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Diez años es mucho tiempo, pero al estar tan nítidos los recuerdos es como si de verdad no hubiera pasado tanto. No me siento diez años más vieja. Tengo, en cambio, la sensación de tener más camino recorrido que hace una década.
Soy una persona que vive bien, intensamente, como si cada minuto fuera el último. Sigo conservando a mi lado a los amigos de toda la vida, que son pocos, que se cuentan con los dedos de una mano, pero que son los únicos que valen la pena y están a pesar de todo.
Aprendí la diferencia entre tener sexo con y sin amor, y a disfrutar de la compañía de cada hombre que estuvo a mi lado. También descubrí que me gusta mucho el sexo y me dediqué a probarlo en todos sus aspectos. Lo hice en todos lados y por todos lados, y si bien hubo amantes que no fueron los mejores, me sirvieron porque de ellos aprendí lo que no quiero ni me gusta.
He recorrido muchas ciudades del mundo, las más importantes.
Y soy una profesional con títulos universitarios adornando mis paredes.
Cada diciembre, como este, hago mi balance personal y procuro que nada quede en mi debe. Fue por eso que elegí vivir con la convicción de arriesgarme siempre hacia lo desconocido. No soporto la duda ni la pregunta de qué hubiera pasado si hacía o no tal cosa. Este será mi primer diciembre sin materias pendientes. Es que siempre había una misma cosa anotada en el debe: sacarme las ganas con un tipo en particular que en algún momento fue muy importante en mi vida, pero que se había alejado casi para siempre. Cada vez que estaba momentáneamente sola pensaba en él, en todas las cosas que podríamos haber hecho juntos, en lo mucho que nos podríamos haber divertido. Fue así hasta que una tarde de abril de este año, en el Prado, se lo propuse. Para mí era hora de rendir aquel examen. Nosotros somos conscientes de nuestra incompatibilidad como pareja, de que solo como amigos nos llevamos bien, y hasta cierto punto. Entonces, cuando estábamos en su auto, lo miré a los ojos y le dije que quería acostarme con él. Él me dijo que tenía la misma idea dándole vueltas en su cabeza desde hacía años pero que en ese momento no podía, que justo debía irse. Un tiempo después, un sábado a la noche, me llamó para sacarnos el debe de encima, pero yo justo me iba de viaje así que no pudo ser. La que llamó después, otro sábado a la noche, fui yo y a partir de ese momento no quedó nada más anotado en mi columna de asuntos pendientes.
No solo valió la pena esperar tanto tiempo, sino que fue la mejor decisión que pude haber tomado. Él es uno de los mejores amantes que conocí en mi vida. No hay duda que está en la lista de las buenas cosas que me dejó esta década.
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