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Todo empezó con un encargo: me solicitaron dar un curso sobre uno de los libros más célebres y menos leídos del siglo veinte: Ulises de James Joyce. El curso tuvo éxito, de modo que lo debí reiterar, pero esta vez en inglés, lo que significaba algo mucho más arduo: meterse en el cerno de ese peculiar modo de decir irlandés de la lengua franca universal, el inglés, salpicado con puteadas y citas indescifrables en gaélico, desentrañar esos neologismos construidos con toda lógica y toda estética, dejarse llevar por el torrente de pensamiento de Molly Bloom en el último, delicioso capítulo llamado ?Penélope?, conseguir por diversos medios varias ediciones, sobre todo una ?complete and unexpurgated? (edición completa y sin purgas o podas) del ?original?, además de glosarios, ensayos, revisiones, etcétera.
Un desafío y un placer que llegó a buen término. Felizmente.
Pero una cosa lleva a la otra: del curso surgió la posibilidad de ir en ?viaje cultural? a Dublín, Irlanda.
La aventura del moderno Ulises -los cientos de páginas de la novela que revolucionó el siglo XX- transcurre íntegra durante el ?tiempo ficcional? del jueves 16 de junio de 1904. Ese día ahora se conoce como el famoso bloomday y se festeja con hectolitros de cerveza Guinnes que riegan gargantas irlandesas y de turistas alemanes, franceses, norteamericanos y hasta chinos.
Se trata de un día en la vida de Leopold Bloom, judío que desayuna un riñón quemado a la sartén, que sale a las calles de su ciudad y regresa a su casa tarde en la noche, junto con Stephen Dedalus, joven escritor que protagoniza otro célebre título de James Joyce, Retrato del artista adolescente. Leopold pega la vuelta a la casa cuando ya está casi seguro de que su mujer, Molly, ha despedido a su amante, remedando en términos de la modernidad el lejano retorno a Ítaca del célebre homónimo griego.
La recorrida de Leopold por Dublín se puede seguir perfectamente leyendo con atención el grueso volumen de Joyce. Pero hoy en día hay otros modos, mucho más sencillos y menos ?intelectuales?: una vez que uno llega a Dublín puede optar por contratar una de las varias excursiones turísticas que hacen el Ulysses tour, con guías que hablan inglés, francés, español o árabe, para seguir los pasos de Leopold aquel lejano 16 de junio, atravesando el río Liffey que sigue su heracliteano curso impertérrito.
Así, la ciudad se enorgullece del artista que exilió, del loco y genial y alcohólico Jimmy que en su momento, además de incomprendido, fue tildado por sus coterráneos católicos de ?obsceno?, ?pornográfico?, ?degenerado?. Hoy la ciudad de Dublín ha erigido en honor a James Joyce, entre otras cosas, un hermoso monumento de cuerpo entero, con gafas y todo.
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