|
 |
|
|
|
Siempre recordaré el verano de 1987 como aquel en el que conocí a mis mejores amigos. No es poca cosa para una época del año que es la edad del pavo de las estaciones: uno hace más tonterías que habitualmente y las normas de etiqueta autorizan el uso de pantalones cortos.
En ese verano de ese año fatal transcurre Adventureland. ¿Será por eso que me gustó tanto? Seguramente se suman otras varias razones: que el protagonista quiere ser periodista sin saber la que le espera, que hay una dragona que es tan linda y escucha tan buena música en cassette, que hasta las vacaciones menos prometedoras se pueden convertir en una inolvidable sucesión de experiencias enriquecedoras, o que todos odien ?Rock Me Amadeus?, una canción infame que hizo todo lo posible por arruinarme la vida. Por la razón que sea, es un encanto de película.
En todo caso es la nueva de Gregg Mottola, el mismo que en Superbad supo darle el giro gay a la típica comedia de adolescentes que lo único que quieren es debutar: le salió un combinado de Porkys con Y tu mamá también, y no le quedó nada mal.
Adventureland es más sentimental y la mejor película veraniega que he visto en mucho tiempo. Es la historia de un muchachote que debe cambiar las vacaciones de su vida por tres meses trabajando en un ?parquerodó? espantoso con paga acorde y jefes pintorescos. Intenta superar el trance acompañado por cierta disposición al trabajo, una timidez que resulta simpática y una buena provisión de marihuana que, dicen, siempre ayuda. Con dicho arsenal se consigue amigos fácilmente, aunque el muchacho es demasiado sensible para tener pasta de líder. Como suele suceder en espíritus más o menos dados a la autocompasión se enamora de la más complicada de un grupo que incluye a un admirador de Gogol, lo que no deja de ser todo un gesto de parte del guionista. De lo que parecería ser el peor lugar del mundo, todos los personajes saldrán al final con una versión mejorada de sí mismos.
Después de todo para eso está el verano. Algunos piensan que es una etapa para dejarse estar y otros creemos que es tan buena como cualquier otra estación para aprender un par de cosas que nos van a ser útiles para el resto de nuestras vidas, o por lo menos para sobrevivir el siguiente invierno. Aunque sea saber que no hay que desaprovechar un beso mirando fuegos artificiales o que conviene aferrarse a los sueños por más disparatados que parezcan.
Y escuchar a los Replacements que, para un adolescente, no hay mejor consejo que ese, ni mejor banda de sonido para un verano. Más aún si es el de 1987, el mismo en el que conocí a mis mejores amigos.
|
|
|
|
|
|