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Éramos tres en los camerinos de Casa de América, faltaba casi una hora para que entráramos a ?actuar?. Había que leer unos poemas en alta voz. En mi caso, además, dada mi condición de crítico y ensayista, había sido exhortado a decir unas cuantas palabras de prosa clara sobre los poemas que iban a ser leídos, y sobre su autor, lo suficiente como para contextualizar pero lo justo y medido como para que la glosa no se transformara en una conferencia y menos en una perorata inútil.
Había que medir el tiempo. Éramos tres: Chus Visor, uno de mis más peculiares editores de poesía y uno de los seres más extraños del mundo, el amigo Joaquín Sabina, y quien les habla. El anfiteatro de Casa de América, sobre el Paseo de Recoletos, justo enfrente de La Cibeles y del Palacio de Comunicaciones, en Madrid, estaba repleto, a reventar. Afuera, sobre una calle lateral, había cientos, tal vez más de mil personas que no habían conseguido entrar al homenaje poetizado que se le haría a don Mario Benedetti.
En el camerino, como aliciente para los que teníamos que leer, había casi todo tipo de vituallas y beberajes: bocadillos, tapas, refrescos, agua mineral, varias botellas de vino blanco en baldes de hielo, decenas de botellas de vino tinto de diferentes marcas y procedencias, vodka, gin, orujo y fino. Raro: no había whisky. Busqué y no encontré una puta botella de whisky en el lugar. Hasta le pregunté a una asistente, una amable señorita que no pasaba los veinte años y se parecía a un angelito moribundo a punto de cometer una locura: _ ¿Y el whisky? _ No hay whisky, señor. Me gustó que me llamara ?señor?. Era una doncella de buenos modales. La multitud, en sus asientos, bramaba, festejaba, ovacionaba. Sabina no iba a cantar, iba a leer y, quizá precisamente por eso, estaba un poquitín nervioso. No había whisky en el camerino, ni una gota, ni una mísera gota del líquido amarillo que liban con denuedo los campesinos escoceses y los gerentes del primer, segundo, tercer y cuarto mundos. _ ¿Tú ya no tomas, verdad, Chus? ?investigué. - Qué va. Claro que tomo. He vuelto a tomar. Ya me acabé tres gin tonic y voy a por el cuarto? Sabina se aproximó a una botella de vodka. Tuve la intención de secundarlo pero, a último momento, divisé como sobre un altar unas excelsas botellas VCP con denominación de origen ?Ribera del Duero?. _ Más vale este vino que la vodka- le comenté a Sabina. Chus ya se había servido otro gin tonic. _¿A ver, hombre? -? _ Sí, este vino es buenísimo. No hay que perder la oportunidad. La botella era feliz, diáfana, de una profundidad y un cuerpo que parecían de mujer. Acaricié el vidrio y me pareció tibio. Tomé el corcho en la mano izquierda y lenta, muy lentamente, lo aproximé a la nariz. El aroma era de mujer morena, sí. No cabía duda. Cuando ya habíamos agotado más de una botella entró el talentoso poeta español Carlos Pardo y comenzó a sacar fotos con un celular incisivo pero bajo en píxeles. Lo invitamos a tomar una copa. _Excelente vino -bramó Carlos y se armó una especie de fiesta. El ambiente estaba saturado de poesía y de una extraña vehemencia, como si desde el fondo de las palabras subiera un río telúrico y una entristecida alegría, un misterio a voces. Cuando nos tocó leer me pareció ver al fantasma de Mario Benedetti en la última fila. Sonreía. Seguro que a él le hubiera encantado brindar con nosotros.
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