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?Más que polarización, lo que vamos a empezar a ver en esta campaña es bipolaridad?, me dijo un poco en broma y un poco en serio un profesor de Ciencia Política, unos días antes de la primera vuelta electoral. Habíamos visto algo de eso cuando algunos políticos se acordaron ?tarde? de promover el Sí por la anulación de la Ley de Caducidad. Pero lo empezamos a percibir con mayor fuerza días después de la elección, cuando en dirección a la segunda vuelta empezaron a escucharse dichos y desdichos varios. Más o menos sugeridas, y aunque presentadas con cierto punto de informalidad, las alianzas políticas de cara a la segunda vuelta están mostrando volteretas varias que, aunque previsibles, dejan claro que el cretinismo da paso inevitablemente al cinismo, tal y como otro amigo -en este caso músico de rock- define a estos movimientos electoreros.
Las campañas -como si fuera poco- dejaron un saldo que podía anticiparse de antemano, por su tono y por su baja altura política: polarización entre la gente. Una fuerte polarización que comenzó en los discursos agresivos que luego se empezaron a notar abajo, en la calle. El domingo de elecciones, mientras los medios argentinos y españoles hablaban de lo pacíficas que eran las elecciones en esta especie de paraíso electoral, la policía tuvo que salir a frenar enfrentamientos en la rambla que empezaron con un ?zurdo? y un ?facho? y terminaron a los empujones. En todo esto, por supuesto, influye el hecho de que un candidato hable de campaña sin agresiones y luego llame atorrantes a una parte de la población (sucedió con Lacalle y los beneficiarios del Plan de Emergencia), y que otro (Mujica) llame ?a la lucha? más de cuatro veces en su discurso de la noche de elecciones, cuando en realidad lo que hay que hacer -más que luchar- es dialogar y convencer. Hay muchas otras pifias, y todas ellas muy variadas.
Hace unas semanas, un amigo europeo me confesó que las imágenes de los actos políticos le daban un poco de miedo. "¿Miedo?", le pregunté. ?Mirá, allá hubo demasiado de eso, y esto me hace acordar en algún punto al fascismo?.
Al igual que el rock ?futbolizado? convierte a bandas musicales en cuadros de fútbol y a espectadores en hinchas, lo cual deja al evento cultural muy por debajo y lejos del mensaje original, el circo político debería someterse a revisión en este punto. No por la parte del juego, sino por la de la arenga y la exaltación que bajan y empobrecen el nivel del debate. Hinchas políticos seguramente podremos ser unos cuantos. Pero si eso va por delante, ¿cuándo prestamos atención a las propuestas?
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