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Arte y política - revista setiembre
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El arte necesita siempre de técnica, virtuosismo e intuición. Los buenos artistas se entrenan, se pelean consigo mismos, buscan método, lo destruyen y esperan la inspiración. Pero todo arte, antes de serlo, es un gesto, un instante por el cual todos hemos pasado alguna vez. El niño golpea las ollas de la cocina sin saber lo que es un redoblante; imita una publicidad sin entender que hay actores que viven de eso; raya el cuaderno sin conocer el arte abstracto; salta de la cama sin soñar ser acróbata; ríe y llora, a veces fingiendo, sin tener idea que eso es lo que hacen los clowns. Podría decirse que los artistas son aquellos que dedican toda su vida a volver a encarnar esos gestos iniciales.
Todo lo que sé del clown, y de algunas otras cosas más, se lo debo a Daniele Finzi Pasca, suizo-italiano que visitó Uruguay con los espectáculos Ícaro, 1337, Aitestas y Giacobbe. La primera distinción importante es que clown y payaso no son sinónimos. Este último está concentrado en los gags, siempre llevará nariz roja y podría repetir sus números toda la vida. El clown, por el contrario, puede no tener maquillaje, se interesa más en la historia que en el número cómico, y no buscará cambiarse su nombre por alguno como "Leruleru" o "Pildorita". Daniele lo resume diciendo que el payaso se ocupa de la estupidez y el clown de la incoherencia. Y representar la incoherencia requiere un alto grado de inteligencia.
Clowns y payasos, a pesar de sus diferencias, coinciden en un aspecto crucial: mirar con distancia la rutina, hacer de lo ordinario algo extraordinario. Enredarse con los cordones de los zapatos, no poder regular el agua caliente de la ducha, enamorarse de la persona equivocada, gritar en el hospital. El clown utiliza estos elementos para inspirarse. Y hay una actividad con la que siempre coquetea: la política. Desde la época de las cortes egipcias hace 4.500 años, y las chinas hace 3.500, pasando por los aztecas y el teatro de Shakespeare del siglo XVI, los clowns han tenido un rol político clave.
Los clowns entraban a la corte y contaban la realidad con altas dosis de ironía y doble sentido, lo que les permitía decir cosas que solo ellos podían. Escondida en una mueca, le hacían críticas a los poderosos y luego se iban a su casa. Lo mismo hacían en la feria. En Shakespeare los clowns salen a escena y dan sentido a la historia. En Hamlet, por ejemplo, son ellos los que representan la ficción donde se descubre el asesinato del antiguo rey. Son representación dentro de la representación.
La capacidad del clown, más allá de su genio, es saber ubicarse en el límite de lo político y lo artístico. Ser clown es ser frontera, caminar por la cornisa de las cosas, de la política, del arte, de la rutina. Este saber estar sobre los límites establece una distancia muy útil para poder juzgar las cosas. Por ello es muy extraño que un insulto a un político sea decirle payaso. Un buen político debe tener siempre un elemento clownesco (o payasesco en este caso) porque, si pierde esta capacidad de ubicarse en la frontera y reírse de sí mismo, corre el riesgo de quedar enredado en la realidad, de creerse más de lo que es, de olvidar la ingenuidad de los primeros gestos.
Los clowns son aquellos que transforman la realidad en una historia. Al hacerlo introducen elementos de ficción y por eso muchos lo asocian con lo irreal. Error. La verdad no es la realidad sino lo que imaginamos hacer con ella. Del mismo modo, la política no es administración sino la capacidad de imaginar nuevas realidades para la comunidad. El hecho de que hoy se hable de política en términos de economía y administración muestra que la política está muriendo. El discurso más político lo puede hacer un clown arriba del escenario. Lo que importa es el sentido, no la verdad. Lo que importa es recordar que las ollas de la cocina pueden ser tambores que invocan gestos olvidados.
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