|
Hace un par de meses que murió J. G. Ballard y mientras pienso que se fue el mejor de los escritores contemporáneos, me doy cuenta de que su futuro, el que Ballard imaginó, ya llegó. Las comunidades cerradas, el derretimiento de los polos (lo describió en El mundo sumergido, una novela de ¡1962!), los choques de autos como pornografía, el crimen como amalgama social. Pero aunque Ballard siempre escribió sobre las sociedades ricas ?las que él conocía-, su geografía del futuro se parece mucho más al aspecto de las urbes tercermundistas, nuestras grandes ciudades de contrastes, gasolina y bocinazos.
Las autopistas bestiales de Buenos Aires, pero también las de Lagos, en Nigeria, que pasan por sobre lagunas durante kilómetros y kilómetros y de las cuales no se puede bajar. Ambos circuitos de autopistas fueron construidos durante dictaduras; hasta donde sé, solo la autopista de Buenos Aires guarda un cementerio clandestino, una fosa común de huesos de desaparecidos bajo y entre los pilares, cerca del Parque Lezama. Y dónde más, se me ocurre, podría haber surgido una gripe que arroba a los medios de comunicación y produce más miedo que otra cosa; dónde más que en México DF, que ya es un organismo vivo, con sus distritos prósperos que van atrayendo las viviendas precarias donde habitan los que trabajan para los ricos, pequeños barrios frágiles que se mueven cuando esos afortunados se van a otro lugar. Hace años que también están construyendo su interminable, inacabable autopista: los obreros viven allí, cuentan, entre los materiales de construcción.
Lo ballardiano -el escritor tiene su propio adjetivo, raro privilegio, compartido con pocos, como Shakespeare o Chejov- también vive en el sur de Buenos Aires, en el misterio y la inquietud de las estaciones de servicio abandonadas, de los cementerios de coches o las fábricas abandonadas de Pompeya, que alguna vez fueron orgullo y hoy son tristeza y vergüenza, muchas de ellas con las viejas ventanas tapiadas por ladrillos para que no sean ocupados por desamparados.
Es difícil amar estas ciudades, es difícil querer lo que es excesivo e injusto. A lo mejor es más fácil creer en ellas. Y recordar el credo de Ballard, uno de los últimos visionarios, cuando decía: ?Creo en el poder de la imaginación para rediseñar el mundo, para liberar la verdad que vive dentro nuestro, para contener la noche, para trascender a la muerte (?). Creo en la belleza del choque de autos, en la elegancia de los cementerios de automóviles, en el misterio de los estacionamientos para coches de varios pisos, en la poesía de los hoteles abandonados?.
|
|