hablan los hombres casados. Bueno, es una posibilidad. Cuando comienza el año estoy tan agotado que mis músculos son fetos muertos que se aferran a mis huesos. Me arrastro por la arena. El año pasado conocí 5 hoteles nuevos. No cuento las mujeres nuevas. Hice dos comerciales para televisión. Otros tantos para radio. Ocho programas también para televisión. Sumarle uno como actor invitado en una ficción. Escribí un total de doscientos guiones para radio. Hice cientocincuenta funciones privadas. Veinte actuaciones públicas. Grabé un dvd en vivo. Nacieron once personajes nuevos en total. Dije mil pavadas en reportajes. Una vez me agarré a las piñas, y yo tenía razón. Una vez una mujer intentó agredirme, pero ella tenía razón. También un marido, que tenía razón. Estoy escribiendo un libro.
Muy lejos de la civilización pero cerca del mar dejo que el viento me abofetee. Miro a mi costado. La mujer que eventualmente me acompaña me mira pero yo no la quiero. Ni siquiera mi mente está con ella. Mi cerebro, mi alma, mi vida están puestas en el nuevo título de mi obra teatral, en mis personajes, en los viajes, los escenarios. Al igual que el cirujano que se toma un descanso y luego extraña ver tripas, camino por la arena buscando que el reflejo de mi cara en el mar me devuelva una criatura nueva que divierta a la gente.
Mi ocasional chica ya se dio cuenta de todo. Ellas lo huelen. Por suerte huyó a los pocos días de vacaciones. Se cansó de hacer la comida. Sus oídos no escuchaban palabras de amor. Como si hubiese que decirlas a cualquiera que hace bien un huevo frito. Ahora el balneario está a mi merced y viceversa. Soy un hombre solitario, no solo. Solitario es el que elige. Deambulo en las noches. En cada boliche que entro me piden que actúe. ¿Acaso a un sicario en sus ratos libres le piden que le pegue un tiro en la nuca a alguien, cuando no está en servicio? Pasan los días. El año calienta sus motores. Sin querer se fue el verano. Un tiempo que era para relajarse y divertirse. La pregunta es obvia. ¿A mí quién me divierte? La vida del actor es simple, no es fácil.
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