Freeway | Ídolos que caen - Patricia Turnes
Ídolos que caen - Patricia Turnes
Revista Freeway verano
 05.02.2010 
Ídolos que caen - Patricia Turnes
En aquel verano yo había decidido atrincherarme en Montevideo. Nada de arena, diversión, fiestas, amigos, amores. Todo eso había quedado atrás. Me había puesto seria. Estaba decidida a concentrarme en la preparación de lo que había descubierto que sería mi destino: escribir. Así fue que pasé los días calurosos del verano del 92, leyendo a Beckett, a Wilde, a Camus y a Sartre, refugiada en la Biblioteca Nacional.

Mi objetivo era escribir la obra que me justificara, que me trascendiera como artista. Pero todavía la inspiración no llegaba, así que mi proyecto veraniego fue un poco más humilde: adaptar una pieza de teatro que me gustaba mucho. En mi vieja máquina de escribir Underwood -heredada de mi padre- traté de pasar en limpio el borrador de la primera versión de El zapato indómito de Maslíah. La trama era sobre un operario y su relación con su patrón. Era una obra absurda, como todas las de él. Las ideas demoraban en bajar. Me pasaba escuchando discos de Maslíah para ver si así me inspiraba.

Mi padre había conocido a la madre de Maslíah en el trabajo, y siempre contaba la misma anécdota. Cuando Leo era joven, a principios de los años setenta, había empezado a militar y participaba de todas las manifestaciones políticas. Su madre, que tenía miedo de que lo metieran en cana, le pidió a mi padre que hablara con él, que lo aconsejara, que lo instara a la prudencia. Ese encuentro entre mi padre y Leo nunca sucedió, por suerte. Así que todo siguió su curso, como tenía que ser, y Leo se convirtió en uno de los artistas más geniales, en el más admirado por mí.

La única amiga que quedaba en Montevideo aquel verano era Lorena. Habíamos estudiado periodismo juntas. Ella, al igual que yo, había empezado a publicar notas en El País Cultural y otros medios de prensa. Siempre me invitaba a obras de teatro o a recitales. Todo el tiempo que yo dedicaba a leer, ella lo usaba para hacer buenas migas con directores, actores, escritores, profesores. Se había hecho una red de conocidos que le abrían las puertas de casi todos lados.

Ella cumplía años en enero, así que para agasajarla la invité a almorzar a casa. Fuimos a comprar una lechuga para preparar una ensalada y acompañar una rica tarta de atún que había cocinado en su honor. Apenas empecé a lavar la lechuga, se molestó conmigo. ?¡No sabés lavar una lechuga!?, dijo Lorena. ?Tiraste todas las hojas a la basura.. ¡cómo se nota que no vivís en mi barrio!?. Me molestó su actitud y nuestro almuerzo se arruinó.

Una tarde caminábamos juntas por la calle Mercedes, a la altura de Barrios Amorín. Le dije a Lorena: ?¡Mirá quién está ahí! ¡Leo Maslíah!?. Pasó por delante de nuestras caras. El tiempo se detuvo, quedé atontada, no sabía qué hacer, estaba llena de admiración. Pero Lorena no se iba a conformar con verlo y suspirar. Ella lo interceptó mientras él esperaba la señal del semáforo para cruzar la calle. Hacía un calor de morirse. Ella llevaba una musculosa blanca apretadita y unos shorts de jean; yo iba con un vestido negro amplio y suecos de cuero a tono. Él estaba con camisa color crema y pantalón de vestir beige. Leo se dio vuelta y Lorena le dijo, con ese tono de caradura que tenía siempre: ?¡Hola!?. Cada vez que saludaba largaba una risita tonta y miraba a la persona directo a los ojos. Sin vueltas. No tenía miedo a que no le respondieran. Y con Leo no fue la excepción. ?¡Hola!?, dijo él. Y a continuación, agregó: ?El jueves toco en un pub, ¿quieren venir? Yo las invito, díganme sus nombres, las dejo entrar gratis?.

Llegamos al pub un rato antes y lo mandamos llamar. Leo vino hacia nosotras vestido más rockero: pantalón de jean negro y musculosa también negra que dejaba ver que se trataba de un hombre grande y peludo. Yo sonreía de oreja a oreja. Mi sueño de conocer a Leo Maslíah se estaba haciendo realidad. Imaginé que mi mirada lo decía todo. ¡Por fin lo iba a conocer!

Pero Leo fue directo a Lorena. Él buscaba acción. Empezaron a conversar. Ella quería codearse con gente famosa. Él buscaba una pendeja que lo admirara por su fama. A mí ni me miró. ?¿Cómo te llamás??, preguntó Leo a Lorena, en el mismo tono robótico y monocorde con el que interpretaba todas sus canciones pero esbozando una sonrisa libidinosa de la que nunca lo creí capaz. Después de un rato de conversar, empezó el recital. Al quinto tema me fui. Le dije a Lorena que me sentía mal.

Al otro día recibí la llamada de Lorena en la que me describió, con lujo de detalles, cómo había pasado la noche en la casa de él, escuchando música y charlando. Él le había mostrado todos sus discos, sus libros, le había tocado canciones nuevas en su teclado. Hizo todo, todo lo que yo soñaba que podía pasarme algún día. Le pregunté, al borde del ataque de nervios: ?¿Pasó algo entre ustedes??. ?Él quería, pero no, no pasó nada. Al amanecer me acompañó a la parada del ómnibus. Re-bien. Es divino, todo un caballero. Quedamos en volver a vernos?.

Ese verano, para mí, Leo Maslíah dejó de ser aquel hombre freak, original, sensible, poético, tímido, intelectual, vanguardista, ese músico culto a la vez que popular, comprometido con la sociedad, que había tenido además todo tipo de oficios: operario en fábricas, cerrajero, etcétera. Ese verano dejó de ser para mí el artista genial, el gran compositor, el brillante escritor que me había abierto la cabeza desde que era una niña. Desde aquel episodio pasó a ser un hombre del montón, un camionero que sólo buscaba sexo ocasional con una chica joven aprovechándose de su fama.

Nunca llegué a concretar la adaptación de El zapato indómito. Decidí escribir otras historias.
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