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Fue en febrero. Volvíamos a vernos después de un mes. El recibimiento fue frío y raro, en la tarde, un poco antes de partir a la casa que habíamos alquilado en la playa con una barra de amigos y amigas comunes. Él manejaba. Sentí que no quedaban rastros de lo que habíamos tenido. Pero él decía que estaba ahí por mí, y yo quería estar con él porque no sabía cuándo volveríamos a vernos.
En la previa se comportó como un niño asustado y tímido. No faltaron gestos de cariño y tiernos, pero parecía como si estuviera conteniéndose, como si no pudiera demostrarme lo que de verdad quería. Más tarde ?ya instalados en la casa de la playa- fuimos a bailar. Apenas llegamos al boliche nos peleamos. Él estaba demasiado borracho y se comportaba como un adolescente tonto, intentando conquistar a otras chicas. Tomándolo de la mano, lo saqué bien lejos de las demás chicas. Lo sé, fui una mujer intolerante, loca e histérica que se dejó ganar por los celos, pero es que yo solamente estaba segura de una cosa: esa noche lo quería entre mis piernas y no entre las piernas de otra. Entonces le pedí que no hablara, que estuviera conmigo en silencio, sin hacer comentarios. Es verdad que muchas de las cosas que dijo fueron lindas y me gustaron; él, como típico borracho, solo decía la verdad, era sincero, y eso me enternecía, pero al mismo tiempo no entendía por qué estaba con él una vez más.
Fuimos a la casa. A él le tocaba dormir en el comedor, con sus amigos, al mejor estilo pijama party, por lo que empezó a insistir para que le pidiera a mi amiga que nos cediera su cama; yo sabía que ella no lo haría pero decidí ir de todos modos. Ella me dijo que no, que la cama de dos plazas la usaría ella aunque tuviera que dormir sola. Cuando le di la noticia, él se enojó como nunca lo había hecho; me dijo, además, que esas cosas entre amigos hombres no pasaban, que ellos tenían principios escritos en la tapa del libro.
Más que cierto y yo lo sabía: mi amiga no tenía principios de ninguna índole y desde la primera vez que nos presentó -a él y a mí- se arrepintió porque lo quería para ella. Su objetivo era impedir que estuviéramos juntos. Por eso fue que decidí estar con él, ahí, en ese comedor que compartimos esa noche con tres personas más. Y en la penumbra, y ante los ojos bien abiertos o bien cerrados de los otros, estuvimos juntos para que él volviera, una vez más, a quedarse dormido sin acabar.
Fue una mala noche; la última con él. Desde ese febrero de pesadilla es que prefiero tener amigos hombres que amigas mujeres.
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