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En todos los órdenes de la vida necesitamos que alguien nos pase sus enseñanzas y nos bautice frente a la comunidad donde queremos entrar. Cuando leemos una entrevista a los artistas de todas las artes, a los políticos de todos los partidos, a jugadores de fútbol de cualquier equipo o a profesores de todas las universidades, surge inevitablemente la misma historia: hubo alguien, cuentan, que los introdujo en el mundo donde se querían desarrollar y le pasó los primeros consejos. Los colocó en un equipo para que hagan la pretemporada, les presentó un profesor amigo para ser ayudante de cátedra, le consiguió una beca en el museo para que se empapara de arte, avisó de un concurso para músicos que terminó siendo clave en la historia, lo llevó al primer acto político para que escuchara atentamente a los oradores del partido, y así suma y sigue. Es una historia que se repite, dependemos de alguien, a veces un familiar, un vecino, un desconocido, que nos toma de la mano y nos mete dentro de un mundo con un mapa que suele ser tan fundamental como precario.
Este mecanismo de transmisión se topa siempre con un problema fascinante que es el de la transgresión. Hegel recibe en sus clases de filosofía a un alumno brillante que quería aprender su idea de la dialéctica y el desarrollo del espíritu. Hegel le pasa sus enseñanzas, le da el mapa de su filosofía, pero Marx, en vez de seguir el camino del maestro, lo transgrede e invierte su signo. Donde Hegel vio espíritu Marx vio materia; Hegel llamaba a la especulación y Marx llamó a abandonarla en pos de la acción revolucionaria.
En 1935, luego de terminar el rodaje en Nueva York de El día que me quieras, Gardel invitó a uruguayos y argentinos a compartir un asado. Cuando llegó el momento de la cantarola, Gardel le pidió a un muchacho de 14 años, que en la película hacía el papel de vendedor de diarios, que lo acompañara en el bandoneón. Ese joven era Ástor Piazzolla, quien recuerda esa anécdota como su bautismo en el tango y que, algunos años después, transgredió las reglas armónicas para espanto de los que creían que todo el tango ya estaba inventado por Gardel.
Encontrar ejemplos de transgresiones en el terreno del arte y las ideas es común e interesante, pero encontrarlos en la política parece tarea imposible. ¿Es que no existen? ¿O será que se interpretan de un modo distinto? Creo que sucede esto último.
Cuando un político va contra las políticas de los líderes de su partido se habla de traición, no de transgresión. Y esto no solo se aplica a los líderes vivos, sino también a los históricos. Difícil que desde sus propias filas surjan críticas profundas a Wilson Ferreira, Líber Seregni o Pepe Batlle y, quien las hiciera, debería prepararse para abandonar el partido. En el terreno del arte, sin embargo, discrepar hondamente con el maestro puede ser una forma de homenajearlo.
Pero no hay que apurarse a ver aquí un signo de debilidad de la política en general, (aunque quizás lo sea en particular de la política partidaria uruguaya, estructura que parece asfixiada para la renovación). En el terreno de la organización de los asuntos humanos, el error y las transgresión se paga más caro que en el arte. Cuando Samuel Beckett decía: ?Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor?, se podía referir a muchos aspectos de la vida, pero difícil dar ese consejo a un político que quiere implementar un plan sanitario para frenar una epidemia. Aquí los consejos que surgen de políticas sanitarias anteriores pueden ser fundamentales y, transgredirlos, puede requerir muchas más agallas y riesgos que los que tomó cualquier artista que quiso fracasar mejor que su maestro.
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