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fede es el cantante de una banda de glam-rock. también es escritor, fan de david bowie y se ha extraviado en el tiempo. conocí a fede ?y a varios de sus amigos, entre ellos a rex y a jon- en las páginas de la novela ?perséfone?, ópera prima del escritor ramiro sanchiz. me quedé con ganas de más. es un relato breve, intenso, que sigue la peripecia de la banda ?space glitter- haciendo foco en la extraña fascinación que el protagonista siente por esa chica llamada perséfone, destinada a un eterno exilio y a sentirse un tanto incómoda en el papel de cantante oscura. como quise saber más, le propuse a ramiro ?en un bar de pocitos- que escribiera un bonus track, con intenciones de publicarlo en freeway. no alcancé a terminar la propuesta. sacó un texto inédito escrito este mismo invierno. un relato sobre el fin del mundo en mil novecientos noventa y nueve, algo que nunca ocurrió pero perturbó a fede tal vez para siempre. por esos mismos días estábamos pergeñando este número ambientado en el año dos mil veintinueve. así que doblé la apuesta. le pedí a ramiro-fede un relato futurista. un desafío. un juego temporal que permite ?no solo conocer momentos del futuro y del pasado de los personajes de ?perséfone?- sino enfrentarse a un relato potente que tiene a nuestra ciudad como escenario posonettiano. disfruten de una nouvelle que engancha desde la primera hasta la última línea.
Todo lo cercano se aleja. Creo que así describió una vez Goethe al atardecer. Es bastante tópico comparar el curso de una vida con las horas del día, y decir de esa manera que ahora me acerco al ocaso de mi tiempo en la Tierra; pero no sólo es tópico, también es estúpido. Sin embargo, la frase de Goethe me gusta, tiene más significados de los aparentes. Habría que seguirla con un verso de David Bowie; está en Reality, es parte del tema que da nombre al disco: ?Ahora mi vista empieza a fallar en este crepúsculo?, lo que indica que ya no es visible lo que está lejos; por lo tanto, eso que hasta hace un momentito estaba realmente cerca ya no puede ser percibido. Es decir, no existe. O puede ser cualquier cosa. Cuando tenía ocho años leí sobre la velocidad de la luz: la que proviene de las estrellas demora siglos, miles de años en llegar hasta nosotros; al verlas, entonces, vemos su pasado, vemos lo que fueron hace demasiado tiempo. Su presente, en rigor, no existe.
Todavía hoy esta idea me sacude las entrañas del alma (y un poquito las otras) con un ligero escalofrío. Todo está alejándose y las cosas caen fuera de nuestra vista, el pasado se desvanece. Por otro lado, tiendo a pensar que a medida que los eventos de mi vida se alejan, si fuerzo la vista puedo verlos a todos comprimidos en la lejanía, compactados, como un modelo a escala o en las páginas extendidas de un álbum de fotos.
Y, a medida que se diluyen en la imprecisión de esa niebla miópica o crepuscular, solo los picos logran diferenciarse, las cumbres de ciertas montañas, como islas en medio del Atlántico.
Ahora, por ejemplo, logro identificar algunos momentos entrecerrando los ojos como hacen los cortos de vista. El primero: tengo diez años y estoy armando la maqueta de un avión, un caza de la Segunda Guerra Mundial, Messerschmitt 109, a escala 1/72. Mi abuelo está llamándome, estamos en Punta de Piedra, en el extremo más lejano de la costa Atlántica. No sé por qué surge esa imagen. Estoy aplicándome sobre la pintura de las alas, tratando de cubrir el plástico del modelo con una capa finísima de color; ahora ese recuerdo se aleja. Pero puedo ver más si me esfuerzo.
Nací en 1978 y estamos en 2029; estoy en mi altillo, escribiendo. Me rodean las cosas que siempre me rodearon, las cosas que son mías, si es que se puede tener algo (y no se puede). Hay libros, hay discos, hay fotos de seres queridos; afuera el mundo se ha desvanecido, por tanto sólo están mis cosas, estoy yo, está lo que escribo, está la falsa barrera del cráneo. Y mis recuerdos.
Todo lo cercano se aleja. De este punto de fuga. También estoy lejos de donde nací, Montevideo, ciudad que no visito desde 2016, y ese momento también asoma en el horizonte, como esa isla o esa montaña. Y surgen otros como aparece la misma figura repetida al hacer zoom en la espuma de un fractal: los últimos meses de 1999 y los primeros del 2000, que he sentido como el fin del mundo; los años que median entre el 2003 y el 2007, cuando toqué en la banda de Ligeia y luego en Space Glitter; algún momento del 88 o el 89, cuando armaba mi Messerschmitt 109, y también noviembre del 2016, mi último viaje a Montevideo, a dar mi adiós a Ligeia, que había muerto el día de mi cumpleaños en un accidente automovilístico.
Todo esto me recuerda esas hermosas perspectivas de Dalí, con sombras que atraviesan el espacio tramado por el cuadro; imaginar, por ejemplo, las vías del tren uniéndose ahora, en mi presente, y luego, intercalándose como edificios en ruinas en una ciudad desierta, los momentos que he enumerado agrandándose (si bien para mí se desvanecen) hacia otro observador, que aun no sé quién podrá ser, parado ante el cuadro. Pero yo estoy inmóvil en el punto de fuga, que podría significar también el infinito; estoy parado en el futuro, escribiendo todo lo que se extiende hacia atrás. Porque este es el futuro, 2029, el presente. El infinito.
*** Ayer recibí una llamada de Uruguay. O lo soñé. O lo imaginé y ahora lo escribo, no importa. Digamos que fue así, que en verdad pasó. No importan los detalles, pero aferrémonos al 1999-2000, la época de Agustina, la época del fin del mundo y de mis primeros libros, cuando dejaba de ser el poeta beatnik que podía sentarse en una parada de ómnibus a cualquier hora de la madrugada y, mientras esperaba, sacar un block y una lapicera y dejar caer cientos de versículos al estilo Allen Ginsberg; en esa época habría sido una llamada telefónica o un e-mail. Llega entonces este mensaje de un amigo. Podría ser Jon, pero Jon murió hace algunos años. Podría ser Rex, pero Rex hace tiempo que no es Rex. Ligeia también murió, así que quedan pocos.
Es Adrián, mi amigo más antiguo. Una llamada telefónica; Fede, dijo, por qué no te venís a Uruguay. ¿A Uruguay? ¿Pero qué hay en Uruguay? Tu pasado, viejo, respondió. Tu futuro, el mundo, las cosas que se anclan en la realidad y no en la niebla. Qué curioso, sentí ganas de decirle, yo siento exactamente al revés: Montevideo 2029 es para mí un lugar difuso, un Scotland Yard de calles inundadas, como Venecia, maloliente, cargada de peste y de aguas estancadas, con barcazas de hurgadores hasta el tope de basura y cadáveres de rata. Pero no, insistió Adrián, tenés que venirte. Podés viajar en barco, imaginate, un viaje de autodescubrimiento, atravesando el mar.
Lo pensé un instante... Una vez más, ¿para qué regresar a Uruguay? ¿Por los recuerdos? Arrojados a la tierra negra, al suelo que fue fértil, habrán crecido sus troncos, ramas y hojas y luego, marchitados, consumidos, se levantan ahora como esqueletos grises, huesos vegetales de corteza seca, arrugada, en ramificaciones abruptas y esquizoides. ¿Para qué? Sin embargo respondí que sí, que iba, que me tomaría ese barco, que volvería a Uruguay por segunda vez y en esta ocasión... ¿qué? No estoy cerca de mi muerte, no estoy tan cerca de mi muerte como para pensar en mezclarme con el suelo del origen. Nunca creí en esas estupideces. Pero dije que iría, e iré. Haré un relato del viaje. Es, después de todo, lo único que sé hacer. Escribir e inventar mi realidad, inventar la llamada, inventar el barco, inventar el mundo. Montevideo 2029. Hasta podría llevar ese título.
*** He atravesado la ciudad en un taxi, y en la oscuridad sólo logré ver sus altísimas torres que me ignoran. El cielo no tiene estrellas; las calles están apenas iluminadas. No hay nadie en las esquinas, uno o dos autos, nada más, que huyen de mi vista a toda velocidad. Conclusión: todo lo cercano se aleja.
Llegamos al puerto, pago y me bajo cargando las valijas; un buen rato después estoy abordando un navío que parece una catedral, o, mejor, una fila de catedrales. No distingo sus detalles ?aquí tampoco hay luz suficiente-, pero sí me he fijado en las caras de mis compañeros de viaje. Hay familias y parejas aprestándose para el viaje, y también solitarios como yo. Me detengo en un cuarentón con una esposa un poco más joven; tienen una hija de trece años, hermosísima. Desaparecen casi de inmediato, pero se me ocurre que los encontraré en la cubierta contemplando la espuma, el trazo del barco en las aguas. Entiendo que estoy deseando ese encuentro, y sigo tironeando de mi equipaje. Un marino me saluda al entrar. Señala un largo pasillo y una escalera hacia los camarotes. Camino un rato hasta que doy con el mío. No es muy grande pero parece cómodo. Acomodo la ropa en el pequeño placard, arreglo algunos libros en la mesita de luz y coloco elementos de higiene personal en su cajón. Hay una pantalla en la pared que empieza a parpadear; aparece un mensaje: el barco zarpará en una hora, dice, y enseguida muestra un mapa con un trazado del recorrido. Entonces hay un fade in a una imagen de la tripulación, sonriendo a la cámara tomados de la mano. Me tiro en la litera y manoteo uno de los libros.
Thomas Mann, La muerte en Venecia, pero me cuesta concentrarme. Llegué al 2029 por caminos en los que no me encuentro; por lo tanto el presente está vacío para mí: estoy en otra parte, en el desierto australiano, lejos de las ciudades deslumbrantes, y quizá, si me acerco un día a sus calles, descubriré que hace tiempo han sido abandonadas o devastadas. Es posible que así encuentre a Montevideo, ¿por qué no? Después de todo, desde el año 1999 hasta aquí, por usar una fecha con la que me siento cómodo, la tecnología ha ?avanzado? tanto que la curva de su cambio se ha vuelto exponencial.
Imaginemos entonces que la tecnología logra crear máquinas inteligentes; esas máquinas siguen evolucionando con la misma curva que va desde la invención de la agricultura hasta Internet y las redes IA, pasando por la revolución industrial y todo lo que han celebrado los tecnócratas. Es de esperar que esas computadoras logren, tarde o temprano, dar a luz a una nueva generación de máquinas que las superan en inteligencia. Si nosotros inventamos una realidad esencialmente superpuesta al mundo, es decir la cultura, la civilización, la codificación del lenguaje y todos los sistemas de signos, es de esperar que ?ellas? también. Se recluirán en sus mundos dejándonos de lado; no tendremos, no tenemos ningún punto de contacto, nos olvidarán al margen de su vida, como ángeles o elfos, desvaneciéndose en alguna dimensión que hasta la fecha no logramos descubrir. Bueno, así me siento con respecto al futuro, al presente. Y todo pasa lejos de mí, cantando una canción hermosa que no comprendo. Estar en un camarote una vez más con este viejo libro es lo mismo que estar en mi altillo. Después de todo, quizá estoy en mi altillo, como también es posible que esté todavía en Montevideo, en mi cuarto con mis libros, escribiendo en la madrugada.
En tal caso, no estoy regresando a Montevideo 2029; estoy apenas abriendo los ojos, saliendo de una realidad simulada a otra simulación.
Me cuesta concentrarme, así que dejo el libro. Quisiera estar en cubierta cuando el barco zarpe; sentir que el viaje comienza, así que camino por los pasillos perfectamente cuidados, brillantes, deslumbrantes, como si la entropía fuese apenas un cuento para asustar a los niños.
***
En 2016 encontré una Montevideo aquejada por inundaciones, llena de mosquitos y con una notoria violencia entre las clases acomodadas y los pobres-muy-pobres. Nada nuevo, excepto las inundaciones. Hasta los siete años viví en un edificio de la Rambla, un conjunto de torres del Barrio Sur o Palermo llamadas Vista al mar; a veces, ya no recuerdo bien a qué altura del año, las aguas del estuario se llenaban de camalotes en los que era fácil encontrar serpientes. Cuando regresé, por la muerte de Ligeia, crecían juncos sobre los nuevos camalotes y la fauna se había expandido a anfibios y pequeños lagartos. Empezaban a formarse islas en la desembocadura del río Uruguay mientras la creciente humedad del aire deterioraba aun más el variado desfile arquitectónico de la ciudad; el río había crecido al oeste del Cerro y también en algunas áreas de la Ciudad de la Costa, donde la gente adinerada estaba financiando un proyecto de ingeniería para reformar la zona y levantar una ciudad privada, guardada por murallas llenas de vigilantes.
Estuve apenas dos semanas y partí hacia el norte; ahora regreso, trece años más tarde.
Hace unos días encontré en mi maleta un álbum de fotos. Lo repaso una vez más mientras el barco se acerca al puerto. No he hablado con ningún compañero de viaje en la última semana; me recluí ?una vez más- en mi camarote, saliendo apenas por las noches a pasearme por cubierta. Quizá podría pensarse que todo este tiempo viví a través de las fotos. Por ejemplo, esta sesión del 2005, plena época de Space Glitter, cuando hacíamos toques cada quince días agotando el mapa del Montevideo under de aquellas épocas. Pero la banda se estrelló. Tocamos en Punta de Piedra, Perséfone nos abandonó, el baterista regresó a Montevideo, yo me quedé a escribir en aquel pueblito de pescadores en el que pasaron tantos momentos de mi infancia, y Jon y Rex siguieron su camino, hacia nunca supe bien dónde. Ellos me lo contaron cientos de veces pero jamás les creí y ahora ya no importa, ellos, mis mejores amigos de esa década, mis compañeros de aquellos días de segunda oportunidad, no son más que fantasmas en la espuma.
Estas fotos me recuerdan algo en que creí por mucho tiempo. La idea de que todo artista tiene al menos (y si son varias configuran sus épocas, sus etapas) una visión, una revelación que pudo haberse dado de manera inconsciente pero que guía su carrera y le sirve de eje, de centro. En mi caso, una visión fue alcanzada en 1997 y explotada en los tres años que siguieron, hasta mi fin del mundo personal. Entonces el que fui murió, agonizó durante los años en que viví con Agustina y se disolvió en la nada a partir del 2002. La escritura se interrumpió a partir de ese momento; tuve que esperar hasta el 2006 para que, en la carretera con Jon y Rex, me tomara por sorpresa una nueva visión. Sé muy bien que de no haberla alcanzado mi escritura hubiese muerto. ¿Cuáles son las posibilidades de que el rayo caiga dos veces en el mismo lugar? ¿Podré tener la suerte necesaria para recibir una tercera, que será en rigor más débil que la segunda, más fantasmal que las que la precedieron, mínima quizá ?pero de pie, orgullosa- ante el resplandor (que sólo yo pude ver, valga la aclaración) de la primera? Me pregunto si es eso lo que vengo a buscar a Montevideo. Otra oportunidad. Otra manera de entender que pese a que la energía de los rayos es cada vez menor y la entropía la parte central del juego, hay que seguir adelante. Con alegría, con algo que pueda llamarse vida, sea lo que sea. Voy en un barco, con mi viejo álbum de fotos bajo el brazo, buscando destellos en el horizonte mientras la eterna y vacía evolución de la espuma insiste en decirle al mar y a la noche algo que no podré entender. Y, a lo lejos, apenas iluminada por el alba incipiente, Montevideo adelanta las uñas.
***
Estoy recorriendo una ciudad vacía, devastada. Los edificios que aún no se han derrumbado parecen pajareras de concreto, habitadas por gatos, ratas y cucarachas. Me detengo ante el Palacio Salvo, que se mantiene en pie como una ridícula nave espacial imaginada en la época de las revistas pulp. La plaza en ruinas enseña sus entrañas de pasadizos subterráneos, túneles ahora derrumbados que conducían a tantos puntos terribles de una ciudad perdida. Empiezo a caminar por lo que fue 18 de Julio, invadida por las malezas y las acacias. Mirando hacia el sur creo atisbar médanos enormes que han devorado los edificios más bajos; el Río de la Plata es una gran extensión verde brillante, deliciosamente parecida a mis recuerdos de infancia, los camalotes y las serpientes. Sigo caminando, imaginando que hacia el norte, hacia el Palacio Legislativo, los restos de la ciudad se extienden alrededor de un cráter gigantesco. No puedo ver muy lejos, pero aprieto el paso hasta llegar a la Plaza Fabini, también con las vísceras al aire, marcando su larga columna vertebral a lo largo de lo que fue Avenida del Libertador. Gracias a tantos edificios derrumbados alcanzo a reconocer, a lo lejos, el horrible Palacio, intacto, verdeoscuro, quizá habitado por mutantes derivados de los punks de mis tiempos, sobrevivientes de la catástrofe y, supongo, los nuevos dueños de la ciudad. No, demasiado fácil. Sigo caminando por 18 y decido bajar hacia el sur cuando llegue a Ejido o Yaguarón. Quiero ver qué ha sido del Cementerio Central, si fue devorado por las aguas o si se mantiene sostenido por el aura indestructible de la muerte. Tampoco, demasiado estúpido.
Creo escuchar ruidos pasando la Plaza Libertad, con su estatua previsiblemente derrumbada. Serán ratas, pero no descartaría tan fácilmente la posibilidad de sobrevivientes, de tercos montevideanos aferrados a sus viejas esquinas, al hábito de la ciudad fundada por Onetti y sus secuaces. En esta zona del centro los edificios conservan su estatura; quizá en sus cumbres habitan los aguiluchos o algunas nuevas aves de presa atraídas por las ratas y los gatos. Durante la noche, esta derretida Gotham City será devorada por los murciélagos y después regurgitada con los primeros rayos de sol. Todo el art nouveau y el art decó, toda la arquitectura de vanguardia de los años veinte y treinta se ha fundido en lo que parece el último sueño de un Gaudí en éxtasis clonado con H.R.Giger.
Bajo por Ejido entrando a un mundo dominado por la vegetación. Estoy dispuesto a esperar helechos gigantes, iguanas y libélulas, pero la única fauna que registro son los gatos salvajes que vengo encontrando desde que llegué al puerto deshabitado. Empiezo a temerles, porque ahora estoy invadiendo un mundo que les pertenece, que está modelado de acuerdo a sus vidas, no a la mía o a la de cualquier ser humano. Me miran y desaparecen; imagino que me seguirán en números crecientes y terminaré arrinconado, un buen final después de todo, sacado de otra vieja historia de ciencia ficción de 1929, City of the cats o algo así, el Rey Gato en su trono, gatos humanoides producto de la radiación. Hasta ahora, sin embargo, no hacen más que apartarse de mi camino. Estoy llegando a Gonzalo Ramírez y constato que el río ha crecido hasta pasando Cebollatí. Me paro a mirar las olas rompiendo en lo que parece una muralla mal construida, que no resistiría la tormenta más leve. De todas formas es una señal interesante: alguien parecería estar haciendo algún tipo de mantenimiento en la Ciudad de los Gatos.
No hay edificios, ni siquiera montañas de escombros como en otras calles más hacia 18; el Cementerio, sin embargo, se mantiene intacto, protegido por nuevas murallas; se ha convertido en una península artificial. Camino por la nueva Rambla hacia la entrada. Entonces encuentro al primer ser humano desde que bajé del barco; me saluda sorprendido y me habla en inglés.
Es hora de presentarme. Mi nombre es Federico Stahl, le digo; nos damos la mano y empezamos a conversar, con cierto alivio o alegría. Es un antropólogo, ha venido con su equipo a investigar las ruinas de las ciudades del Río de la Plata y los núcleos sobrevivientes de civilización. No está solo; sus compañeros están investigando las áreas del Cerro, de Buceo y de Ciudad de la Costa; a él le tocó lo que en su momento se llamó Barrio Sur, Palermo y Parque Rodó. Me ofrezco como guía y acepta de buena gana; pero primero, aclaro, quiero mirar el Cementerio. Asiente y me hace un ademán de entrar mientras empieza a contarme de los pocos sobrevivientes, refugiados en los pisos más altos de los edificios aún en pie, viviendo algunos, según se ha dicho, de gatos y de ratas, y otros manteniendo pequeñas granjas en el área de Ciudad de la Costa. Tres culturas se perfilan, dice, diferenciadas claramente; los ?céntricos? al sur, los ?costeros? al Este y los ?ocultos? al Oeste; hasta ahora no se han reportado guerras por recursos, pero son de esperar.
¿Cómo se llegó a esta situación?, pregunto, y me explica que en 2018 la ciudad (de hecho, todos los núcleos urbanos del Rio de la Plata) fue golpeada por una oleada de enfermedades virósicas a las que se englobó bajo el predecible nombre de La Peste. Muy pocos se salvaron; los ricos huyeron, los países desarrollados intentaron intervenir, hubo enfrentamientos, guerra civil, y, ante todo, muerte. La gente moría en las calles, luchando por los últimos suministros médicos que sólo servirían para prolongarles la agonía. Los inexplicablemente inmunes sobrevivieron y, llegado el momento, abandonaron la ciudad, todos excepto unos pocos que conformaron, hacia 2024, los primeros núcleos de las tres culturas posmontevideanas. Ahora la población se mantiene constante, quizá con un ligero incremento en la natalidad desde 2027, la fecha del último censo. En cualquier caso, añade, elaborar un censo completo es sumamente dificil. ¿Pero para quién trabajan ustedes? ¿No se arriesgan demasiado viniendo aquí en equipos tan poco numerosos?
Nos detenemos. El cementerio está intacto; las cruces, los símbolos masónicos y los ángeles nos miran como pidiéndonos silencio, insistiendo en el dilatado luto por la ciudad. Miro hacia el horizonte y descanso mis ojos sobre la vastísima y monótona extensión verde. Hace un calor sofocante y el olor del mar tal como lo recordaba ha sido sustituido por una sensación de caldo vegetal, de un mundo no tramado para los sentidos humanos.
Mientras el antropólogo explica la naturaleza de su misión me doy cuenta de que esta ciudad apocalíptica hubiese sido uno de los futuros que yo podría haber imaginado antes de 1999; de hecho, una vez admitida la muerte del futuro, el presente eterno al que habíamos accedido gracias al camino a la singularidad tecnológica y el cambio exponencial, cabía siempre la posibilidad de alguna sorpresa: un meteorito, una pandemia, un volcán gigantesco; ahora, entonces, pienso que no sería difícil sumarme a la vida de estos grupos humanos guerreando por el agua, el alimento y la tecnología remanente con la hermosa ciudad derruida como escenario. La noción de aventura asoma por todas partes, una vida más auténtica, despojada de toda la pátina superflua que venía acumulándose desde quién sabe qué momento; de hecho, este 2029 es encontrar la maravilla a la vuelta del tiempo, en la periferia, la esquina curva del mundo. Una vez más, demasiado previsible. Demasiado parecido a lo que yo hubiese deseado. Sin sorpresas. Sonrío; el antropólogo me mira, y junto a los ángeles y panteones, a las avenidas del cementerio, a las hordas de gatos, los edificios derrumbados, el calor y el mar verde e infinito, se desvanece en la espuma.
***
Apenas desembarqué en Montevideo busqué un hotel, dejé mi equipaje y, repitiendo casi a la perfección aquel día de 2016, llamé a mi viejo amigo Adrián. Dos horas después estábamos tomándonos una cerveza ante la rambla, conversando de lo poco que había cambiado la ciudad. Él mismo estaba extrañamente igual a como lo recordaba; las inundaciones, por otra parte, habían sido contenidas hacía tiempo y, más allá de algún temporal repentino y de dos o tres nevadas al año, casi nada podía registrarse en cuanto al célebre cambio climático. Descubrí también que no tenía mucho de qué hablar con Adrián, más allá de los recuerdos, claro, pero estos también habían menguado, perdida su conexión con la vida.
Tres cervezas después ya no había razón alguna para continuar la charla, así que nos despedimos y pactamos un encuentro para el fin de semana; volví al hotel caminando, aterrado ante la burbuja de stasis en la que parecía haber sido atrapada la ciudad; no sólo no había cambiado en trece años: de hecho, mis recuerdos del 2016 parecían activar una extraña sensación en retrospectiva que me señalaba lo poco y nada que habían cambiado las cosas desde el 2008 o el 2009. Montevideo se había vuelto el fantasma de sí misma, un insecto atrapado en una gota de ámbar; extrañas maquinarias ocultas contribuían a detener el tiempo; quisieron calibrarlas en 1968 pero, por suerte, no pudieron. Una vez en mi habitación busqué en mi agenda y llamé a Perséfone; me atendió una voz sorprendida que repitió casi exactamente las mismas palabras del 2016 o 2006, sin novedades, sin cambios. Hablamos quince minutos y me despedí, muerto de miedo. Estaba dispuesto a que al otro día, al despertar, le preguntara a algún empleado del hotel en qué año estábamos y me respondiera ¡es 2009, señor! y, al mirarme al espejo, seguir encontrando mi rostro devastado de cincuenta años mientras todo el mundo se veía joven y hermoso.
Esa noche apenas dormí; me levanté a las ocho y media, bajé a desayunar y salí a recorrer Montevideo una vez más, en busca de alguna evidencia real del paso del tiempo. Pero todo parecía diluido, suavizado, detenido, como si simplificando las formas la entropía no supiese qué más podría avanzar en su destrucción. Caminé por 18 de Julio ante los mismos autos, las mismas vidrieras. ¿Qué había sucedido? ¿Quién o qué había detenido el tiempo, agotando toda posibilidad de cambio? Empecé a creer que aquel terror estaba en mí, que mi percepción se engañaba, que todo aquello no era más que otro signo de la muerte o la locura. Quizá yo había muerto en el barco y los encargados de mantenerme en semivida habían determinado que el momento más feliz de mi vida debía ubicarse entre el 2004 y el 2009, iniciando un proceso que transportaría mi realidad circundante a esos años.
Comprendí entonces que no podía hacer otra cosa que cerrar una vez más las puertas y ponerme a escribir. Compré un cuaderno de tapas duras y un par de lapiceras de trazo fino y tinta negra; regresé al hotel y, ante la mesa de la habitación, di comienzo a un cuento. El personaje, un escritor fracasado (¿quién más?), regresaba a Montevideo tras una larga ausencia. Un amigo lo invitaba a pasar unos días en Piriápolis, así que recorrían los escasos kilómetros en un par de horas, y una vez arribados a su destino, se registraban en un hotel majestuoso lleno de autómatas, máquinas a vapor y turistas victorianos que miraban al cielo atravesado por dirigibles. El amigo debía regresar a Montevideo con el comienzo de la semana, pero no había ninguna razón para que el protagonista debiera acompañarlo, por lo que se aprestó para una larga estadía en el hotel. Hasta este punto no sabía muy bien adónde me encaminaba con la historia (me gustaba la imagen del tipo en un hotel monumental de fines de siglo XIX o principios del XX, mirando los veraneantes, la playa y los cerros desde su reclusión) pero pronto mis ideas de una Montevideo desierta y asolada por la peste se unieron a la sensación de muerte que las calles incambiadas venían inyectando en mis nervios desde que abandoné el barco; entonces supe de qué iría el cuento.
Imaginé a Piriápolis y al resto del país invadidos por una peste terrible que iba acrecentando inexorablemente su cuenta de víctimas. Los turistas permanecían en el predio del hotel creyendo que evitando las calles y la playa lograrían esquivar el contagio. Todo el balneario entraría en cuarentena mientras mi personaje se aburría en el hotel enorme, rodeado por la muerte como un nuevo Príncipe Próspero. Además, él estaba huyendo también, cómo yo, del agotamiento entrópico, buscando un nuevo relámpago de vida, buscando alguna manera de salir de la eterna agua estancada. Entonces, una mañana, encuentra a una familia de turistas desayunando en torno a una mesa cercana. Los padres no llegan a tener mi edad, acompañados por un hijo pequeño, estará en tercero o cuarto de escuela, digamos, el tipo de niño que se entretiene armando modelos a escala, y además una adolescente de trece años, quizá catorce, una belleza de cabellos rojos y ojos grandes y verdes. Día tras día vuelven a cruzarse; el protagonista entiende que está enamorándose de la niña, en quien, además de la evidente hermosura, encuentra acaso una promesa de renovación, de vida verdadera; ella no ha caído en las garras de la entropía, no ha sido presa de la maquinaria destructora, pero a la vez está claro que hay en su belleza una provocación, un brillo que no es de este (o ese) mundo y que también, de alguna manera, lo agrede, lo señala como un despojo horrible.
Afuera del cerco del hotel las muertes van en aumento; el protagonista, entonces, maquina un plan: la belleza de la chica, entiende, es intolerable; la existencia de una criatura tan deslumbrante no debería ser permitida, es una afrenta, un insulto. Decide matarla, quizá antes sirviéndose de su cuerpo grácil y esbelto en un gesto final que saciará su deseo y aportará el elemento decisivo a la destrucción. Luego arrojará el cuerpo fuera del cerco, y nadie investigará la muerte por miedo al contagio. O al menos eso cree, o no le importa la debilidad de su argumento. La chica, él lo sabe, es consciente de todas las veces que la ha seguido, sabe de su deseo y, a su modo, lo alienta, jugando quizá (no puede evitar esa esperanza) con verdadera curiosidad.
Aprovechando una tarde en que ella no está con sus padres se le acerca; quiere hablarle pero no encuentra las palabras; piensa en violarla, pero entiende que lo grotesco del acto no está a la altura de todas sus especulaciones, que han sido muchas, interminables noches de insomnio y días vacíos. Opta entonces por matarla y nada más, reteniendo en su mente -mientras le hunde un cuchillo en el abdomen- que también es bello destruir la belleza y que, de alguna manera, esa hermosura de la niña está ahora en él. Esa noche huye del hotel y se pierde en las calles de Piriápolis. Vagando, llega a la carretera. Un auto lo levanta y lo lleva hacia el este, hacia quién sabe qué destino.
***
Terminé el cuento ya entrada la noche. Abrí la ventana y miré hacia Montevideo, hacia un 2029 que se me escapaba, quizá desierto, quizá estático o quién sabe cuántas opciones más. Pensé en el final del cuento, si acaso yo debía hacer lo mismo; pensé entonces en Punta de Piedra, en el extremo de la costa lejana de Rocha, en mi infancia, y por un momento creí que no había nada más sencillo y a la vez más perfecto que buscar allí, otra vez, una nueva vida. Quizá entre sus casitas y sus calles, ante el Atlántico y la espuma de sus olas, por fin encontrase mi futuro, mi presente, una nueva visión, un nuevo mundo que desplegar para iluminarme los ojos. Me sentí con suerte. Tomé el cuaderno, las lapiceras y los pocos libros que venían acompañándome; salí, sin nada más, al fractal de la noche.
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