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El personaje es tan o más fuerte que el flaco que me abre la puerta en su casa de la calle emilio raña y me invita a pasar y se disculpa porque no encuentra algo. yo también me disculpo y es por un asunto no menor. me inquieta no reconocer la casa, si estuve allí hace algunos años, en ese mismo lugar, entrevistando al flaco porque la bcg estaba rompiendo todo. la solución a mi inquietud es simple: una reforma, lo confirma el propio flaco. es así que me entero del interminable reciclaje de la casa de la familia esmoris, que ahora tiene espacios más amplios y desapareció el rincón donde el flaco me contó unas cuantas cosas sobre surrealismo, artaud y la necesidad de la disidencia.
el flaco sigue sin encontrar lo que busca. no estoy en condiciones de aventurar de qué puede tratarse, si una lapicera, un teléfono celular, o una mirada que muestre el cansancio de entrar y salir de ciertos personajes no tan cómodos para pasearse de entrecasa... no es fácil la vida del actor a las cinco de la tarde de un jueves de octubre. antes de encender el grabador dudo entre dirigirme al personaje o al tipo que sigue buscando algo que no encuentra. al candidato o al flaco. sería una frivolidad decir que son el mismo. y como estoy enterado de que esa misma noche a esmoris ?el candidato, o sea al personaje- le toca cerrar su campaña con un acto en el teatro solís, elijo no molestarlo. tampoco recorrer el camino fácil. nada de preguntar qué opina de sus rivales. ni de cuáles son sus propuestas. nada de eso. las respuestas, debajo del escenario, temo que sean tanto o más aburridas que las que pueden dar los verdaderos candidatos. fue así que nos pusimos serios, en el amplio y renovado living de la casa de emilio raña.
el flaco encuentra, ahora sí, el encendedor. prende un cigarrillo. debajo de la máscara del actor asoma el verdadero esmoris, el muchacho que hace poco más de veinte años revolucionó la murga y que tiene muy claro que la política y el arte no son un juego. que la cosa va en serio. que ser candidato no es para cualquiera. sobre todo cuando ahora -mientras todos estamos pendientes de la disputa bipolar de este noviembre y esta revista ya está impresa- el flaco estará galopando a campo traviesa, en tacuarembó, con una extraña sensación de que artigas puede ser él como cualquiera de nosotros... pero para saber eso con rabiosa exactitud deberán leer esta entrevista hasta el final.
***
_ De verdad que me veo en un dilema: no sé si entrevistar a Esmoris, o a Esmoris... Al candidato, el personaje; o a vos, el actor.
_ Lo que vos prefieras.
_ ...
_ Empiezo, entonces...
_ Dale.
_ Me pasó una cosa fuerte en estos días. Con esto de los aprontes de la película tuve que parar con el espectáculo Esmoris Presidente. Por eso fue que decidí hacer este final de campaña en el Solis, de una sola actuación. No es fácil, a la noche ya me meten en un auto para Tacuarembó, para seguir con lo de Artigas... Entonces, como te decía, tuve que hacer muchas notas en dos días, todas juntas, y es en momentos como estos que aprendés mucho de los candidatos reales, de cómo el cansancio los hace -por ejemplo- mandarse cagadas. ¡Yo quiero ver, a los que tanto critican, lo que son capaces de hacer si los están tenaceando todo el tiempo con esto y con aquello! ¡Es imposible! Tenés que darle respuestas a todo el mundo, y en todos lados, y no te vas a poner a pensar en lo que dijiste en Vichadero, que de repente lo dijiste al pasar y después sale en primera plana.
_ Estaría bueno Jorge que habláramos del personaje, de cómo lo fuiste desarrollando...
_ En realidad este personaje surge en el ?río de la libertad?, en aquel acto impresionante del Obelisco, contra la dictadura, en 1983. El orador era Alberto Candeau. Yo estaba todo el día con el grupo de teatro, con el teatro a flor de piel. Me acuerdo que en un momento del acto, más allá de lo político, me dije: ?pero yo estoy en una obra de teatro, estoy escuchando a un actor, no a un orador?. Ahí fue que me quedó la imagen del orador como posible personaje. Muchos años después, en 1997, cuando hice Orientales, la patria o la cumbia, mi primer monólogo, me empezó a gustar ese código de mirar a la gente, de poder hablar de cosas -que las viste, las hiciste a través de un Chejov o un Brecht- pero que vos podías decir más o menos lo mismo en otras palabras, con humor. Después quise hacer otro, y como se venía la campaña electoral, afloró naturalmente hacer un candidato. Y pensé en aquel acto; primero me acordé del unipersonal tremendo que hizo Candeau, y después, para armar el texto, estudié en la Biblioteca Nacional discursos de otra época: de Emilio Frugoni, de Wilson Ferreira, de Francisco Rodríguez Camusso, de Zelmar Michelini, que fueron todos grandes que hablaban y hablaban. La base iba a ser eso: mucho adjetivo, mucha retórica, y bueno, después empezó todo el tema de cargarlo con humor, en los contenidos. En cuanto al personaje en sí, lo que más cuidé fue que no tuviese puntos de contacto con ninguno de los candidatos reales, que en aquel momento eran Batlle, Lacalle, Vázquez y Michelini.
_ Tampoco tomaste de otros ?falsos? candidatos, como Pinchinatti o la dupla Figares-Petinatti.
_ No, no, la idea era armar un candidato cuyo discurso fuese de una contundencia total, una pieza de oratoria. Algunos momentos fueron casi textuales o muy cercanos a los discursos que estudié e investigué. Lo que me interesaba era que la gente cerrara los ojos y dijera: ?es un candidato de verdad?.
_ ¿Cómo te fue en esa primera campaña, la de 1999, en la que salió presidente Jorge Batlle?
_ Me acuerdo que cerré mi campaña en Agenda presidencial, que fui ahí y di un discurso en el mismo lugar donde se sentaban todos los candidatos. Después todo quedó en que fue la vez que se rio Néber Araújo... Lo que me interesó, desde ese primer espectáculo, fue no hacer referencias a los candidatos ni a los partidos, que fuera un texto de teatro. Si yo voy a hacer El jardín de los cerezos, el texto de Chejov no cambia, aunque sean cien funciones. Con mi unipersonal sucede lo mismo. No cambia.
_ Sin embargo, es evidente un cambio en los sucesivos espectáculos... en el 2004 y en este 2009.
_ El concepto sigue siendo el mismo, pero en lo que sí noto que hay un cambio es en la relación de la gente con el personaje. Yo siempre dudo de hacerlo... pero llega el momento en que se empieza a picar el tema electoral y por la calle te dicen: ?¿Y, presidente? faltás vos.?. Como que si están los otros, también tiene que estar este candidato. Y lo entiendo, porque a mí también me sirve para desdramatizar mi relación con la campaña electoral. Yo mismo empecé a tolerar más a los candidatos. No es moco de pavo lo que tienen que hacer, que es más bien titánico. El otro día me crucé con uno en un programa y le dije que voy a proponer que la próxima reforma electoral la apruebe el Sindicato Médico. Porque realmente es de locos.
_ ¿Cómo viste a los candidatos de estas elecciones?
_ Yo siempre tuve mi corazoncito y reconozco que muchas veces voto por inercia. Pero este año, en estas elecciones, mi voto es súper convencido. Recién con el tiempo se va a valorar, desde el punto de vista político, lo que significaron estos cinco años. Pasaron muchas cosas, fue muy grande el cambio, a pesar de que no parezca. Fue tan grande que es muy difícil asumirlo, es muy difícil procesar todo lo que se hizo. Sobre todo teniendo en cuenta cómo se venía. Cuando uno trabaja en teatro o hace del ser humano el objeto de observación, a veces se asusta un poco porque se va adelantando a las cosas. Como que las vieras antes. Lo del 2002, por ejemplo, lo vi venir desde mucho tiempo atrás, aunque no tenga una explicación lógica. Y, sinceramente, después de eso estaba preparado para quince años durísimos. Pensé que a un gobierno del Frente Amplio le iba a llevar muchos años arreglar las cosas, sacarnos del pozo... y sin embargo se hizo muchísimo en muy poco tiempo. Me preguntabas por los candidatos, y no puedo dejar de expresar mi corazoncito ni dejar de decir que con la fórmula al revés, Astori-Mujica, sería otra la historia. Pero últimamente he visto actuar a Mujica y me parece que el temor de que no se pudiese desprender del Pepe, por suerte no se cumplió. Da la impresión de que el personaje no llegó a devorarse al actor, a la persona, lo que hubiese sido trágico. Eso sí, el Pepe ya no podrá ser nunca más el Pepe, le guste o no a él.
_ Decís que el contexto, el escenario, termina determinando al personaje...
_ Es que después que entrás en el juego no hay vuelta atrás. Ahora Mujica tiene que cuidar el physique du rôle. No es tan sencillo como hacer una versión moderna de Shakespeare y salir vestido de jean, porque esta historia de ser candidato siempre es una versión clásica... lo que exige una determinada puesta en escena. Mi temor era ese, que no lo asumiera, pero creo que Pepe fue lo suficientemente sabio. A mí me daba pena que el Pepe como tal, como personaje, desapareciera de la política. Yo lo voté para el Senado, porque me pareció que su impronta debía estar en la política; es más, me parece que es de los pocos grandes políticos que hay en Uruguay.
_ ¿Cómo ves a Lacalle? De algún modo una de sus estrategias de campaña fue tratar de mostrarse como el único capaz de interpretar el personaje de presidente.
_ Fue exactamente así. Y me parece que es muy buen actor... Lacalle actuó muy bien en las Internas, pero después no repitió, no se adaptó al nuevo escenario. Es más, le pasó al revés: el actor se tragó al personaje, y se vio demasiado expuesto el Lacalle real, el hombre. Entonces toda la bonhomía, la mirada franca, el todo bien con todo el mundo, dejó paso a otro discurso, más frontal. Él quiso mostrarse como es él, y se olvidó del personaje. No lo critico por pensar lo que piensa; simplemente por eso no lo voto. Y lo de la motosierra y lo de bañar a los pobres no fueron errores, es realmente lo que él piensa, lo que cree... Él tiene esa cosa medio de Isidoro Cañones: es baqueano, carismático, te habla como un gaucho o como un empresario. Es capaz de cambiar el chip en un momento.
_ ¿Y tu personaje?
_ Si pienso en mi candidato, en mi personaje; si le saco lo que dice y le pongo frases de Ricardo III, todo encaja. Porque es eso, es un personaje shakespeareano. Y me pregunto, entonces: ¿qué es lo que pasa por la cabeza de un candidato cada vez que se baja del tablado, va al hotel, y se acuesta, generalmente solo? Estoy convencido de que el tipo, aunque sepa que lo que está diciendo son barrabasadas, son mentiras, o verdades a medias, en algún momento, por lo menos un segundo, el tipo se cree todo lo que está diciendo. Estoy seguro de que hay un momento en que el tipo se lo cree y ahí pasa a ser un actor. Porque es muy fuerte pararte frente a una multitud y que esa multitud se concentre solo en vos. Sólo el que experimenta esa sensación puede entenderlo? es como que no hay palabras. A veces me doy cuenta, haciendo el candidato, que debe ser muy intenso disfrutar esa sensación en serio... ser el candidato.
_ Si pongo el ejemplo de Tabaré... ¿qué pensás de su estilo?
_ A mí me da la sensación de que Tabaré manejó siempre un estilo muy personal, y después, no sé si él mismo, o sus asesores, dijeron ?esto puede funcionar?. Como que tiene un aura como la de las estampitas, toda amarillita... Creo que tiene eso, y un poder de comunicación total, en el que quizá su profesión tenga algo que ver. Me imagino que el caso de Mujica es similar...
_ ¿Y los perdedores? ¿Les falta algo?
_ Yo creo que Astori tiene un gran defecto: no puede ocultar su inteligencia. Y va frito. En el mundo de hoy va liquidado. Cuando tu herramienta es la inteligencia, no podés gritar, no podés sacar el poncho y revolearlo, porque estás formado así. Tu herramienta es la inteligencia, y la inteligencia no necesita exabruptos. Y tampoco es ?en su caso- soberbia, como algunos han dicho. Soberbia me parece que hay en los que no son inteligentes y se creen que sí, o que utilizan la ignorancia de la gente.
_ ¿Cómo te imaginás el escenario del balotaje? _ Yo tengo grandes esperanzas de que la gente realmente razone. Pero entiendo también que hay algo muy fuerte, medio masoquista, en la sociedad uruguaya. En enero del año pasado, por ejemplo, fui a hacer un espectáculo en Punta del Este. Estaba en un canal, esperando para hacer una nota, y había uno de la cámara inmobiliaria que salía al aire antes que yo. Punta del Este estaba llena de gente, una cosa insoportable. Por eso me sorprendió que el tipo dijera ?no sé, hay que esperar; estos diez días no son índice de nada?. Terminó la nota y se quedaron conversando él y el conductor, quien le volvió a preguntar cómo iba la cosa: ?No sabés, impresionante. No tenemos dónde meter la gente?, dijo fuera de cámaras. Me molesté mucho con ese mecanismo. Porque, ¿cuál es el sentido? ¿Por qué tenés que decir que te va mal cuando te va bien? ¿Qué se gana? Esa cosa masoquista de ?prefiero que estén los míos aunque me vaya mal, a que estén los otros y me vaya bien?, la veo muy extraña, estúpida, y por cierto peligrosa.
_ Me quedé pensando en eso de que fuiste a buscar a los viejos políticos, a la vieja retórica, cuando empezaste con el personaje del candidato. De alguna manera es lo mismo que hiciste en los comienzos de Antimurga BCG, al rescatar la tradición carnavalera...
_ Sí, y fue también por el año 1983, cuando en la Escuela estábamos estudiando el teatro popular español, como curso del año. En los códigos de ese teatro popular encontré mucho parecido con la murga. Entonces surgió la idea de hacer algo teatrero, pero con la impronta del carnaval, con el espíritu del pícaro español. Ese fue el primer espectáculo de la BCG, que hicimos en ese mismo año y se llamó Sonríe, la BCG te ama. Tenía bombo, platillos y redoblantes, pero también sintetizadores y otras cosas. Inmediatamente surge la posibilidad de salir en carnaval. Cuando empezamos a pensar cuál sería la estética, nos pusimos a buscar en los orígenes de la murga, acá en Montevideo. Empezamos a ver muchas fotos. Había murgas que eran cuatro, otras que eran cincuenta. No había reglas tan estrictas. Había una famosa, ?Los políticos de la época?, que eran anarcos y llegaron a desfilar todos pelados, todo muy dark. Eran unos avanzados. Así fue que vimos muchas fotos de viejas murgas y trasladamos ese espíritu a la BCG. Lo que hicimos fue armar una especie de teatro objetivo; armamos la murga como una forma expresiva y la desarmamos, la desestructuramos toda. Optamos por hacer un espectáculo de humor que rozara el absurdo. El código por momentos era expresionista, pero pasábamos en cualquier momento al surrealismo. Nos manejábamos entre esos dos tópicos. El vestuario era para nosotros un elemento muy importante porque partíamos de la base que desde el vestuario se podían decir muchas otras cosas.
_ ¿Por qué creés que se generó el conflicto y la polémica con las otras murgas?
_ El conflicto se empezó a armar cuando empezamos a hacer muchos tablados. A la distancia, creo que fue un conflicto ?en primer término- económico. La primera semana que empezamos a salir teníamos diez, doce tablados, y en la segunda ya pasamos a tener cincuenta. Y promediando el carnaval, siendo el primer año en que salíamos, fuimos el grupo que más estaba trabajando. El segundo año salimos con los mismos trajes que el año anterior y terminamos haciendo tres veces más de tablados. La figura del director también causó polémica. Porque nosotros lo que hicimos fue invertir la pirámide. En la murga el director es el prócer, el héroe, una figura inmaculada. En la BCG era todo lo contrario; era el más desquiciado, el más mugriento, el que se tiraba al piso, el que no embocaba una y hacía entrar mal a la murga. Y también estaba el tema de que aparecimos en un momento muy especial, en el que la cosa estaba muy dividida entre la murga-murga, es decir, la murga de la Unión, y la murga-pueblo, como La Reina de la Teja y la Falta, que más que carnaval hacían actos políticos. Y nosotros quedamos en el medio, aunque no porque nos hubiéramos puesto en el medio. Siempre tuvimos claro que veníamos del teatro. En mi caso, yo soy hombre de teatro, por lo que no es que vaya a adaptarme al carnaval. No, como soy un hombre de teatro, puse toda mi formación teatral y mi óptica en cada espectáculo que hice con la BCG.
_¿Que tipo de formación tuviste y cuánto te marcó?
_ Yo tuve una escuela de teatro en verso, pero también de mucho Stanislavski, Grotowski, Artaud, Brecht? toda esa vuelta, del compromiso, del teatro independiente. Muchas veces los ensayos de la BCG eran terribles, porque no podíamos salir de nuestro propio orden. Podíamos romper pero hasta cierto punto...
_ En paralelo a ustedes surge otro grupo clave de la posdictadura. Me refiero a El Cuarteto de Nos. ¿Cuánto tienen de transgresor ambas experiencias artísticas?
_ Somos de la misma época, y muchas veces compartimos escenarios. Me acuerdo de que ellos siempre llegaban vestidos de viejas... En común tenemos que nos formamos artística -y ni qué hablar políticamente- en dictadura. Y venimos con una cabeza de un compromiso muy fuerte, de la que nos costó desprendernos. Pero tanto El Cuarteto como Antimurga BCG tuvimos el apoyo de la gente, que nos fue dando el empuje para desprendernos de esas trabas, para transgredir.
_ El carnaval ha tenido un fuerte apoyo, especialmente en el género murga, desde que la izquierda gana en Montevideo. ¿Qué pasa con la relación de lo carnavalero y lo política?
_ Nosotros particularmente no hemos tenido cambios en cuanto a nuestros contenidos. En cuanto al apoyo del gobierno municipal, siempre fui muy crítico, y eso me valió algunos palos por cuestionar al apoyo que se le da al carnaval. A mí lo que siempre me molestó es ver que muchas veces la plata se tira, y lo que se está haciendo es alimentar a verdaderos ?atorrantes? que hacen todos los años lo mismo y no aportan nada nuevo. Cuando se subvenciona, debe exigirse que la gente reciba lo mejor. Pero si la cosa era nada más que para decir ?abrimos tantos escenarios en los barrios?, y lo que la gente podía ver era lo mismo que ver a Tinelli, no entiendo cuál es el sentido. Así que a medida de que el carnaval comenzó a ser masivo, empecé a darme cuenta de que cada vez era menos popular. Cada vez más oficioso, pero menos popular, entendiendo por popular un manejo respetuoso...
_ Más horizontal, es lo que querés decir.
_ Sí, pero sobre todo más honesto. Para mí lo popular es sinónimo de honestidad. Lo popular? es muy tramposo ese término. Un poco por todo esto que estamos hablando es que con la BCG empezamos a divorciarnos del carnaval.
_ ¿Qué pensás de la nueva generación de murgas, las llamadas ?murgas jóvenes?? _ Si no fuera por las murgas denominadas ?jóvenes?, y por el apoyo oficial, el carnaval no existiría. Sin esos doce o trece escenarios que pone la Intendencia, apenas quedaría el concurso en el Teatro de Verano. Y sin esa bocanada fresca de las murgas jóvenes, con otro discurso y otra propuesta, me parece que tampoco existiría el público.
_ ¿Desde un punto de vista estético sentís que algunas de esas murgas continúan en parte lo hecho por la BCG?
_ Queso Magro y La Mojigata puede ser que tengan cosas de la BCG, pero Agarrate Catalina no. El asunto es que no es nada sencillo definir estéticamente a las ?murgas jóvenes?, porque el panorama es muy amplio y de repente lo único ?joven? son sus integrantes y, llegado el caso, pueden mantener una estructura súper tradicional. Sobre esto pienso que el sistema tiene mucho de perverso, porque cuando aceptás la estructura y el reglamento del carnaval poco importa que tengas veinte o setenta años. Por el contrario, si además de ser joven venís con idea de desarmar todo, no va. Eso es un poco lo que le pasó a la BCG. No éramos ?murga joven? porque ese concepto no existía. Lo único que nos interesaba era seguir una concepción estética determinada, y nada más. Pero sin proponernos patear el tablero, logramos desacomodar el discurso del carnaval. La gente empezó a darse cuenta de que se podía reír, de que podía gritar cosas en un tablado, de que podía cantar. La BCG acercó y llevó público al carnaval, a un público más que nada joven, y es probable que entre ese público hubiera integrantes de Queso Magro.
_ Con la BCG estrenaste el año pasado La divina comedia humana, pero al mismo tiempo seguís alternando tus espectáculos unipersonales. Además del candidato, para estas elecciones estrenaste Spa, en el que de algún modo marcás distancia con la moda del stand-up...
_ Yo me defino como actor. No es que me sienta diferente a los comediantes que hacen stand-up. Soy diferente... No soy Pinti, de repente me parezco más a Gasalla, aunque hacemos cosas distintas. Lo que siento que me pasa a veces con el humor que se hace ahora es que siento que la ironía pasa a ser evidente y el humorista se pone por encima de la gente.
Y se abusa de la ironía... como el humor en la tele, que ya no lo hacen los comediantes sino los conductores.
_ El asunto es que la ironía es como una vacuna: tenés que saber dar la dosis correcta. Y se abusa en juzgar a los demás y ponerse por encima de las situaciones, cuando debería ser al revés, porque el humorista será siempre un perdedor, un antihéroe. Algo parecido pasa también en política con esto de los personajes y los candidatos: vos, si te fijás bien, podés saber cuándo alguien está mintiendo, cuándo abusa. Mirá que yo no les critico a algunos que mientan, lo que me calienta es que disfruten cuando lo hacen.
_ Este año coincidió la campaña electoral con una situación imprevista en tu carrera de actor: ganaste un casting para interpretar a José Artigas en un telefilme...
_ Para el casting de la película de Artigas me llamaron en setiembre del año pasado. Yo en esa época tenía planificado el estreno de Spa en marzo, que era cuando supuestamente se iba a rodar. Igual hice el casting, pero nunca me llamaron. No supe nada de la producción hasta que un día de mayo, ya con toda la campaña armada del candidato, con gira por todo el país incluida, me llaman y me dicen que voy a hacer Artigas. Y les digo: ?Pero escuchame, estoy en medio de un berenjenal?. Porque, entre otras cosas, tenía funciones pactadas hasta noviembre, casi todos los días. Además, tenía con la BCG un viaje a Córdoba, en el medio, con La divina comedia humana. Realmente fue una locura. Tuve que cancelar todo noviembre, y me quedé con algunas cosas que para mí era imprescindible hacer, como el cierre de campaña que haré esta noche en el Solís.
_ ¿Qué te pasó por la cabeza cuando aceptaste hacer el personaje de Artigas?
_ Curiosamente, no tengo la más mínima presión. Porque es un personaje que, si bien es tremendo personaje, no lo veo para nada dramático como de repente lo ve la gente. Para mí era un tipo que debe de haber sufrido, pero no por la gesta histórica sino como ser humano. Lo que el tipo se debe de haber tragado. Entonces empecé a pensar que cuando hago un espectáculo me trago cada cosa y me meto en cada infierno, que siempre pienso por qué me habré metido en esto, por qué mejor no habré puesto un negocio. Y yo creo que Artigas, en el medio del Ayuí, debe de haber puteado como puteamos todos: ?yo no aguanto más... me voy a la mierda, esto no se puede arreglar si todo el mundo tira para su lado?? Entonces, en la medida en que yo pueda transmitir eso, para mí ya está. Y para mí, humanizarlo es tenerle mucho respeto. Creo que ha sido un hombre excepcional, pero como hay muchos al día de hoy. La película está concentrada en el Ayuí, en un año sucede de todo. El Ayuí es un momento, como siempre digo, en que en cien metros cuadrados estaba representada toda la sociedad. Eso era el Ayuí. Todas las clases sociales en una manzana. ¡El quilombo que debe de haber sido eso!... Si le sacamos lo serio de la historia, lo que tenemos ahí es a un hombre frente a una situación que por ahí ni siquiera la quiso, y que lo lleva a convertirse en líder. A partir de eso, ¿qué espacio queda para el ser humano? ¿Cuántas cosas tiene que decidir el líder en detrimento de lo que piensa en privado? Yo creo que ahí está el gran conflicto.
_ No solo en Artigas. Pienso también en, por ejemplo, candidatos como el Pepe. _ Si lo sabremos... pero iría más lejos que a ese ejemplo, porque pienso que es un conflicto que puede tener cualquiera de nosotros. _ Lo que no te imagino es montando a caballo.
_ En eso sí que estuve preparándome, y bastante. Primero lo elemental, que el caballo caminara... Y bueno, ya puedo hacer alguna cosa interesante arriba del caballo: galopar, dominarlo con cierta solvencia, alguna que otra lucha. Ya estoy preparado para, eventualmente, caer de un caballo. Ese tipo de cosas. Para mí es una gran exigencia actoral. En los primeros días sudaba, como un cristiano realmente desesperado.
_ Ahora que pienso, no le pregunté nada al personaje... _ ¿Qué querés saber? _ ¿Quién va a ganar el balotaje? _ Preguntale a Esmoris, que es el que sabe de eso.
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