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Mi educación sentimental - Patricia Turnes
Revista noviembre
 24.11.2009 
Mi educación sentimental - Patricia Turnes
Invierno. Mil novecientos noventa. Me recuerdo encerrada en mi cuarto de adolescente, estudiando para los exámenes, tirada en una cucheta. Ese año me habían quedado tres materias para entrar a la facultad: contabilidad, matemáticas, derecho. Así que lo que hacía para matar el tiempo era ir al club Neptuno casi todos los días. Hacía gimnasia localizada mientras una señora anticuada tocaba el piano para todas. Después, venía la media hora de step. A veces hacía aparatos, otras veces voleibol y siempre nadaba por lo menos una hora por día. Uno o dos días por semana, después del club, pasaba por lo de mi amiga Lisa, que vivía en el Centro. Con ella, su hermana y alguna más que se sumaba, tomábamos mate y hacíamos campeonatos de rummy canasta durante horas. Fue el único año que jugué a las cartas, nunca más me interesó. Nuestra consigna era pasar el tiempo. Si era viernes o sábado, con Lisa íbamos a un bar y nos tomábamos una cerveza mientras nos contábamos nuestros deseos y decepciones. A ella también le había quedado una materia: literatura.

Me atraía todo su entorno, aunque a ella la tuviera aburrida. Su padre era un tipo bárbaro, que habría querido ser cura o médico pero después de casado se había consagrado a su familia. Y yo aprovechaba para quedarme hasta tarde, en lo de Lisa, para conversar con él. Le preguntaba por Dios, la Biblia, la religión, la teología de la liberación, los mitos, el origen del universo, los descubrimientos científicos. Estaba en esa edad en la que se hacen muchos cuestionamientos y se carece de respuestas. La lectura de El túnel de Sábato y El extranjero de Camus aumentaban mi desencanto; escuchar al Darno y a Pink Floyd no colaboraban con mi optimismo. Además, yo nunca había sido bautizada ni había recibido instrucción religiosa. ?¿Qué es ser cristiano??, le pregunté una tardecita al padre de mi amiga. Él me puso un ejemplo que nunca voy a olvidar. ?Si tenés dos duraznos, hay que comer el más chico y darle el más grande al otro. Esa es una actitud cristiana. Así que este ejemplo extendelo a todo?. Hasta hoy tengo en cuenta aquel concepto. ?¿Qué es el amor??, o ?¿Cuál es el sentido de la vida?? eran otras de mis preguntas habituales.

Los padres de mi amiga trabajaban en el mismo colegio, iban y venían juntos todos los días de la mano. Los admiraba. Ellos sí que eran ricos de espíritu. Vivían en una casa con techos muy altos, de esas construcciones del siglo pasado con grandes patios y techos altísimos. En una de las habitaciones estaba la abuela, postrada en su cama, una señora muy enferma que ya no estaba muy consciente de la realidad. Ellos la cuidaban todos los días, la bañaban, le limpiaban las éscaras, la alimentaban. Por el patio circulaba la hermana de la abuela, la tía Beba. Esta padecía demencia senil y a veces se escapaba, abría la puerta del frente y se iba calle abajo. Pese a esto, la madre de mi amiga siempre sonreía y era de esas personas que siempre te abrazan fuerte y te dicen pichona o corazón. Yo me sentía muy cómoda con ellos, a pesar de que me asustaba un poco la estatua de un santo pisando una serpiente que tenían encapsulada en vidrio dentro del dormitorio. Lisa me había dicho que se trataba de una representación de las fuerzas del bien venciendo al mal.

Un día, el padre de mi amiga me dijo que no podía preguntar tantas cosas, que algunos temas eran un misterio y que otros se me revelarían cuando fuera el momento. Me aconsejó que dejara de pensar y empezara a experimentar la vida por mí misma.

Me aseguró que si seguía su consejo, con el tiempo iría adquiriendo sabiduría.

***

Un sábado al mediodía pedí a mis padres que me compraran un buzo Benetton, que yo quería para ir a un baile al que iría un chico que me gustaba. Le pregunté a mi madre y ella dijo que consultara con mi padre. Le dije que ya le había preguntado y que él me había dicho que no tenía plata. ?Entonces no?, dijo ella. Sentí que ninguno me apoyaba, y como esa tarde se iban para afuera y no quería quedarme sola y triste en mi casa agarré mi cartera y me fui a lo de Lisa. Cuando llegué, la madre de mi amiga estaba terminando de lavar los platos en el patio, donde estaba la única pileta que funcionaba en toda la casa. El día estaba lindo, los pájaros cantaban. Lisa se estaba bañando, así que le conté que estaba triste, que me había peleado con mi padre porque no quería llevarme al shopping a comprar un buzo nuevo. Ella, que tenía un corazón inmenso, me abrazó y me consoló. Me dijo que esas cosas no tenían tanta importancia. Aproveché ese momento y le pregunté cuál era el secreto por el cual siempre estaba contenta. Me dijo, con el tono cálido que siempre usaba, que el amor y la fe lo eran todo para ella: ?Mirá, te puede faltar plata para el boleto.. bueno.. caminás. Tenés poca comida.. la compartís. Pero lo que no puede faltar nunca es el amor y la fe. Si vos tenés gente que te ame y amás a otros, tenés todo lo que necesitás. Tarde o temprano, si tenés fe, Dios te da lo que precisás, Dios te provee. Yo siempre estoy cantando, rezando, besando a mis hijas y a mi amado, y me siento bendecida. Entonces yo siempre estoy contenta, porque tengo todo lo que necesito?. Cuando mi amiga por fin salió del baño preparamos un mate y fuimos hasta la panadería a comprar bizcochos. Entre mate y mate se nos pasó la tarde volando. A la nochecita decidí quedarme a dormir en su casa. A la mañana siguiente ya me sentía otra. Había un sol radiante y nos fuimos caminando hasta la rambla del Parque Rodó. Empezaba una nueva etapa en mi vida. Le haría caso a su padre: experimentaría por mí misma y dejaría que la vida me fuera enseñando.
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