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Revista Freeway setiembre
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Venecia en verano y bajo el signo de la gripe porcina. Pienso en Muerte en Venecia, en la peste que acecha en las esquinas mientras un olor pútrido sube de los canales. Dentro del compartimento de seis cuchetas, una mujer muy emperifollada no deja de toser en toda la noche. Las ventanas están cerradas y la puerta con tranca porque los robos abundan en los trenes nocturnos. El marido ronca a todo volumen y la mujer tose como una endemoniada. La peste, pienso, la gripe. Pienso también en la llegada de Gustav von Aschenbach en barco: ?Y comprendió entonces que llegar por tierra a Venecia, bajando en la estación, era como entrar a un palacio por la escalera de servicio. Había que llegar, pues, en barco a la más inverosímil de las ciudades?.
Llegamos a la estación a las diez de la mañana y arrastramos nuestros valijas escaleras arriba y escaleras abajo hasta la casa del señor Gianni. Venecia no fue hecha para valijas, ni para carros de bebé, ni para ancianos con bastón. Es una ciudad que se burla de nosotros con aire altanero y a la que todo el tiempo le estamos perdonando algo. El mal olor, los barcos carísimos y atestados de gente, el hecho de que te hagan pagar la entrada en cada iglesia y te obliguen a cubrirte los hombros, la espalda, las piernas, el escote? ?Bueno, es Venecia. Qué se le va a hacer?. Nuestro anfitrión es un maestro jubilado adepto al cine. Nos dice que está escribiendo un guión y luego saca un gran cuaderno de tapa dura y con una letra cursiva impecable anota nuestros datos. Está en contra de las computadoras, dice. Las paredes están repletas de dvds y de cintas de video. Al otro lado de las ventanas veo deslizarse las siluetas de los gondolieri que cantan ?O sole mio? a voz en cuello.
Son los días de inauguración de la Bienal de Venecia y las calles se han llenado de gente del mundo del arte. Todos parecen salidos de una revista de moda; no hay nadie que parezca un artista de los de antes, pobre y desgarbado. Ahora todos cuidan su look; el estilo ya no es una declaración, una rebeldía, sino simplemente algo que hay que cuidar, aunque no se sepa bien por qué. No faltan algunas celebridades. Me cruzo con Agnès Varda, que filma las calles del barrio Canareggio con una camarita digital, pero no me animo a saludarla. Por todos lados hay aperturas y fiestas, y alcanza con caminar un poco para encontrar algún lugar con canilla libre de prosecco, el vino espumante de la región. Eso viene bien, porque a veces el alcohol ayuda a entender algunas obras de arte. Los visitantes se paran frente a las obras y mueven la cabeza; yo me pregunto si ellos también habrán estado tomando prosecco.
Venecia es una de las raras ciudades donde hay más hombres viejos que mujeres. Eso se ve en las cantinas, después de las seis de la tarde. Hombres que llegan con sus perritos atados con correa, se acodan a la barra y piden un spritz (vino blanco, soda y Campari). Se lo toman en dos tragos secos, pagan con monedas y se van. Nosotros comemos bacalao con polenta, plato típico veneciano. De pronto se oye una sirena; parece la sirena de un incendio o de una catástrofe. La moza nos explica que anuncian acqua alta: en pocas horas las aguas inundarán buena parte de las calles, sobre todo la Plaza San Marco, que está por debajo del nivel del mar. Esta noche, pies en el agua, nos dice. Y así es. De a poco el agua va subiendo, como charcos ominosos, y unas horas después ya no hay por dónde pasar sin mojarse los pies. En la plaza los turistas están en un frenesí, los pantalones arremangados y vadeando con el agua hasta las rodillas. Las olas suben por las escalinatas como un animal hambriento. Las luces de la plaza se reflejan en el agua negra. Venecia irreal. Venecia condenada.
Al volver, con algunos spritz de más, encontramos a Gianni en pantuflas y bata, parado junto a un hombre que parece tener al menos ochenta años. El viejo está sentado frente a una máquina de escribir roja y tipea con un solo dedo lo que Gianni le dicta de una hoja escrita a mano. Levantan las cabezas de su tarea y nos dicen buona sera. El viejo parece una de esas calaveras mexicanas de madera, con los brazos y las piernas articulados. Desde la habitación oigo el teclear desaforado de la máquina mientras miro Domani, la película de De Sicca, en un viejo televisor blanco y negro. Como no entiendo italiano, me dedico a especular sobre la edad de Sofia Loren: así eran las mujeres bellas antes de la era de la liposucción, pienso. ¡Y Marcello tenía razón de aullar como un lobo! A la mañana siguiente le pregunto a Gianni. Él dice sin titubear: ?La película es del 63. Sofia nació en el 34? Tenía 29 años?.
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